“Argentina 1910-2010” (Autores varios)

CENTENARIO DE 1910. LA VISITA DE LA INFANTA ISABEL, EN EL DESFILE JUNTO AL PRESIDENTE FIGUEROA ALCORTA. (ARCHIVO GENERAL DE LA NACION )

Con textos de especialistas como Carlos Altamirano, Luis Alberto Romero, Pablo Gerchunoff, Roberto Russell y Juan Carlos Torre, “Argentina 1910-2010” es un análisis de la trayectoria histórica del país.

Por: JORGE CASTRO en Revista Ñ

Esta revisión de la historia argentina del Bicentenario (Argentina 1910-2010. Balance del siglo) es una obra fundamental para comprender la especificidad de la trayectoria histórica del país y de su ubicación en el mundo, realizada por especialistas de primera categoría en sus respectivas disciplinas como Carlos Altamirano, Pablo Gerchunoff, Luis Alberto Romero, Roberto Russell y Juan Carlos Torre.

Dice Pablo Gerchunoff: “Entre 1880 y 1913, la Argentina fue el país de mayor crecimiento de las exportaciones en el mundo”, más que EE. UU.; y “en 1895 se ingresó en una era de crecimiento que, literalmente, no tuvo parangón en el mundo ( …) La exportación de lana fue el núcleo de la inserción de la Argentina en los flujos del comercio de la Revolución Industrial, antes del boom de los ferrocarriles”. Luego siguieron las carnes, y por último los granos; y así la Argentina adquirió una inserción internacional el marco en el que se despliegan los flujos del comercio y las inversiones  con lo más avanzado del capitalismo de su época: Gran Bretaña.

El Reino Unido fue el único país en el que se desarrollaba la Revolución Industrial que no cedió al proteccionismo, sobre todo en materia agrícola, a diferencia de lo que ocurrió con Alemania unificada a partir de 1870 y los Estados Unidos. Por eso, la inserción internacional de la Argentina en el siglo XIX adquirió características de simbiosis con el Reino Unido, y se convirtió, no en un exportador importante al mercado inglés, sino en algo más, el principal proveedor de alimentos de la Revolución Industrial británica, como advirtió H.S. Ferns, en su clásico Argentina y Gran Bretaña en el siglo XIX.

Tras la Primera Guerra Mundial, la inserción internacional de la Argentina adquirió un carácter triangular, y al vínculo simbiótico con Gran Bretaña, se sumó Estados Unidos. Gerchunoff señala que, a medida que la Argentina profundizaba su industrialización, más compraba de EE. UU., el país que encabezaba el proceso de acumulación global a partir de la Primera Guerra Mundial, y que lideraba la Segunda Revolución Industrial (automotores, electricidad, plásticos).

Pero la Argentina le vendía poco a EE. UU. (menos de 1/3 de sus exportaciones a Gran Bretaña), porque producía lo mismo, sobre todo en materia agroalimentaria.

Así, cuando Europa, esto es Gran Bretaña, dejó de comprarle en 1932, la Argentina no tuvo mercado al que vender: se quedó sin inserción internacional. Esta es la situación en que se ha mantenido a lo largo de 70 años, hasta que, en los cinco años previos a la crisis mundial 2008/2009, y sobre todo en 2010, el nuevo eje de la demanda global (China/Asia) y la potencia exportadora de su sector agroalimentario, le otorgaron nuevamente, tras siete década de errancia, una inserción internacional definida.

El ministro de Agricultura, Luis Duhau, reconoció en 1933 lo que había ocurrido al volcarse Gran Bretaña al proteccionismo, y establecer en el Acuerdo de Ottawa el “régimen de preferencia imperiales”, que excluía a la Argentina: “Ha concluido la etapa histórica de nuestro prodigioso desenvolvimiento bajo el estímulo directo de la economía europea ( …) Somos demasiado pequeños en el conjunto del mundo para torcer las corrientes de la política económica mundial, mientras las nuevas potencias se empeñan en poner nuevas trabas al intercambio ( …) A la industria le tocará pues resarcir a la economía nacional de las pérdidas incalculables que provienen de la brusca contracción de su comercio exterior”.

