“Historia de la Biblioteca Nacional”, por Horacio González

Cómo compatibilizar la tradición humanística con la tecnología es uno de los temas de “Historia de la Biblioteca Nacional”, el ensayo de Horacio González, su director, aquí analizado. Además, un recorrido por la institución.

Por Jorge Lafforgue en Revista Ñ

En el verano de 1991 comienzan a circular las “Palabras del espacio 310”, que poco después se transforman en una “Revista de crítica cultural”, la cual no tardará en sumar al subtítulo “crítica política”; sin cierre proclamado (si bien la primavera de 2008 está lejana), la revista ha de mantener inalterable, aunque con expandida mirada, su título originario: El Ojo Mocho. Esta publicación, que nació en un aula medio incendiada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, con una pregunta aguerrida: “¿Fracasaron las ciencias sociales en la Argentina?”, para insistir al número siguiente con otra no menos tensa: “¿Se acabó la crítica cultural?”, intentará refutar con pasión e inteligencia una cierta tribulación implantada ab initio: “La pasión de la crítica está en retirada”; a lo largo de dos décadas, sus páginas labrarán un rotundo mentís a tan desdichada acechanza.

Pero ahora no se trata de realizar un balance de esa revista que –junto con Punto de Vista, si bien desde otra perspectiva– ha contribuido de manera decisiva e incisiva al desarrollo y el debate de la cultura nacional en los últimos años. La traigo a colación por un motivo sesgado: entre sus muchas singularidades, El Ojo Mocho solía incluir extensas entrevistas a intelectuales ligados al quehacer nacional (muchos son los nombres que en ella abonan ese género o sello: David Viñas y León Rozitchner, Germán García y Carlos Correas, Jorge B. Rivera y Emilio de Ipola. Asís y Fogwill, entre otros), entrevistas que se reproducen en bruto –sin editar o tal su efecto– pues en las mismas jamás se prescinde de repeticiones, rodeos, disrupciones, tics, guiños, vados y torrentes verbales del interpelado. Metodología tan peligrosa como fascinante. Metodología que uno o varios miembros del “grupo editor” asumen al interrogar y transcribir sus preguntas con las vacilaciones, aprietes y perplejidades del caso. Salvo excepciones, Horacio González está siempre presente en esos torneos retóricos. Quiero enfatizarlo: esos asaltos discursivos nada tienen de metódico ordenamiento, nadan más bien en aguas borrascosas, en aguas que se permiten las algas y el barro, la transparencia y el aceite. Si a esta presencia interrogante de Horacio González en El Ojo Mocho, le sumamos su abrumadora intervención en ensayos, comentarios críticos y grageas desperdigadas en el cuerpo de esa revista, me siento plenamente autorizado a nombrarlo su ghost director.Si tanto un estilo de escritor como un modo de trabajo se forjan en un manifiesto aprendizaje, el extendido pasaje de Horacio González por El Ojo Mocho no hay duda que ha sido decisivo en ambos aspectos. No obstante, recordemos que hubo un antes en su quehacer intelectual, donde bien se pueden contabilizar frecuentes incursiones periodísticas, estudios de sociología en la UBA e incluso el ejercicio de la docencia en las universidades nacionales de Rosario y de Buenos Aires. Pero será durante la década del noventa, tras “ocho años de estadía en Brasil”, cuando su actividad cobra dimensiones mayores.

Pongo un inicio: 1992. Ese año ha comenzado a hacerse escuchar más allá de las aulas la revista mocha, González recibe su doctorado en ciencias sociales por la Universidad de San Pablo y su nombre aparece impreso en la tapa de dos libros: La ética picarescaLa realidad satírica (respectivamente una reedición de su tesis de doctorado, significativamente vapuleada por Fogwill en El Ojo Mocho, y doce hipótesis sobre el diario Página/12). En octubre de ese año, González cierra un coloquio internacional organizado por el Goethe-Institut sobre Walter Benjamin; concluye alentando la lectura benjaminiana, “en estos días argentinos, en que la vida intelectual ve declinar el ejercicio de la imaginación y de la crítica, en nombre de academicismos que retornan con escasa culpa y pedestre convicción”. (Cita que revela la cavilación central de alguien inmerso en la vida académica, que desgarradamente intenta huir de su creciente tendencia a la burocratización o previsible inepcia.)

