“El orden conservador”, de Natalio Botana, en nueva edición

Con la reedición de un libro clave como “El orden conservador”, el historiador Natalio Botana vuelve a poner el foco en la incidencia que tuvo la Generación del 80 para el afianzamiento del país. Allí, confluyeron elementos conservadores pero también progresistas. En el presente, la violencia verbal inunda el debate político, dice.

POR OSVALDO AGUIRRE en Revista Ñ

La primera edición apareció en 1977, la segunda en 1994 y ahora se publica la tercera. En ese recorrido, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916 (Edhasa), de Natalio R. Botana, recibió diversas lecturas de acuerdo al contexto de la propia publicación y al estado de los estudios históricos. En cada caso, afirmó un estatuto singular: su carácter de texto inaugural en la problematización del período y además el hecho de poner de relieve problemas que no son parte exclusiva del pasado nacional sino que resuenan, en la medida en que siguen siendo conflictivos, en el presente.

Botana se extiende desde los orígenes del régimen de los 80 hasta la reforma política de 1912, el final del orden oligárquico. La reedición incorpora un post-scriptum que revisa la abundante producción historiográfica dedicada al período en los últimos años, un proceso en que el orden conservador cumplió un papel importante.

-En su origen, dice en la nota preliminar, el libro “sólo pretendió abrir nuevos caminos para la investigación historiográfica”. ¿Y ahora?
-Me cuesta mucho entender el destino de un libro. Los textos responden a la intención del autor pero luego extrañamente cobran vuelo propio. El orden conservador fue pensado en la frontera entre la ciencia política y la historia. Pretendió cubrir el período de la gran transformación social de la Argentina, sobre todo al impulso demográfico de la inmigración y de las leyes de educación pública laica, gratuita y obligatoria que por aquella época se establecieron en el país. Me interesó ver el encuadre político de ese proceso y en segundo lugar cómo a través de la deliberación, el consenso y el conflicto una clase política se reforma a sí misma y se lleva a cabo la transición a la primera democracia, obviamente con sufragio masculino nada más, y eso termina con la primera alternancia pacífica en el marco de la democracia que conoció el país, en 1916, con el ascenso de Hipólito Yrigoyen a la presidencia de la república.

-¿A qué atribuye el interés que provoca el período 1880-1916 entre los historiadores?
-El interés persiste sobre muchos períodos de la historia argentina. En los últimos 30 años ha habido, como lo señaló Hilda Sabato, un florecimiento de estudios históricos referidos al siglo XIX, ahora estamos entrando a los estudios sobre el siglo XX y desde luego al período previo a la independencia. Sobre todo lo que me impresiona es el florecimiento de la historia política, porque cuando se escribió El orden conservador , hace más de 35 años, la historia política no tenía la importancia que tiene ahora.

-Una de sus hipótesis es que la generación del 80 articula lo viejo con lo nuevo en su construcción política. El período no supone un corte con la historia precedente ni con la posterior. ¿Cuáles son sus proyecciones?
-Hay ciertas hipótesis importantes en el libro, creo yo con toda modestia, que se pueden trasladar a la terrible y azarosa historia argentina del siglo XX. Por ejemplo, un tipo ideal de régimen político, basado en un resorte, en un mecanismo operativo que es el control de la sucesión. Había una oligarquía que no llegaba a dirimir sus conflictos por la vía pacífica de una competencia. Esto muestra que había entonces –y lo hay ahora– un problema no resuelto en cuanto al manejo de la sucesión política, en cuanto al establecimiento de un mecanismo que asegure la clave de la democracia republicana que es la alternancia pacífica en el ejercicio del poder de acuerdo con lo que prescribe una ley fundamental, una constitución nacional. La terrible historia del siglo XX argentino nos muestra que el problema de la sucesión ha sido siempre difícil de resolver. El año 1983 es una línea divisoria de las aguas, con la instauración de la democracia. Sin embargo, después de 1983 está visto que el proceso de la sucesión política no es fácil de articular en la Argentina.

