Masotta vuelve

La reedición de sus libros, que van de la filosofía a la comunicación de masas, homenajes en el extranjero y ensayos sobre su pensamiento confirman el retorno de la figura de Oscar Masotta, introductor de la obra de Lacan en la Argentina
y en España, y muerto en 1979. Ante el rescate de “Conciencia y estructura”, Germán García, María Moreno y Luis Gusmán reflexionan sobre el estilo Masotta y su influencia.

Por: GERMAN GARCIA en Revista Ñ

“Roberto Arlt, yo mismo”, uno de sus artículos, habla del rechazo que experimentaba Oscar Masotta frente al mito de la “clase media”, con sus valores de moderación, sacrificio y estudio. Esa vida “entre”, de los que se conformaban con no ser ni ricos ni pobres, ni vulgares ni refinados, ni cultos ni analfabetos. La diosa fortuna no lo había favorecido: su infancia había transcurrido entre Caballito y Villa Luro. Su familia llegó hasta Villa del Parque. Parecía haber aceptado su destino: se recibió de maestro en la Escuela Normal Mariano Acosta, pero la ocurrencia de la hispanofrancesa Elena de Souchére, que había publicado en Les Temps Modernes un artículo titulado Dieu est-il antiperoniste? (¿Dios es antiperonista?) se convirtió en una jugada de la suerte que le cambió la vida. En una escuela de barrio Oscar Masotta propuso una redacción que tendría que responder a la pregunta “¿Dios o Perón?”. Esto ocurrió un poco antes de la Revolución Libertadora de 1955, en pleno enfrentamiento entre Perón y la Iglesia, y fue una ocurrencia inspirada en Elena Souchére que le costó el trabajo.
Por entonces ya había leído, además de a Sartre, a novelistas como Willam Faulkner y Ernest Hemingway. Quería ser escritor y llegó a escribir algunos relatos y poemas.
Pero será el ensayo, ese género melancólico creado por Montaigne, frecuente entre nosotros, lo que lo lleva a la revista Centro, desde 1953. Poco después se encuentra en la revista Contorno realizada por Carlos Correas, Juan José Sebreli, los hermanos David e Ismael Viñas, Noé Jitrik, Adolfo Prieto, León Rozitchner, Ramón Alcalde, Adelina Gigli y otros.
Sus estudios de la Facultad de Filosofía y Letras, comenzados antes de los veinte años, le habían facilitado la pertenencia a un grupo que llegaría a gravitar de manera decisiva en la cultura argentina. Grupo al que un crítico llamó “los parricidas”.
En 1955, con la caída de Perón, se integra al periódico Clase Obrera, del Movimiento Obrero Comunista, orientado por Rodolfo Puiggrós hacía un encuentro con el peronismo de la resistencia.
En 1956 se acerca de nuevo a la Facultad de Filosofía, en otro intento por obtener un título.
Conciencia y estructura
La aparición de Conciencia y estructura, editada por Eterna Cadencia, es una nueva ocasión para percatarse de la complejidad de un momento, pero muestra también los alcances de algo que los traductores conocen y que se expresa en la paradoja de una repetición original. Borges, con su Pierre Menard, autor del Quijote, se anticipó a cualquier reflexión sobre este tema. Nombrarlo aquí es para subrayar la cuidadosa relación que Oscar Masotta mantenía con la obra de quien, durante décadas, fue el autor más controvertido de varias generaciones de escritores.
Cuando le sugerí que escribiera algo sobre Borges para la revista Literal, me respondió que no quería abandonar su costumbre de no escribir sobre Borges. Por supuesto, Oscar Masotta no ignoraba que la respuesta recordaba el estilo de Borges, pero en aquellos comienzos de los setenta la cautela lo excluía de unas discusiones sobre literatura que le parecían poco interesantes.
En el prólogo de Cuerpo sin armazón, un libro extraño de Oscar Steimberg, afirmaba que Eduardo Costa era un “verdadero escritor” porque había dejado de escribir. Oscar Masotta ya había realizado la Bienal de la Historieta y publicado la revista LD (Literatura Dibujada), lo que dice algo sobre la paradoja de su afirmación. El cuerpo de la literatura parecía quedarse sin armazón.
En Conciencia y estructura en vez de hablar de Borges prefiere escribir sobre el platonismo de Güiraldes, sobre Ricardo Rojas: con ellos las cosas están claras. Y por eso puede comentar a David Viñas, contracara de esa literatura “platónica”, segura de su armazón. Entonces Oscar Masotta creía en una literatura inspirada en Sartre, incluso en su juventud había intentado una novela en ese tono (rescatada en el número 3 de la revista El río sin orillas). Borges era otra cosa.