La suma de libros publicados por González supera holgadamente el número de los años transcurridos. A veces, es cierto, él aparece como coordinador (por ejemplo en la Historia crítica de la sociología argentina, cuyas primeras cien páginas son de su autoría) u otras como coautor (por ejemplo, Eduardo Rinesi lo acompaña en un par de títulos); pero, si agregamos a los libros, sus intervenciones públicas en los más diversos medios, su actividad ensayística resulta francamente abrumadora, casi sin equivalentes en la Argentina de hoy (digo “casi” porque reparo en la nada desdeñable labor de Beatriz Sarlo y qué decir en la de José Pablo Feinmann).

Referirse a ese corpus (del cual destaco los Restos pampeanos) excede con creces los límites de la nota solicitada sobre Historia de la Biblioteca Nacional, su libro más reciente. Sin embargo, no puedo dejar de señalar un nexo muy evidente entre la revista y el libro. Ese nexo se llama justamente La Biblioteca, otra revista “nueva y antigua a la vez”, pues fue fundada por Paul Groussac en 1896 y reeditada con igual título varias veces: así en 1957 por Borges, así cinco años atrás por Elvio Vitali y Horacio González, éste en tanto subdirector de la Biblioteca Nacional y luego su director. Al recorrer La Biblioteca es fácil advertir ciertas similitudes con El Ojo Mocho, desde algunas obvias, como la datación estacional –verano, primavera…– o la constitución de equipos de trabajo –donde no pocos nombres se repiten, y quiero destacar especialmente el de María Pía López– hasta el hecho de que cada número gire en torno a un tema. En los cinco años transcurridos desde entonces y mientras González permanece al frente de esa institución traspasado por los temas que despuntan en las páginas de la renovada revista, un libro se ha ido forjando al calor de esa maquinaria, un libro que resulta fundamental en la reflexión a que nos obliga el Bicentenario.

Banderas de un relato

Tenaces agitadores proclaman el fin de los grandes relatos, aunque suelen estimular intentos de recuperar el pasado como “relatos plausibles”. Prestando oídos sordos al primer dictamen, González se enzarza en una historia particular, ante la que no trepida en agitar constantemente las “banderas de su relato” que, por cierto, nunca exhibe un “tamaño” reducido, pues bien puede leerse como la constitución de nuestra nación.

Pero partamos de los desalientos: de entrada es posible advertir qué no encontrará el lector en esta Historia. Por ejemplo, nadie osaría afirmar que se trata de un “Manual de uso”, como tampoco nadie podría calificarla de relato prolijo, mesurado, didáctico, pleno de cuadros y estadísticas, y otros tantos adjetivos bienintencionados. Pero no pequemos de extremistas, algo sobre esos “asuntos contingentes” se desliza en el texto de Horacio González y el lector se lo agradece. Así, el apartado sobre “Los vestigios arquitectónicos” referido a los edificios que ocupó la Biblioteca antes de su sede actual (a la que luego se alude reiteradamente, a propósito del rechazo borgeano, de la conflictiva mudanza, de los esfuerzos para “extirpar un nombre” demoliendo la Mansión Unzué, del inadecuado emplazamiento de la estatua de Juan Pablo II, entre otros “intertemas”).

Por otra parte, este libro es también dos libros. Pues, si este opus gonzaliano se presenta como un único volumen con foliación corrida, al texto escrito (que va hasta la página 272) le sigue un álbum de fotos de poco más de sesenta páginas. Se trata de dos partes complementarias, donde las imágenes vienen a ser corroboraciones visuales de afirmaciones que se desgranan en el texto.

Una primera y rápida mirada tal vez nos convenza de estar frente a un correcto ordenamiento: dedicatoria, índice, prólogo, seis capítulos seguidos de sus correspondientes notas y un colofón. Pero una mirada menos escolar, podrá advertir que Horacio González no ha escapado a su habitual modalidad escrituraria: el desorden organizado o, a la inversa y mejor, la organización desordenada, aunque ciertamente cuestionante.