Surgió entonces el “Plan Pinedo” (1940), elaborado por Federico Pinedo, entonces ministro de Hacienda, y Raúl Prebisch, titular del Banco Central.

El “Plan Pinedo” tenía tres puntos fundamentales: una política de industrialización internacionalmente competitiva; la búsqueda de una alianza estratégica con EE. UU.; y la integración con Brasil.

Tras la extinción del triángulo previo (Argentina-Reino UnidoEE. UU.) el “Plan Pinedo” implicaba la búsqueda de un nuevo triángulo de inserción internacional (Argentina-EE.UU.-Brasil), y el esbozo de una política exterior acorde al mismo.

El primer ciclo de la política exterior argentina (1880-1930), en los términos de Roberto Russell, fue coherente con la estructura de inserción internacional entonces vigente. Cuatro fueron los rasgos de este primer ciclo: la afiliación a Europa; el rechazo a EE. UU.; el aislamiento respecto a América Latina; y la defensa de la paz y del arbitraje para resolver los conflictos internacionales. Por eso, este primer ciclo de política exterior tuvo un amplio consenso, que abarcó tanto al “orden conservador” como a los gobiernos radicales.

Tras el fracaso del “Plan Pinedo”, el nacionalismo civil y militar adquirió un carácter hegemónico, primero en lo cultural, y pronto en lo político. El resultado fue una aversión generalizada al comercio exterior y a la inversión extranjera directa, según advirtió Carlos Díaz Alejandro.

Un proceso de 50 años

La II Guerra Mundial y el peronismo “fueron el golpe de gracia al patrón de inserción internacional de la Argentina”, señala Russell; y el país se volcó hacia adentro, en un proceso de ensimismamiento que duró 50 años.

Dice Roberto Russell: “El mundo es desde los años noventa amable con el país del lado de la demanda. Puesto de modo sencillo, el mundo, esta vez Asia en lugar de Europa, pide de nuevo lo que la Argentina produce, y esto es una bendición”.

La “amabilidad del mundo” con respecto a la Argentina a partir de la década del 90, se manifiesta en los siguientes datos: entre 1990 y 2010, el poder de compra de las exportaciones argentinas creció per cápita 9.5% anual, en tanto entre 1880 y 1914 aumentó 5.5% por año. El resultado es que el “stop and go” fases de expansión, seguidas por crisis recurrentes del sector externo , que fue la regla del proceso de acumulación argentino, en especial a partir de 1950, y en forma de paroxismo desde 1974, comenzó a quedar atrás.

En esos años, desde 1990, se produjo un verdadero boom de productividad agrícola. Gerchunoff advierte que la productividad del sector aumentó entonces 30% con respecto al promedio 1975/1990, y 50% en relación al promedio de 1960/1975.

Roberto Russell dice que en el primer Centenario (1910), cuando la Argentina era la séptima economía del mundo en términos de ingreso real per cápita, el problema del país no era económico, sino político: la vigencia de la “ley de la discordia” entre los grupos dirigentes. El hecho es que el “orden conservador”, no obstante su extraordinaria efectividad en relación a la inserción internacional y el crecimiento económico, siempre fue cuestionado en su legitimidad política, sobre todo por la fuerza que surgió en 1890: el radicalismo, que desarrolló sistemáticamente una estrategia insurreccional desde su fundación, a través de tres revoluciones cívicomilitares (1890, 1893 y 1905).

Por eso indica Luis Alberto Romero que esta crisis de legitimidad del “orden conservador” fue reconocida desde su origen por su principal ideólogo, Juan Bautista Alberdi, cuando sostuvo que lo que surgía en 1880, en los combates de Los Corrales y Puente Alsina, era sólo la “república posible”, y que habría que esperar el advenimiento de la “república verdadera”. Y esta nunca llegó.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s