Comenzar por subrayar algo del interés de Oscar Masotta por la literatura es poner de relieve uno de los hilos con los que tramó su juego en nuestra cultura de importación, uno de los hilos que parecía no poder olvidar ni anudar con soltura (había publicado algunos poemas en una antología; una vez me dijo que le gustaría escribir un libro como La edad del hombre, de Michel Leiris).
Entre una cosa y otra
No es un secreto que la primera década de este siglo asistió a un retorno de Masotta que no sólo testimonia la publicación de sus libros olvidados, sino que también puede notarse en la multiplicación de artículos e investigaciones sobre diferentes facetas de su obra. Y esto no sólo ocurre en la Argentina y en otros países de nuestra lengua, ya que pueden leerse artículos publicados en lengua inglesa (en Londres y en Nueva York) y también en lengua francesa (incluido un homenaje realizado en París). En este retorno se inscribe el libro que comentamos.
Conciencia y estructura (1968), así como un libro de Eliseo Verón, están entre los primeros de una colección de la Editorial Jorge Alvarez que, desde el diseño, se presenta como dedicada a los temas surgidos de lo que la difusión llama “estructuralismo”.
La palabra del título de Oscar Masotta, junto al término “conciencia”, sitúa la conjunción y la disyunción del momento en que las “ciencias humanas”, inspiradas en las matemáticas, se proponen realizar programas científicos.
La cita de Bernard Pingaud, que Oscar Masotta elige para presentar su libro es muy elocuente: “1945, 1960: para medir el recorrido entre esas dos fechas, basta abrir un diario o una revista y leer cualquier crítica de libros. No sólo no se cita ya los mismos nombres, no se invocan las mismas referencias, sino que no se pronuncian tampoco las mismas palabras. El lenguaje de la reflexión ha cambiado. La filosofía, triunfante hace quince años atrás, se borra ahora ante las ciencias humanas: el desplazamiento acompaña la aparición de un nuevo vocabulario. Ya no se habla de ‘conciencia’ o de ‘sujeto’, sino de ‘reglas’, de ‘códigos’, de ‘sistemas’; ya no se dice que ‘el hombre hace el sentido’, sino que el sentido ‘adviene al hombre’; no se es más existencialista, se es estructuralista”.
Si Oscar Masotta pone esta alternativa en su título, no es porque va a dedicarse a elegir uno de ellos después de una argumentación. Como lo subraya Diego Peller en el prólogo, Oscar Masotta no fue primero existencialista y después otra cosa, no hay ningún recorrido lineal: Jacques Lacan está citado en 1959 y el Sartre ensayista sigue presente en sus trabajos muchos años después.
Por otra parte, Jacques Lacan, a quien Masotta conoce mucho mejor en 1968, dijo que el “estructuralismo” duraría una temporada, también dijo que no era estructuralista y al parecer se enojó por la aparición de esta palabra en la primera traducción parcial de sus Escritos al castellano (que habían sido titulados Lecturas estructuralistas de Freud).
Una novela social
La editorial Eterna Cadencia publicó en 2008 Sexo y traición en Roberto Arlt e Introducción a la lectura de Jacques Lacan. ¿Puede haber mayor disparidad entre dos nombres propios?: Arlt y Lacan; conciencia y estructura. No creo que se trate de una alegoría, pero es un acierto de la editorial que Conciencia y estructura aparezca en tercer lugar para mostrar al nuevo siglo la constelación de intereses en que se movía Masotta.
En esa constelación el estructuralismo no es la clave, pero el término estructura es necesario para olvidar un poco las sustancias de las palabras y estar atento a las diferencias y las relaciones que traman. Masotta inserta, en septiembre de 1968, poco antes de la salida de la primera edición, un segundo prólogo donde leemos: “Pero quisiera avisar al lector, además, con respecto a las fechas de publicación de los ensayos –1955 a 1967–, que no intenté descubrir en ellas los hitos de una evolución intelectual. O mejor dicho, que ahí donde esa evolución existe, ella está tan explicitada que no es preciso descubrirla. Y en cuanto a lo que se refiere a posiciones políticas e ideológicas, aquí, menos que en cualquier otro nivel, no existe evolución. Yo no he evolucionado desde el marxismo al arte pop; ni ocupándome de los artistas pop traiciono, ni desdigo, ni abandono el marxismo de antaño…”
Masotta advierte que una “novela social” es legible en este recorrido, pero que no se trata de una novela familiar ni de una novela de iniciación: su héroe no es un adolescente. Que la compilación de ensayos comience en 1955 decide una escansión que se homologa con el acontecimiento político que dividió al país y creó un antes y un después de consecuencias incalculables. Que concluya en 1967 y se publique en 1968 sitúa al libro en el contexto del torbellino generado por los acontecimientos que se iniciaron en mayo en Francia. Por eso no se trata de una novela familiar ni del recorrido de una formación personal, sino de una novela social donde los personajes nombrados ilustran conceptos (Arlt, Güiraldes, David Viñas) y los conceptos disuelven las pretensiones de ser autores de los personajes.