En el breve Prólogo se ofrece una síntesis de los propósitos, esperanzas, ideas e intenciones que alberga el camino a recorrer/recorrido. Lo manifiesto, “trazar una hipótesis aceptable sobre el itinerario de una institución fundamental del país”, sin desechar como subtexto los dictámenes de “la memoria personal”. En la conjunción de ambas instancias “escribimos nuestra historia del orden bibliotecario argentino”. Francamente, postula González, esta “historia de la Biblioteca Nacional quiere ser, a la vez, una historia de sus ensueños bibliotecarios y de las quimeras literarias del país. También de sus nada secretos filamentos políticos”. Problemas que el autor no oculta: afirma “un único hilo conceptual”, en tanto se imagina a la institución como una e indivisible, pero a la vez reconoce “sus discontinuidades políticas”, sus etapas contrapuestas, “sus múltiples formas, sentidos y apariciones”. Discute la reiterada idea del deficiente funcionamiento de la Biblioteca, la supuesta desidia que la carcome. Señala y se apoya en los trabajos que han precedido a su intento: sobre todo reitera que le “sirve de inspiración” la Historia de la Biblioteca Nacional (1893) de Paul Groussac, que es un “ensayo de historia de las pasiones públicas e intelectuales” y el subsuelo donde “asentamos y proyectamos nuestro propio recorrido”. Este se enriquece con muchos aportes posteriores, tanto sobre personajes y temas específicos (Josefa Sabor-Pedro de Angelis, Paula Bruno-Paul Groussac, Bioy Casares-Borges e infinidad de otras investigaciones y provocaciones) como también sobre temas de mayor amplitud (en ese sentido los sólidos trabajos de Alejandro Parada, Roberto Casazza y Mario Tesler reciben más de un reconocimiento, y también algún disentimiento). Se llega así “al núcleo vivo de la polémica misma sobre la cultura nacional”: cómo compatibilizar las tradiciones humanísticas y las primicias de las tecnologías. De donde este libro, en forma a veces encubierta, sesgada, pero las más provocativa, manifiestamente, resulta ser un despliegue e incesante asedio de tal dilema. Su subtítulo ya lo proclama: “Estado de una polémica”.

De Moreno a González

Esta Historia se hilvana a través de seis capítulos, centrados cada uno de ellos en una figura protagónica. Sucesivamente: Mariano Moreno, De Angelis, Groussac, Martínez Zuviría, Borges y, por último, ¿Vitali o González? Elvio Vitali llevó a González como vicedirector de la Biblioteca, fue su amigo, la dedicatoria de este libro concluye con su nombre, y su rostro sonriente cierra la galería de fotos del volumen; pero él estuvo poco tiempo en la dirección, mientras que su sucesor permanece desde entonces. La lectura de esta Historia muestra que quienes dejaron su huella no fueron directores efímeros o fantasmales sino aquellos que tuvieron la oportunidad de desarrollar en esa institución proyectos culturales sostenidos (para bien o para mal). No haré la apología de Roca y sus sucesores que permitieron la permanencia de Groussac al frente de la Biblioteca Nacional durante 44 años; pero el opuesto absoluto es sin duda muchísimo más grave, más dañino. Pese a que tal vez González tenga razón cuando afirma que el síntoma de politización de la dirección es “arcaico y fundacional”.

Pero este libro ¿es ante todo una historia de los directores de la Biblioteca Nacional? Sí y no. Sí, porque sucesivamente todos ellos son mencionados y algo se dice de sus empeños y ausencias, de lo que hicieron y de lo que dejaron de hacer. Y aclaro, tanto en lo que respecta a sus tareas específicas en la Biblioteca como en cuanto a su posicionamiento intelectual e ideológico en el campo de la cultura nacional.

Casi siempre estas últimas consideraciones ganan la partida, superando largamente a las primeras; más aun, ellas suelen constituir el meollo de las elucubraciones críticas de González.

