Novela histórica para chicos: más cerca de la verdad

Cuantas más visiones sobre el pasado, dice Averbach, más se entenderá esa compleja trama que es la Historia. En: Revista Ñ

Hace muchos años que escribo para chicos. Según la definición que adoptemos para el género «novela histórica», tan de moda por el Bicentenario, mi novela El año de la Vaca, (sobre la dictadura) podría o no ser parte de él. Lo planteo porque el género mismo es problemático. ¿Es «histórica» una novela como la mía, que no tiene ni un solo personaje «histórico»? O, ¿es «histórica» una reconstrucción fantástica de un episodio histórico como La Saga de los Confines de Liliana Bodoc? O ¿qué novela (para chicos o para adultos) no es «histórica» en ningún sentido? Como Norma Huidobro (una de las autoras a las que consulté para esta nota), yo también «creo que toda literatura es histórica del presente en el que se escribe», y que el género que llamamos «histórico» en realidad es «literatura de recreación del pasado».

Si se revisan los catálogos de «novela histórica», parece haber al menos dos definiciones del género. Podríamos definirlos con dos adjetivos que se han usado para la «ficción científica» (mal traducida como «ciencia ficción»): novela histórica «dura» y novela histórica «blanda»; «dura», en el sentido de limitación, de rigidez de reglas; «blanda», en el de más abierta, más flexible. En la definición «blanda», una novela sería «histórica» si estuviera «ambientada en un tiempo histórico definido», como dijo Norma Huidobro. En el sentido «duro», no lo sería si no tuviera algún personaje o hecho de los que aparecen en los libros de Historia (pongo la palabra con mayúscula para diferenciarla de «historia» en el sentido de relato). Pero con eso, se complica todo porque, ¿cómo se define la Historia? ¿No es la Historia otra forma de ficción, como dicen algunos?

Entre los escritores que consulté, predomina la definición «dura». Algunos definen el género solamente así. Mario Méndez dijo que, cuando le sugirieron la escritura de una novela sobre Mayo, se decidió por un «personaje histórico de segunda, en ascenso», Hipólito Vieytes, para su El aprendiz. Vicente Muleiro (Don Perro de Mendoza, Los cuentos de Don Vicente Nario, gaucho cósmico del sur) afirmó que buscaba en nuestra Historia lo que quería contar: «Tenemos una Historia breve pero dramática», dijo y agregó que hay que contarla de nuevo y de otra forma, desacartonarla, hacerla menos inocente. Adela Basch, que escribe teatro histórico, cuenta la Historia para borrar la imagen «convenientemente acartonada, limada y neutralizada» que se da de ella en la escuela, esa imagen que deja a los hechos sin «lo que tienen de transformador y los presenta como sucesos ‘inofensivos’. Me interesa contar la Historia esquivando las rigideces y los estereotipos con que se suelen encasillar las imágenes que nos hemos formado de los próceres. Mostrarlos como seres humanos vivos, apasionados».

La escuela es una presencia constante en lo que dicen los escritores, tal vez porque es el lugar que el mercado editorial elige para distribuir la literatura infanto-juvenil. Al respecto, Adela Basch, Vicente Muleiro y Mario Méndez hablan de una responsabilidad específica del género. Méndez la expresa contraponiendo lo que hace con una revista que fue modelo para la transmisión de la llamada «historia oficial»: «siempre tuve cuidado de no hacer un trabajete como para Billiken», me dice. Lo mismo dicen Basch y Muleiro, cada uno a su manera. Muleiro, por ejemplo, dice que quiere escribir otra Historia, más humana, «más controvertida». Todos quieren construir lo que parte de la crítica estadounidense llama una «contramemoria» del pasado, una imagen diferente y rival de la que Muleiro llama «Historia blanca» o «Historia oficial».

Sandra Comino y Norma Huidobro se ubican dentro de lo que podría definirse como género «blando», y por eso, no están seguras de que lo que escriben sea realmente «novela histórica». «Algunas de mis novelas tienen contexto histórico; no sé si son novelas históricas. La última que escribí, Nadar de pie, transcurre en Malvinas; es más bien una historia de amor en un contexto histórico. El límite es difuso», dice Sandra. Por su parte, Norma pone a su propia familia en El pan de la serpiente, la novela que escribió sobre inmigración. Define al libro como «una novela de misterio ambientada en el pasado, en la que pueden verse desprendimientos o consecuencias de determinados hechos históricos». Sus palabras sobre la «novela histórica» son casi una copia de las de Sandra: «No sé si puedo llamarla ‘histórica’ pero tiene un ‘marco histórico'».

