“Los movimientos sociales, 1768-2008”, Charles Tilly y Lesley J. Wood

En Los movimientos sociales, 1768-2008, el sociólogo estadounidense Charles Tilly rastrea a lo largo de la historia los diferentes episodios de protesta y concluye que, desde la Gran Bretaña del siglo XVIII hasta la actualidad, representan una forma de hacer política propia de las democracias occidentales.

por Ana María Vara

Los movimientos sociales, 1768-2008
Por Charles Tilly y Lesley J. Wood
Crítica
Trad.: Ferran Esteve
366 páginas

Sobre el final de la presidencia de De la Rúa, las cacerolas se convirtieron en armas políticas. La demanda era urgente, era actual, era hoy; los vecinos se reunían en las esquinas de manera espontánea y auténtica. Sin embargo, repetían un recurso ya instalado en la Inglaterra del siglo XVIII. ¿Qué decir del corte de ruta en Gualeguaychú, o de las tomas de escuelas y los cortes de calles de los estudiantes secundarios de la ciudad de Buenos Aires? ¿Cómo no relacionarlos con las sentadas en las universidades estadounidenses o el Mayo Francés de los años 60?

La repetición de ciertos modos de reclamar a las autoridades -los “repertorios de protesta”- es la huella más visible de la continuidad de un fenómeno tan inherente a las democracias occidentales como la división de poderes o el voto. Aunque los vivamos como algo excepcional y cada vez surjan de un conflicto puntual, los episodios de protesta encarados por los movimientos sociales representan una forma de hacer política tan tradicional y antigua como la que se apoya en las instituciones y con un nacimiento similar, vinculado al parlamentarismo británico, la independencia estadounidense y las consecuencias de la Revolución Francesa. Un modo alternativo de participar en la cosa pública que, de acuerdo con las circunstancias, complementa o entra en tensión con los modos formales. Ésa es la tesis central de Los movimientos sociales, 1768-2008. Desde sus orígenes a Facebook , obra póstuma de uno de los sociólogos más respetados de la segunda mitad del siglo XX.

El prolífico profesor de Columbia Charles Tilly -51 libros, más de seiscientos artículos publicados- supo que tenía un linfoma a mediados de 2003. Durante su primera sesión de quimioterapia, se propuso encarar un trabajo que concluyera el mismo día que el tratamiento: contar “la invención” -la palabra está cuidadosamente elegida- del movimiento social a fines del siglo XVIII, su consolidación en el XIX y su florecimiento en los siglos XX y XXI.

“Como la mayoría de las fantasías, no terminó así”, confiesa Tilly en el prefacio de ese libro, que fue la primera edición de Los movimientos sociales y llegaba hasta 2004. La segunda edición, que hoy comentamos, llega hasta 2008, año de su fallecimiento. Fue concluida por una joven colega, Lesley J. Wood, de la Universidad de York, quien, en una decisión poco frecuente, eligió poner al primer autor en la dedicatoria: “Para Chuck, que nos dio tanto”, aludiendo a la generosidad de un académico que siempre escuchaba a sus estudiantes, les dedicaba largas páginas de comentarios a sus trabajos y aun así tenía tiempo para publicar uno o dos libros por año.

La propuesta de ampliar el período de estudio, con el reloj en tiempo de descuento, está relacionada con la vitalidad de los actuales movimientos sociales y su creciente importancia en las discusiones globales. Los años noventa fueron la década de la “globalización por arriba” pero también de la “globalización por abajo”: una fuerte interrelación entre actores locales y transnacionales cuyo impacto en las políticas nacionales, regionales e internacionales apenas comienza a evaluarse. Así como el mundo tiene hoy un gobierno global, representado por instituciones como la Organización Mundial de Comercio (OMC), la Organización Mundial de la Salud (OMS), Naciones Unidas o los organismos multilaterales de crédito, hay también una “política contenciosa” que actúa igualmente en el nivel global.

Se reeditan en escenarios de alcance planetario las dinámicas que durante más de doscientos años tuvieron lugar en las arenas nacionales. Un ejemplo local: el “caso papeleras” tuvo sus manifestaciones en Gualeguaychú, Colón y Buenos Aires, pero también ganó importantes aliados en Uruguay, España o Chile, con la intervención de ONG internacionales, una demanda ante el Banco Mundial y la aplicación de “códigos corporativos de conducta” ante la banca transnacional. El conflicto se había internacionalizado mucho antes de llegar a La Haya.

Tilly y Wood comienzan su historia de los movimientos sociales en el final de la Guerra de los Siete Años (1756 y 1763). Gran Bretaña, que salió victoriosa, tomó el control de Canadá de las manos francesas pero los costos sociales se hicieron sentir. En Londres, se sucedieron protestas de carboneros, tejedores y otros grupos afectados por los sacudones económicos. Sólo en abril de 1768, se contabiliza una docena de acciones: piquetes, saqueos, destrozos en talleres. Surgió un líder de la pequeña nobleza, John Wilkes, bajo cuya inspiración se creó la Sociedad de Partidarios de la Carta de Derechos, que cumpliría un papel importante en la reforma parlamentaria.

En las colonias americanas se formaron asociaciones de comerciantes para resistir los pesados impuestos. Mientras estos grupos elevaban petitorios y otras medidas legales, marineros y artesanos apelaban a la acción directa. En mayo de 1768, en Boston, funcionarios de la Aduana embargaron el buque mercante Liberty por no haber pagado los impuestos. La reacción no se hizo esperar. Mientras en el mar un grupo liberaba el navío, en tierra tenía lugar otra batalla. Como registró el periódico conservador Annual Register:

“El populacho, que había respondido multitudinariamente en esta ocasión, acribilló con piedras a los Comisarios de Aduana, rompió la espada de uno de ellos y les dispensó un trato de lo más humillante; a continuación, asaltaron sus casas, rompieron las ventanas y arrastraron el barco del Recaudador hasta las tierras comunes, donde lo quemaron hasta que no quedaron de él sino las cenizas.”