El relato no es simple ni mucho menos lineal. Aunque no pierda de vista el árbol, Horacio González se va por las ramas, trepa, queda colgado en alguna de ellas y baja, para volver a subir; constantemente se desliza en un ir y venir… y volver. Pondré un solo ejemplo de este procedimiento narrativo que es su marca de fábrica. El capítulo 4 es el más breve (no supera las 29 páginas), si bien abarca un largo período (1931-1955: década infame y primer peronismo), en su casi totalidad con un mismo personaje como director de la Biblioteca: Gustavo Martínez Zuviría, novelista otrora muy popular bajo el seudónimo de Hugo Wast. Comienza el capítulo refiriéndose a Los protocolos de los sabios de Sión, que integran el canon antisemita universal y “son el engendro profundo de un tipo especial de conciencia conspirativa”, en ellos se formulan los planes “del secreto revelado por el que un núcleo conspirativo judío se apoderaría del mundo” (recordemos Filosofía de la conspiración, libro de González de 2004; por otra parte, no olvidemos al nazismo en expansión por todo Occidente). La aguda puesta en escena de Los protocolos se justifica en tanto ellos “alentaron muchos de los proyectos novelísticos” de Hugo Wast, cuya obra “está fuertemente implicada en la divulgación de un ultramontanismo eclesial”; en particular, González se detiene en dos novelas, El KahalOro, relatos alquimísticos sobre la dominación del mundo por etapas, que incluyen Buenos Aires (aquí González establece una confrontación con la casi simultánea conspiración propiciada por Macedonio Fernández para “dotar a Buenos Aires del misterio que nunca tuvo”: y luego con la del Astrólogo arltiano en Los siete locos; ambas, por lo demás, sirven para probar la inferioridad literaria de Hugo Wast, entre otras cuestiones). A continuación, apoyándose en el estudio de Cristián Buchrucker, se refiere a los aportes antisemitas de los años 30 del padre Filippo, el ensayista Ramón Doll y el sacerdote Julio Menvielle (a propósito del cual se remite encomiásticamente al ensayo de Jorge Dotti). El autor hace un alto para preguntarse si “¿tienen estas reflexiones algo que ver con la historia de la Biblioteca Nacional?” Y se responde afirmativamente, dando sus razones, las cuales se reiteran y amplifican en otros pasajes del libro. Se verifica luego una “fundamental polémica”, en la que César Tiempo, entonces secretario de la SADE, realiza una lapidaria crítica al manejo de la Biblioteca en ese período. De donde se salta al traslado de importantes documentos de la Biblioteca al Archivo General de la Nación, dispuesta por el ministro de Educación Méndez San Martín, pero no consentida por José Luis Trenti Rocamora ni por Raúl Touceda, los dos directores que suceden fugazmente a Hugo Wast antes de la caída del peronismo (traslado que una y otra vez González reprueba). Trenti Rocamora, que alaba la gestión de su antecesor, ve sin embargo un punto “apenas desacertado” en la misma: prohibir el acceso a la sala de atención preferencial de los investigadores de origen judío, y al respecto cuenta el caso de Boleslao Lewin. El hecho enfurece a González, que no trepida en ver a Lewin como “la encarnación del mismo Tupac-Amaru, que él estudiaba”, y remata sin más “era el perseguido universal”. De este episodio se salta a otros: la compra parisina de la notable colección Foulché-Delbosc; el duelo entre dos bibliófilos, uno de ellos director de la Revista de la Biblioteca Nacional; la edición facsimilar de Las profecías de Nostradamus por la Biblioteca en 1943; la utopía bibliotecaria de Martínez Zuviría, quien “intentó en el plano arquitectónico el ideal de una Ciudad Jerárquica”. Pero, además, cada uno de estos temas viene salpimentado con episodios subordinados o aledaños.

