La guerra de la frontera, Miguel Angel De Marco

Cuatro siglos de luchas

En La guerra de la frontera (Emecé), Miguel Angel De Marco repasa las contiendas entre indios y blancos que marcaron la historia argentina. Aquí, un fragmento.

en La Nación

Invariablemente, al comenzar el dictado de mis clases sobre la historia argentina entre la caída de Juan Manuel de Rosas y la sanción de la Ley Sáenz Peña que desbrozó el sendero hacia la democracia plena, despliego un mapa de la República a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX en que se observa con nitidez el escaso territorio sobre el cual el país, dividido después de Caseros en Confederación Argentina y Estado de Buenos Aires, podía garantizar cierta seguridad frente a las incursiones indias, y la inmensidad sobre la que no se tenía imperio, verdadero arcano apenas matizado por los poco precisos datos de remotas expediciones.

Ciertamente, la cuestión tiene múltiples aristas. La llegada de los españoles en son de conquista, dispuestos a echar por la borda los mandatos de la Corona con respecto a los derechos de los indios y al tratamiento que les correspondía como súbditos y no como esclavos, provocó cambios profundos en la existencia de pueblos culturalmente avanzados y de otros que sin serlo, vieron sesgadas sus vidas por la fuerza de la espada. Como había ocurrido antes, cuando el imperio incaico avasalló a los primitivos dueños de la tierra y los sometió a una dominación cruel, las huestes hispanas aplicaron a los aborígenes los mismos procedimientos con que dirimían el poder entre sus propios componentes. Hombres fieros, acostumbrados a la vida rigurosa en su propia tierra, donde el suelo yermo y las desigualdades sociales les ofrecían muy pocas perspectivas de progreso, los animaba, sobre todo, el propósito de reunir riquezas para regresar alguna vez a sus recónditos lugares de origen, donde gozarían de una posición que jamás hubiesen logrado allí.

Pero junto con ellos vinieron hombres justos y letrados, que no vacilaron en denunciar los abusos desde la cátedra y el púlpito, llevar sus reclamos a la Metrópoli y ofrendar en no pocos casos su propia vida. Fue una prolongada etapa de luces y sombras, en las que los españoles y sus descendientes criollos pugnaron por ocupar el suelo y derrotar a los naturales, y en que éstos combatieron con todos los medios a su alcance para hacerles pagar cara la victoria.

Cuando, constituidas las primeras poblaciones, se quiso avanzar hacia zonas rurales para desarrollar la actividad ganadera y poner en funcionamiento las precarias industrias derivadas, comenzó una lucha más feroz. Los indios nómades, tras domeñar a los potros bravíos y convertirlos en instrumentos para trasladarse velozmente y pelear, comenzaron a apoderarse del ganado vacuno con el fin de conducirlo allende los Andes por los caminos cordilleranos y venderlo o cambiarlo por objetos que les interesaban, y también de los yeguarizos que constituyeron su alimento más preciado, por no decir único.

Pocas veces los pactos entre indios y blancos tuvieron duración prolongada. Unos y otros los violaron en forma constante. Los primeros porque el malón, las incursiones violentas sobre poblados indefensos, eran más redituables que los víveres y “vicios” que los segundos podían proporcionarles, y los blancos porque pensaban que a la postre el único modo de evitar los ataques era terminar con los atacantes. En esa constante porfía, sufrían las familias de unos y otros. Si los indios pampas, ranqueles o mapuches arrastraban entre el remolino de vacas y yeguas en carrera despavorida a las madres, esposas e hijos de los sufridos habitantes de la llanura, para cautivarlos y vejarlos de un modo ominoso, los blandengues de la frontera y milicianos, primero, y los soldados de línea y guardias nacionales, después, caían sobre las tolderías y se apoderaban de la chusma (mujeres, niños y viejos que ya no podían empuñar sus lanzas), para ponerlos al servicio de las familias en las ciudades o en las estancias.

Por cierto, del mismo modo como durante la conquista y colonización hubo quienes se preocuparon por la suerte de los indios encomendados o sometidos a otro tipo de servicios personales, a lo largo del siglo XIX se insistió acerca de la necesidad de trocar el fusil y la espada por otros medios que les brindaran los beneficios de la civilización, entendida como tal la vida de las poblaciones blancas. La prédica de los gobiernos patrios, el expreso mandato constitucional de 1853, la formación de comisiones destinadas a bregar por la inserción de los indios en la sociedad de aquel tiempo, los escritos de eclesiásticos, civiles y militares, se desarrollaron paralelamente con los malones y los intentos de represión.

Sólo una minoría abrigaba tales ideas. El indio era, para la mayor parte de la gente en pasadas centurias, sinónimo de destrucción y muerte. Cada malón generaba la pérdida de vidas inocentes y el cautiverio en los cambiantes hábitats de esa inmensidad genérica denominada desierto . También provocaba grandes pérdidas materiales, por el robo de millares de cabezas en cada maloca , por los incendios de las poblaciones y fortines avanzados, por la inseguridad que aportaban a los sinuosos senderos denominados caminos, y al precario sistema de postas que jalonaban las etapas de los viajes. […]

¡Triste suerte la de los indios argentinos! A casi un siglo del día en que el presidente Hipólito Yrigoyen decretó el fin de la campaña contra los aborígenes del Chaco, sufren tanto o más que en los trágicos días que evocamos, trasplantados a las grandes urbes, donde viven una existencia miserable o negados en sus propios entornos, sin alimentos, hospitales y escuelas, y sin la esperanza de que los gobernantes se ocupen seriamente de ellos, más allá de las “reivindicaciones” verbales.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s