Esas batallas tomaron forma sobre unos supuestos de la política británica que prepararon el terreno: la agrupación de distintos sectores en cuerpos legalmente reconocidos, como gremios o grupos religiosos; la existencia de leyes que protegían los derechos de esos cuerpos; la obligación, para los líderes de esos cuerpos, de presentar en público las demandas de sus representados; la obligación, para las autoridades, de escucharlas.

Sobre ese trasfondo, los movimientos sociales desarrollaron tácticas y estrategias que se convertirían en “sólidos vehículos de expresión de las exigencias del pueblo”, como resumen los autores. Entre ellos se cuentan campañas, petitorios, acciones en la prensa, huelgas y, sobre todo, demostraciones públicas de “valor, unidad, número y compromiso”. La política en las calles: marchas y manifestaciones representan la forma privilegiada como los demandantes se muestran ante las autoridades y sus conciudadanos, proclamando su identidad, su programa y su legitimidad para plantear un reclamo.

Pasando rápidamente por las convulsiones de la Revolución Francesa, Tilly y Wood se concentran en la oleada de manifestaciones de la Segunda República (1848-1951) y en su vecina, Bélgica. En esos países, las protestas públicas resultaron complementarias del funcionamiento de las instituciones: las marchas y huelgas generales promovidas por los socialistas, por ejemplo, fueron en gran medida la causa de la ampliación del derecho de voto.

Tras revisar lo que sucedió en Gran Bretaña y Estados Unidos en el siglo XIX, los autores se cuestionan sobre las semejanzas y diferencias entre los movimientos sociales de distintos países. Hablan de la “modularidad” de este tipo de política, es decir, la capacidad de ciertos recursos organizativos y de protesta de atravesar las fronteras. Esa semejanza, sin embargo, “no equivale a una uniformidad perfecta”, en la medida en que cada contexto agrega elementos culturales típicos de su historia. Cómo no pensar en Evangelina Carrozo y el sentido del Carnaval en la protesta gualeguaychense, o en la reciente evocación de la Noche de los Lápices por los estudiantes porteños.

La segunda pregunta es más importante: ¿cuál es la relación entre democracia y movimientos sociales? Con abundantes ejemplos, Tilly y Wood señalan primero la correspondencia general entre los reclamos públicos y los procesos de democratización, aunque muestran ejemplos en que las protestas llegan antes y otros en que llegan después de la reforma de las instituciones. También, que la política en las calles puede tener lugar en las grietas de regímenes autoritarios. Sin embargo, el interrogante más difícil (más “desagradable”, en la calificación de los autores) es: ¿en qué circunstancias los movimientos sociales pueden minar la democracia?

Teniendo en mente el caso de los enfrentamientos entre musulmanes e hindúes en la India a comienzos del siglo XX, Tilly y Wood responden que la política contenciosa puede afectar la democracia cuando reduce el espectro de participantes en la vida pública, aumenta la desigualdad entre los participantes en la protesta o aleja de las “redes de confianza” (las vinculaciones entre activistas) a ciertos sectores. En síntesis, cuando profundiza las divisiones entre sectores sociales, en lugar de atenuarlas.

A la luz de la larga historia revisada, analizan sin ingenuidad el futuro de los movimientos sociales, que se integran para responder a políticas que trascienden las fronteras. Surge inmediatamente el recuerdo de la “batalla de Seattle” contra la OMC en 1999 y las masivas protestas contra la invasión estadounidense a Irak a comienzos de 2003. También, el caso de redes establecidas, como Vía Campesina, creada en 1993, y que comprende agrupaciones de agricultores de más de cincuenta países.

Por un lado, los reclamos ganan potencia y alcance gracias a estas enormes articulaciones, capaces de coordinar acciones en el mundo real y el virtual en los puntos más distantes, más recónditos, más diversos. Por otro, los autores advierten que las desigualdades entre sus participantes podrían generar efectos negativos. Para protestar en un nivel transnacional se necesitan recursos que no están parejamente distribuidos: los medios económicos y tecnológicos, como el acceso a Internet; la expertise para dialogar con los organismos internacionales, que está concentrada en ONG afincadas en los países centrales; la diferente capacidad de activistas de los países centrales y periféricos para demandar a sus autoridades; y el diferente poder de esas autoridades ante el gobierno global. Nada de esto es igual para un activista norteamericano, para uno boliviano, francés, mozambiqueño o argentino. Otra grave consecuencia es el debilitamiento de los gobiernos nacionales, jaqueados desde arriba por el gobierno global y desde abajo por los movimientos transnacionales.

Tilly cierra el volumen en primera persona, con un gesto de pesimismo esperanzado, si se tolera el oxímoron. Tras evaluar como “más y más improbable” el triunfo de los movimientos sociales, confiesa que su corazón está con ellos, en la medida en que representan “un canal fundamental para grupos, categorías y cuestiones que, hoy, no tienen presencia en la rutina política de un régimen y que no pueden alcanzar, por lo tanto, un lugar visible en la vida pública”. En un libro que bien puede considerarse su legado, concluye con una interpelación a sus lectores: “Deberíamos seguir con atención el devenir de los movimientos sociales, con la esperanza de refutar mis malos augurios”.

Para LA NACION

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s