Formulé apenas un ejemplo. No obstante, puede que mi formulación propicie la idea de hallarnos frente a un cóctel vertiginoso de ingredientes múltiples; o tal vez ante un pot-pourri de hechos culturales heterogéneos, que abarcan desde el artículo publicado por Moreno el 13 de setiembre de 1810 hasta esta Historia de la Biblioteca Nacional, pergeñada por su actual director. Tal vez sea pertinente recordar sus propias palabras: “Traté de orientarme en la escritura de esta historia, la de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, a través de todos los planos en que es preciso actuar en ella” .

El propósito manifiesto del autor será entonces el eje conductor del discurso, aquel que da título al volumen: Historia de la Biblioteca Nacional. Pero teniendo en cuenta que –y cabe ahora recordar aquellas entrevistas en El Ojo Mocho– ningún nudo de ese hilo narrativo aparece rigurosamente acotado; por el contrario, si existen nexos temáticos se estimula saltar sin red, se puede ser digresivo, arborescente, hasta repetitivo y machacón. Agreguemos, además, que el lenguaje utilizado por Horacio González resulta una rara mezcla de prosa barroca e intempestiva oralidad (“la experiencia real conversativa”), que a menudo nos sorprende con giros o advertencias (como ésta “Preparaos”, precediendo a una cita de Amalia), sin exceptuarnos de algunos latinismos, pero sobre todo de neologismos, por lo general de carácter despectivo: señoritil, eruditismo, regleta, etcétera.

Con este recorrido metódico, lejos estamos sin embargo de dar un panorama completo del vasto material que presenta la Historia de González. Entre lo que falta apuntar, sin duda sobresalen las páginas finales del capítulo 6 que, bien visto, sólo dedica las diecisiete primeras a recordar a los directores que van de Gregorio Weinberg (1984) a Elvio Vitali; las restantes dos terceras partes del capítulo se circunscriben a los principales nudos problemáticos de la institución en estos últimos años y justifican plenamente el subtítulo del libro: “Estado de una polémica”. Entre apartados (“Tecnologías”, “Sindicalismo de Estado” y “Reflexiones sobre archivos y bibliotecas”), más un Epílogo, se debaten problemas que hacen a la existencia misma de la Biblioteca. No es que tales problemas irrumpan de golpe en las páginas finales, pues muchos de ellos han aflorado en pasajes anteriores; ahora se los retoma, se los analiza e interroga.

En primer término, el actual director reflexiona sobre la incidencia tecnológica en el proceso de actualización de la multifacética actividad institucional o, en términos más amplios, sobre la problemática que surge en la intersección de tecnología y cultura. Comienza González retomando la archiconocida polémica que lo enfrentara en enero de 2007 a Horacio Tarcus, entonces subdirector de la Biblioteca Nacional y a sus adláteres de turno, a quienes el autor les imputa “modestas cegueras”. Hace entonces su descargo (“No me opuse ni a la modernización, ni a las tecnologías, ni a conocer a las vocaciones laborales para una nueva jornada colectiva”), repasa no sin un dejo burlón la posición de sus contrincantes de entonces (¿de hoy?), si bien confiesa que no escribe “estas líneas con gozo y vindicta” y refuerza su posición contra la investigación “del tipo extractiva” frente a la reivindicada “de sembradío”, o sea que condena la beatería que se apega al documento sin hacer de éste una semilla a fecundar. En síntesis, “se confrontaban maneras distintas de interpretar el archivismo, una como instrumento de una teoría globalizada de la memoria, otra como íntima perspectiva de creación de nuevas preguntas sobre la escritura, el lenguaje de la historia y el consiguiente sentido engarzado en lo práctico inerte del pasado”. La riqueza conceptual y la carga polémica de estos últimos apartados constituyen sin duda la mejor invitación a la lectura de este libro.

En un Mar del Plata otoñal, año 1941, Borges concluye un cuento que habrá de formar parte de El jardín de senderos que se bifurcan y que luego integrará Ficciones. Bifurcaciones y ficciones tejen infinitamente aquel texto memorable, que se inicia con un sinónimo dramático e implacable: “El universo, que otros llaman la Biblioteca”. Sin duda, ese comienzo, el sentido de ese comienzo, ha horadado la mente y el corazón de Horacio González mientras redactaba este libro nada sigiloso.

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