Con ese panorama volvemos al gran problema del género: sus relaciones con la Historia de los «manuales». Desde mi punto de vista, si se rechaza la idea «blanda» del género, se estarían rechazando también las nuevas definiciones de Historia, que hoy en día incluye a la Historia que analiza fuerzas sociales más que «héroes» o «próceres», a la «Historia de la vida cotidiana», a la Historia de las mujeres, a la Historia oral (tal vez la más revolucionaria porque entiende que mientras la Historia se base sólo en documentos escritos, dejará fuera las voces de gran parte de la población: no hay que olvidar que la alfabetización masiva es algo nuevo en el mundo).
Si aceptamos esas nuevas maneras de pensar la Historia, no habría más remedio que aceptar como «novela histórica» lo que yo propongo llamar «género blando». La novela de Norma incluye a sus abuelas: «Desde el principio supe que mis abuelas iban a estar en la novela. Una de ellas era inmigrante, española; la otra, no. Mi abuela materna era hija de un vasco y una mestiza, y obviamente, en alguna rama superior estarían los indios». ¿Por qué no sería «histórica» El pan de la serpiente cuando ahora es común hacer Historia de Familia a nivel académico, sobre todo cuando la familia del historiador toca un tema histórico importante (como en la maravillosa Esclavos en la familia de Edward Ball sobre el Sur estadounidense)? Si se acepta que la Historia la hacen todos, no solamente los que después aparecen en los libros como héroes, ¿cuál sería la diferencia esencial entre un tipo de «novela histórica» y el otro?

En el caso de la literatura infantil y juvenil, la que llega a la escuela, lo que trata de hacer los autores que escriben «novela histórica» de cualquier tipo es transmitir su propia visión de la Historia y transmitirla desde un lenguaje literario, cuidado, que dice exactamente lo que quiere y lo dice con belleza. La belleza es esencial y todos los autores de literatura infantil apelamos a ella cuando alguien nos pregunta, tal vez para compensar el hecho de que muchos consideran a los libros para chicos y adolescentes fuera de la categoría de «literatura», como una ficción o poesía «poco seria». En cualquier género literario, la «seriedad» tiene que ver con el lenguaje. Adela Basch lo dice cuando afirma que lo que quiere hacer es traducir «el discurso de la Historia a un discurso literario»; Huidobro, cuando habla de «alto valor literario»; Méndez, cuando aclara que lo literario debe emocionar y entretener.

Cierto. Pero habría que agregar que, en el género histórico, hay una «seriedad» extra que tiene que ver con la investigación. Cuando se hace novela «histórica» («dura» o «blanda»), la imaginación es fundamental pero tiene que haber más. Si quien escribe vivió durante el período histórico en que transcurre lo que escribe, se requiere un ejercicio de memoria consciente y cuidadoso para no caer en anacronismos o falsedades. Si el período es anterior a la vida de ese escritor o escritora, la investigación es esencial. Todos los consultados hablaron de ese trabajo de preparación. Para escribir sobre cualquier momento histórico, hay que captar el clima, los detalles, como dice Vicente Muleiro. Liliana Bodoc también lo dice al hablar de su última novela histórica (El rastro de la canela): había pensado en una escena en la que alguien comía una manzana pero, cuando se puso a averiguar, se enteró de que a la Buenos Aires de 1810, no llegaban frutas de ningún tipo. Sandra Comino plantea el problema desde lo genérico: «En literatura es más importante cómo se cuenta lo que se cuenta; en la novela histórica se debería priorizar qué se cuenta, pero sin olvidar cómo se cuenta. Con lo cual cada vez es más complicado».

Es complicado porque la relación de la «novela histórica» con hechos externos a la novela misma (no hablemos de «realidad», otro concepto resbaladizo) es mayor que la que tienen otros géneros y la exigencia puede ser todavía más grande si se quiere vender el libro en la escuela, donde se da mucha importancia (¿demasiada?) a esas relaciones. Pero si la «investigación» es fundamental, ¿por qué no ampliar el género y considerar por lo menos «casi histórica», por ejemplo, a la Saga de los Confines de Bodoc, tan unida a la Historia de la Conquista de América?

Hay un costado más que explorar: la Historia tiene muchas lecturas. No es una sola. Por ejemplo, ¿cómo se cuenta la «Campaña al Desierto»? ¿Como la cuenta la historia oficial, la «historia blanca» o como la cuentan los pueblos originarios? La existencia de miradas paralelas que compiten para imponer un relato nos pone frente a una cuestión crucial para entender la novela histórica, tanto para adultos como para chicos. A diferencia de la otra Historia y ya desde la firma del autor o autora, la novela se define claramente como una interpretación, una entre muchas otras. La novela proclama que es «ficción», que su relación con lo que llamamos «verdad» es complicada. Y eso es bueno: cuantas más visiones sobre el pasado tenga un chico, cuantas más le proponga la escuela, mejor entenderá las complejidades de la Historia de su tierra y del mundo y las de su propia identidad como parte de él.

Cuando se lee un libro como Un desierto lleno de gente de Esteban Valentino (para dar otro ejemplo), se sabe desde la tapa que lo que uno está leyendo es ficción. En cambio, la Historia (en su forma de libro académico o manual) suele venderse como única, como pintura de la «realidad». En eso, y esto es paradójico, la ficción es más sincera y por lo tanto, está más cerca de la «verdad».

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