Es decir, las redes que constituyen una estructura con sus principios, relaciones y reglas funcionan sin las subjetividades (Onetti dijo que sabía como hablaban los personajes de Manuel Puig, pero ignoraba si tenía algún estilo).
El tema de la estructura se actualiza en el momento en que la filosofía, al menos en parte, intenta avanzar sobre el psicoanálisis con el estandarte de la “filosofía política”. Zizek, Badiou son los más nombrados. Pero esta novedad tiene sus años (El AntiEdipo fue su primer resultado, después de unos años de lucha entre la negatividad –léase Lacan– y la positividad –léase comienzo de la posmodernidad–).
Conciencia y estructura empieza con una crítica a la revista Sur, referida al “antiperonismo colonialista”. Hoy, el título sin la lectura detallada de lo que sigue extraviaría al lector. Lo que se expone bajo ese título no es la facilidad de un populismo vulgar, tampoco las construcciones del populismo ilustrado de Ernesto Laclau.
Se trata del análisis de lo escrito en Sur, a través de varios autores, sobre la relación entre la alta cultura y la cultura popular (entendida, de manera implícita, como falta de cultura).
Los artículos “El platonismo de Güiraldes” y “Ricardo Rojas y el espíritu puro” muestran facetas de esta posición, de la misma manera que la “Explicación de un dios cotidiano” –novela de David Viñas– se opone a estos dos autores como una salida (Masotta critica algunos puntos de su ensayo, muestra en el prólogo un mayor acuerdo con el libro de Viñas).
El trabajo sobre Leopoldo Lugones y Juan Carlos Ghiano, con diferencias propias, se encuentra en este conjunto; por su parte “Roberto Arlt, yo mismo” –texto que sorprenderá a cualquier lector que no lo haya leído– tiene un lugar singular, es un hápax en el conjunto.
Lo que se trama en literatura, donde no falta la crítica literaria ni una respuesta sobre la literatura y el hombre corriente, entra en una relación diferencial, de tensión y resonancia, con la reflexión filosófica: Merleau-Ponty, Sartre y Daniel Lagache, el marxismo contemporáneo. Y un toque de época (1963): “Cristianismo, catolicismo, marxismo …”.
El legendario trabajo sobre Jacques Lacan, las irónicas “Anotaciones para un psicoanálisis de Sebreli”, los trabajos sobre el arte “pop”, la plástica y la historieta, más los autores que aparecen en las referencias, convierten a esta constelación en un documento que muestra la complejidad de esos años (congelados en unas explicaciones cuya facilidad parece calculada para un lector que hay que suponer perezoso y/o demasiado ocupado).
Conciencia y estructura, a la inversa, supone un lector interesado por algo que está más allá del reflejo de sí, por algo donde el pasado es la inquietud del presente y del porvenir.
El retorno de la verdad
En alguna parte Jacques Lacan habla del síntoma como de una verdad que retorna a las fallas de un saber. Este retorno del nombre y la producción de Oscar Masotta treinta años después de su muerte, producido por diferentes actores con intereses diversos (arte, filosofía, política, psicoanálisis, literatura), supone, entonces, tanto la falla de un saber como el retorno de una verdad.
Que una revista como El río sin orillas se interese en traer del olvido y hasta de la ignorancia el único intento de Oscar Masotta de escribir una novela en su juventud, que por primera vez se escriba una biografía y se lo coloque en una serie con Pichón-Riviere, Marie Langer, Arnaldo Rascovsky, Mauricio Goldenberg y José Bleger es algo que sorprende. Es cierto que “verdad” no quiere decir “belleza” y que dicha serie se llama “Fundadores de la psicología argentina” (Capital intelectual), expresión de un anhelo más que descripción de una realidad: los nombrados eran psicoanalistas y no se dedicaban a la psicología que, dicho sea de paso, no tiene una sola “corriente” creada en la argentina. El síntoma muestra, al menos, este deseo de “fundar” algo, de tener autoridad en algo. Y es verdad que Masotta supo construir ámbitos de autoridad y que su posición no ignoraba que la originalidad es del Otro. Pero ninguna originalidad es el fundamento de la autoridad, tampoco algún saber, como le dice Masotta a Sur en 1955. Las ideas que voy a exponer – decía Macedonio Fernández– son absolutamente mías; nadie las encontró en otro autor antes que yo.
Oscar Masotta sabía encontrar antes: eso molestaba. Además, sabía contar con alegría sus múltiples hallazgos, sus repeticiones originales. Por último, esta edición tiene una lectura novedosa en el excelente prólogo de Diego Peller, que evité repetir para que cada lector lo descubra por su cuenta.

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