-Es imposible no pensar en la actualidad…
-Sí, pero por el momento tratemos de quedarnos en la Historia. De algún modo este tipo de libros tienen mucho también de ciencia política, porque toman palabras fundamentales de la ciencia política, como el concepto de legitimidad, de representación política, de sucesión, y desde luego el concepto de conflicto, porque es un libro que relata conflictos muy agudos. El libro comienza con el relato de una batalla, que fue la federalización de Buenos Aires en 1880 y revisa el proceso revolucionario que se desencadena en 1890, prosigue en 1893 y llega hasta 1905. Y luego recupera también ese clima tan especial y tan sombrío en muchos aspectos que tuvo el Centenario de 1910: fue la celebración alborozada de una gran Argentina, que había tenido un periodo de crecimiento extraordinario, que recibía centenares de miles de inmigrantes todos los años, que tenía un sistema educativo ejemplar en América del Sur, pero que también estaba aquejada por conflictos sociales muy agudos. No olvidemos que el Centenario se celebró con la imposición de estado de sitio.

-La celebración del Bicentenario planteó un antagonismo en la interpretación del Centenario. ¿Cuál es su posición?
-El momento del Centenario transcurre entre dos fechas emblemáticas: 1910, cien años de la Revolución de Mayo, y 1916, cien años de la Declaración de la Independencia. Entre esos años están contenidas muchas historias. En primer lugar la historia de la gran transformación económica que tuvo la Argentina, que junto con Canadá era el país de mayor crecimiento económico en ese momento. En segundo lugar está la historia de la inmigración, la historia muy audaz de un país que resuelve cambiar su población, que enaltece la figura del inmigrante y desprecia la figura del criollo y de las poblaciones aborígenes. Eso se ve muy claro en El juicio del siglo, el libro que Joaquín V. González publicó en 1910. La gran transformación económica y social provocó un escenario de conflicto social muy agudo, el surgimiento de nuevas formas de sociabilidad por el lado de los anarquistas y un conjunto de leyes represivas como la ley de residencia y la ley de defensa social. Y por fin está la historia de la reforma política, donde mediante la deliberación y el consenso la Argentina logra el milagro de abrir las puertas a la democracia y por otro lado garantizar una transferencia pacífica del poder al principal partido de oposición, que era la Unión Cívica Radical.

-¿Los enfrentamientos internos de la oligarquía, por ejemplo la ruptura de Carlos Pellegrini con Julio A. Roca por la candidatura presidencial de Manuel Quintana, expresaron proyectos distintos?
-Por cierto en la clase gobernante chocaron dos proyectos. Uno que pensaba la democratización como un proceso más paulatino, más largo, y otro que veía la necesidad de ir rápidamente a un desenlace donde el país se abriera a la praxis de la democracia. Estas dos posiciones están mostrando en un nivel más profundo la tensión entre dos modos de ver el país en ese entonces. Por un lado el regeneracionismo de gente como el presidente Roque Sáenz Peña, su ministro del Interior, Indalecio Gómez, que creían que el país debía tener una verdadera reforma cívico-moral y que con esa reforma iba a mejorar la calidad política de la oligarquía. Por otro lado, hay un problema de cálculo, de consecuencias no queridas de la decisión legislativa que se toma al establecer la reforma electoral. Estaban convencidos de que iban a purificar el sistema político, que el sistema iba a funcionar mejor con los estándares internacionales del mundo que ellos observaban como ejemplar, el mundo norteamericano y de algunos países europeos, pero creían que el poder iba a permanecer en sus manos. Cuando se lleva adelante la reforma electoral, los que tendrían que ser los protagonistas principales eran los partidos políticos, en el sentido moderno del término, como organizaciones estables, duraderas, con alcance nacional, con programas, con principios. Y ellos, esa oligarquía que había sido tan exitosa en otros aspectos, no supieron modernizarse en el sentido de constituir un partido apto para competir con un partido que ya estaba organizado en todo el país, como la Unión Cívica Radical, merced a una proeza de organización que realizó Hipólito Yrigoyen, porque Yrigoyen montó ese partido sin recursos del Estado, simplemente actuando desde la sociedad civil. Perdieron el poder por faccionalismos, por divisiones y por capacidad táctica que tuvo Yrigoyen de dejar que se dividieran, aguardar hasta último momento y ahí entrar en escena para conquistar la victoria.

