“El hilo y las huellas”, Carlo Ginzburg

El hilo y las huellas

Por Carlo Ginzburg
FCE
Trad.: Lucio Padilla López
496 Páginas

Por Alejandro Patat
Para LA NACION

En El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio , Carlo Ginzburg (Turín, 1939) decidió incursionar en el límite resbaladizo entre la narración histórica y la literaria. Pero lo hace a partir de una posición de combate, enfrentado de manera categórica al discurso escéptico y relativista de la historiografía posmoderna. El nudo a desentrañar es la ambigua relación entre la verdad, la falsedad y la verosimilitud. Este problema central le permite al autor entrar de lleno en algunas cuestiones conexas, que puedan intervenir directamente en el debate -sobre todo, metodológico- que domina la producción historiográfica hace más de medio siglo. En su libro se discute, entonces, acerca de la oposición entre novela y relato histórico, el pasaje de la historia político-militar decimonónica a la historia de las mentalidades y a la microhistoria, la diferencia entre pesquisa histórica e indagación judicial y la idea de historia como invención.

Ginzburg -que enseñó en Estados Unidos y hoy es docente de la Escuela Normal Superior de Pisa, la universidad italiana más prestigiosa en el ámbito de las humanidades- abre y cierra el libro con dos ensayos capitales: el primero, sobre el concepto de verdad; el último, sobre la representación de la realidad en la historia, con una consecuente reflexión acerca de las pruebas y probabilidades del discurso historiográfico. Esa disposición obliga a leer el volumen desde una perspectiva inequívoca: aquella que, en el clima pesimista del presente, reclama la efectiva posibilidad de la construcción y la reconstrucción histórica, las dos estrategias fundacionales de la disciplina.

Al inicio, el ensayista italiano repasa los procedimientos que, en el desarrollo de la historiografía occidental, acercaron el discurso histórico al discurso literario. La enárgeia fue para los griegos lo que la evidentia fue para los romanos: la vividez necesaria a todo relato sobre el pasado, basada en la acumulación de detalles y destinada a crear el efecto persuasivo de lo verdadero. A partir del siglo XVI, sin embargo, nace un discurso crítico, que pretende que la historia se base en fuentes y no se apoye en una estrategia retórica. Así como el riesgo mayor de la historiografía antigua fue la trampa de lo verosímil en lugar de lo verdadero, el riesgo mayor en la cultura moderna es la fragmentariedad, la discontinuidad y la incompletud de todo relato basado sobre restos y residuos del pasado.

En la conclusión del volumen, Ginzburg arremete contra la acusación más importante perpetrada contra la historia; es decir, su carácter narrativo y, por lo tanto, ficcional. En su opinión, el “núcleo fabulatorio” de la historia -como él mismo denomina la capacidad retórica de “sostener” el hilo de la narración sobre la base de las huellas que todo acto humano puede haber dejado tras de sí- no impide que la historia misma persiga una verdad “posible” y, sobre todo, “probable”. La acusación, por otro lado, cuestiona a su vez la microhistoria en cuanto narración de la vida privada de un individuo.

Una diferencia sutil separa, por lo tanto, la novela histórica de la microhistoria: así como la primera se ocupa, en síntesis, del mundo inventado de las pasiones en el seno de un contexto recreado con rigor histórico o sin él, la segunda profundiza el mundo interior de un individuo a través de los testimonios contextuales. De allí que Ginzburg recuerde, casi provocativamente, que todo este debate no es nuevo, sino que tuvo su acta fundacional en 1850, en el famoso rechazo de la novela histórica por parte de Alessandro Manzoni, tras el éxito sorprendente de su novela Los novios , escrita entre 1823 y 1840. Manzoni, en efecto, renegó de la novela histórica en favor del relato histórico, pues, cuando la había escrito, no sospechaba que su obra habría de generar en Italia una moda literaria deleznable, que consistió en la producción desmesurada, salvo excepciones, de mediocres narraciones novelescas de hechos históricos.

En el cuerpo central de El hilo y las huellas , Ginzburg da espacio a la práctica del historiador. Aborda con agudeza distintas cuestiones: la conversión de los judíos de Menorca; un ensayo de Montaigne sobre los caníbales brasileños; un debate francés de 1647 acerca del valor histórico de los romances; una interpretación de Eric Hobsbawm; una nueva lectura de Erich Auerbach, lector, a su vez, de Voltaire; el desafío de Stendhal a los historiadores; problemas de inquisidores, brujas y chamanes. El último es, sin duda, el tema predilecto del autor desde su primer libro, Los benandanti (1966), hasta El queso y los gusanos (1976) e Historia nocturna. Desciframiento del aquelarre (1989), famosas obras maestras. Resulta particularmente iluminador el ensayo acerca de la microhistoria, en el que Ginzburg repasa, no sin modesta autocrítica, el origen y la finalidad de esta corriente historiográfica italiana, que discrepa con los postulados de la historia tradicional y de la historia de las mentalidades.

Dos observaciones finales. El hilo y las huellas se caracteriza por su monumental discusión con los más importantes historiadores del siglo: desde Benedetto Croce hasta Marc Bloch o Lucien Febvre, desde Jacques Le Goff y Georges Duby hasta Michel de Certeau, Hobsbawm o Ernst Gombrich. Esta inclinación “natural” de Ginzburg por el diálogo pone de manifiesto su capacidad de volar -de manera genuina y sin complejos de inferioridad- a gran altura, invitando al lector a pensar y repensar los grandes debates. La escritura académica sirve sólo como instrumento o apoyo a sus tesis y posiciones, que son muchas, variadas y en evolución. El hilo y las huellas es un libro imperdible sobre las ideas mayúsculas de la historia. La otra cuestión es la del estilo. Ginzburg tiende a una lengua precisa y cristalina, que obedece a una férrea lógica sintáctica y semántica. Pero aquello que caracteriza su prosa no es tanto su clarividencia como el montaje de cada ensayo. Cada uno de sus escritos procede por parágrafos sin subtítulos, en orden numérico, pensados como bloques interdependientes. Entre uno y otro, queda en suspenso casi siempre una pregunta o un vacío difícil de llenar. Es esa suspención del sentido total -el lado oscuro de la historia, como la pantalla negra del cine- lo que fascina en su obra y obliga a una lectura atenta y, en términos de Umberto Eco, colaboradora. Es, justamente, lo que más lo acerca a la ficción, sin alejarlo nunca de la historia.

© LA NACION

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