“El sendero y la voz. Una antropología de la memoria”, Carlo Severi

por Alejandro Patat para Revista ADN

¿Por qué seguir llamando “orales” a aquellas tradiciones y culturas que hacen un uso constante y complejo de la imagen? El antropólogo italiano Carlo Severi inicia con esta pregunta un recorrido fascinante que atraviesa las geografías indígenas de América, y que incursiona en el pensamiento antropológico, lingüístico, histórico-artístico y psicoanalítico de los últimos ciento cincuenta años.

El punto de partida de El sendero y la voz. Una antropología de la memoria consiste en dejar definitivamente de lado la idea de “oralidad” opuesta a “escritura”, con el objeto de alcanzar un nuevo horizonte teórico acerca de la producción iconográfica. El viaje intelectual de Severi va para atrás en el tiempo y se detiene, fulgurante, en la utopía final de Aby Warburg, cuando, hacia 1920, a partir de la idea de la evolución biológica de las imágenes, heredada del darwinismo, estudiaba las obras de arte en función de las operaciones mentales y perceptivas que ellas mismas implicaban. Pero Severi va más allá. No sólo acepta la teoría de la cultura warburgiana (“un sistema de la creación humana de formas significantes y portadoras de emociones”, como afirma José Emilio Burucúa en el prólogo), postula además que las imágenes de los pueblos indígenas de América, desde los Grandes Lagos hasta el golfo de Darién, procuran, lejos de toda meta esteticista, resguardar la memoria de la cultura o, en otras palabras, resguardar la cultura a través de la memoria iconográfica. Así, Severi redefine el concepto de “pictografía”, afirmando que no se trata sólo de un mensaje codificado en signos icónicos, sino de una cadena de imágenes en la que el paralelismo o secuencia iterativa de íconos equivale al paralelismo verbal típico del rito y del relato. Aquí está el nudo del libro de Severi. La escritura -como casi siempre se ha pensado- no sustituye a la oralidad; más bien, la oralidad presupone el desarrollo de estas formas iconógráficas, anteriores a la escritura misma.

A estas alturas, Severi se adentra en el papel del oficiante y del paciente en los ritos chamánicos y “descubre” que aquellas que Lévi-Strauss consideraba como formas proyectivas de la curación de los enfermos, similares a las de la relación psicoanalista-paciente en la cultura occidental, en realidad son mecanismos complejos por los cuales el enfermo asiste a un rito incomprensible (no conoce las palabras del chamán), que lo comunican con la memoria arcana del lenguaje y del mundo. Por último, ¿es posible que el Cristo en la cruz de las culturas indígenas sea sólo una representación híbrida y sincrética, capaz de homologar culturas enfrentadas? Para Severi, no. Las representaciones indígenas de Cristo, así como su presunta reencarnación en algunas figuras del siglo XIX entre los indios de América, constituyen una puesta en conflicto de ritos, de imágenes consolidadas y de memoria no compartida.

Tiene razón Burucúa cuando afirma en el prólogo que Severi nos conmueve. Para quien no es experto o estudioso de antropología, este libro, aun cuando reclama una atenta lectura, reserva grandes emociones intelectuales. Es probable que tal experto o estudioso sea capaz de objetar varios pasajes de esta articulada trama de argumentos, discusiones, nuevas ideas e interpretaciones, pero, francamente, no parece relevante. Que dicha actividad quede en manos del restringido mundo académico. Lo cierto es que, para el lector apasionado, cada página de este libro excepcional contiene un gran interrogante, una busca nerviosa de verdades, que se demuestran tan lábiles y frágiles como aquéllas contra las que se polemiza. No por falta de rigurosidad metodológica, sino porque, casi sin quererlo, Severi devela, con melancólica lucidez, el carácter transitorio de todo aquello que conocemos. No hay una página en la que el lector ávido de nuevas fronteras no halle un recorrido por paisajes novedosos y también por aparentes espejismos. Un antropólogo italiano, radicado en París, en el centro europeo del saber, se adentra en las tradiciones culturales de la América indígena, para fundar una antropología de la memoria, paradójicamente en los años en que Italia, en particular, y Europa parecen no recordar casi nada.

Carlo Severi se doctoró en Francia con una tesis sobre la terapia chamánica de la locura, dirigida por Claude Lévi-Strauss. Actualmente es director de Estudios de la École des hautes études en sciences sociales de París. Ha publicado numerosos libros sobre la antropología del ritual, de la memoria y de las imágenes, entre los cuales se ha traducido al castellano La memoria ritual (2009).

© LA NACION

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