-Otro aspecto problemático que señala en el libro es la coexistencia de los poderes nacionales y locales y cómo la oligarquía resuelve esa situación inclinando la balanza hacia el poder central.
-El problema federal argentino es otro de los grandes problemas no resueltos. A partir de 1880 se acentuaron los factores de centralización del poder que ya había señalado Alberdi con su proyecto de constitución en 1852. Los nuevos estudios sin embargo nos muestran que la centralización no fue vertical en el sentido que los gobernadores acataban lo que el presidente indicaba para controlar la sucesión sino que este fenómeno de centralización se dio a través de procesos de negociación muy ásperos, muy tensos. Aquí hay una marcha muy fuerte que comienza en el siglo XIX, que nos lleva a una concepción de praxis del federalismo mucho más centralizada y que hoy se advierte sobre todo por el uso de los recursos fiscales. La clave es esa coexistencia tensa, en términos políticos, entre el poder central y el gran poder que desequilibra al federalismo argentino desde sus orígenes, que es el poder de la provincia de Buenos Aires.

-La figura de Juan Bautista Alberdi es muy importante en su relato. ¿Sería el gran teórico del orden conservador?
-No, Alberdi para mí fue un instrumento metodológico. Me permitió distinguir entre las dos fórmulas que la Argentina se dio antes del orden conservador entre 1853 y 1860: la fórmula prescriptiva de la Constitución Nacional y eso que Alberdi detecta en su último libro que es la fórmula operativa, donde claramente dice que en la Argentina no hay elecciones sino gobiernos electores que producen su propia sucesión. Eso me sirvió como hipótesis, como guía del desarrollo de toda la historia analizada.

-El período que usted analiza y sobre todo la figura de Julio A. Roca suelen ser considerados, desde el presente, en términos muy críticos. ¿Cuál es su opinión?
-Con todas las figuras de la historia argentina, con Juan Manuel de Rosas, con Roca, con Yrigoyen, con Perón, yo aplico un viejo dicho de Jorge Luis Borges: un hombre es muchos hombres. Roca, como todos los fenómenos históricos, es un claroscuro. Ascendió a la presidencia en 1880 como el conquistador del desierto, como el hombre que había llevado adelante una expedición militar de conquista de tierras que estaban en disputa territorial desde el punto de vista del derecho internacional. Por otro lado, el Roca posterior a ese momento es un Roca negociador, que se transforma en un primus inter pares de las oligarquías provinciales, al punto de que durante sus dos presidencias la intensidad de las intervenciones federales es la más baja. Uno se olvida que durante su primera presidencia se dictó la ley de enseñanza laica, gratuita y obligatoria y que durante su segunda presidencia se eligió el primer proceso de reforma política en la Argentina que fue el proyecto de reforma electoral de Joaquín V. González. También es cierto que durante la presidencia de Roca es cuando vienen las leyes represivas en cuanto al conflicto social. Es lo que pasa con los constructores del estado nacional en la turbulenta historia del siglo XIX: son muy duros desde algunos puntos de vista y muy abiertos desde otros.

-Usted señala que en la generación del 80 hubo aspectos conservadores y otros liberales y progresistas. ¿Esta ambigüedad es un rasgo característico en la política argentina?
-No sé lo liberal, porque yo utilizo la palabra en el sentido de progreso en aquel momento y lo liberal en el siglo XX no es sinónimo de progreso, por lo menos en el discurso cotidiano y habitual que tiene la palabra. Yo ubicaría la gran contradicción entre conservadurismo y progresismo y efectivamente hay muchas experiencias en la política argentina que tienen ese aspecto conservador de acentuar la centralización, de retención del poder, hasta de procurar apaciguar la competencia para mantener la hegemonía del Poder Ejecutivo; y por otro lado las políticas públicas que se implementan, de gran transformación social, como durante la presidencia de Yrigoyen o durante el primer peronismo.

-Usted también escribe en la prensa. ¿La Historia permite una mejor comprensión del presente?
-Sí, en la medida en que esa comprensión del presente nos permita una interpretación plural de la historia. El gran problema que tiene la historia en sus versiones más vulgares es tratar de eliminar la pluralidad de causas y de motivos que orientan las acciones de los protagonistas importantes o anónimos del pasado. La historia tiene que comprender el pasado en su totalidad. El deber del historiador es prestar un oído atento a la pluralidad de los actos humanos, que en el fondo es una expresión también de la libertad humana.

-¿Cómo observa esa situación en la actualidad?
-Creo que hoy la pluralidad está en discusión. Eso explica la violencia verbal que a veces inunda el debate político, una violencia que viene desde todos los sectores ubicados dentro del gobierno y también de los sectores de oposición. A la Argentina le cuesta mucho trabajo reconocer el valor que tiene la sucesión política, el valor de la alternancia política y desde luego el valor que tiene el pluralismo social, cultural y político, entendido como resultado de una sociedad que practica la democracia.

 

 

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