“Deporte nacional. Dos siglos de historia”, por Ariel Scher, Guillermo Blanco y Jorge Búsico

Dos siglos de deporte argentino, recorridos de punta a punta en una obra apasionante (Emecé). Aquí, un capítulo sobre el Mundial de Suecia de 1958.

en La Nación, 17/10/2010

“Eramos campeones. Ni se había movido la pelota ni una sola experiencia humana permitía verificarlo, pero éramos campeones. Eramos campeones, con el uso de la primera persona del plural porque en primera persona lo pronunciaron desde el augurio hasta el lamento miles de argentinos que decían eso, justo eso: éramos campeones. Fue un error de cálculo. El campeón fue Brasil. Y la Argentina se estancó en la ronda inicial, la que algunos evaluaban casi como un trámite, en ese Mundial de fútbol que viajó de bendito a maldito, el de Suecia en 1958.

El Mundial de fútbol de Suecia acabó con la ausencia de la Argentina en los mundiales, que duró formalmente veinticuatro años, pero que de verdad duró veintiocho, si se tiene en cuenta que en 1934 apenas jugó un partido. Sin embargo, ese no fue el final más importante. Lo que se cerró fue la idea de que en esta franja de la humanidad habitaba el mejor fútbol del mundo. Una idea sostenida mediante grandes jugadores, grandes equipos y grandes selecciones, pero no corroborada en los mundiales, se descompuso en sólo tres partidos, en una primera rueda, en una goleada que no pronosticaban ni los pronosticadores de goleadas.

La Argentina llevó futbolistas brillantes. Amadeo Carrizo, arquero como ninguno; Oreste Corbatta, genio y loco suelto por la banda derecha; Néstor Raúl Pipo Rossi, el mediocentro de la presencia sin igual; Pedro Dellacha, impasable defensor, ganador del Olimpia de Oro en 1957; Angel Labruna, ya mayor, pero siempre Labruna; Federico Vairo, Norberto el Beto Menéndez, calidad a pleno. Y un plantel de jugadores apreciados en el medio local que se chocó sin demasiadas explicaciones con una realidad de adversidades e imprevistos. Alemania lo cacheteó enseguida con un 3 a 1 que había empezado sonriente, con un gol rápido de Corbatta. Irlanda del Norte habilitó la resurrección en una victoria por 3 a 1, con goles de Corbatta, Menéndez y Ludovico Avio. Y, al final, Checoslovaquia tuvo un día de todas las inspiraciones, todos los goles y todo el fútbol, y hundió una goleada mayor: 6 a 1. Otra vez Corbatta metió un gol, pero no sirvió ni de consuelo.

“Fue como cuando vas a jugar al potrero y te enfrentás con otros jugadores de los que no sabés ni cómo juegan ni nada. No teníamos ni idea de con qué nos íbamos a encontrar al entrar en la cancha”, se lamentó Carrizo décadas después. El periodismo fue severísimo con los futbolistas y con el entrenador Guillermo Stábile -una gloria del fútbol nacional-, y cargó con énfasis sobre los presuntos retrasos tácticos del fútbol argentino a causa de un aislamiento de la alta competición internacional. La propia AFA suscribió ese criterio en su Memoria de 1958: “El consejo directivo que finaliza su mandato y que tuvo la responsabilidad de la conducción en este amargo trance, ni la rehúye ni la distribuye. Señala, solamente, que una superioridad no demostrada acabadamente alentaba a todos. Los hechos evidenciaron la necesidad de rectificar conceptos, modificar sistemas y adecuar la marcha al ritmo que fijan nuevas concepciones sobre el fútbol”.

Era una concepción repetida, pero difícil de sostener si se atendía a otro dato: el campeón del Mundial había sido Brasil, fiesta del fútbol ofensivo y libre, con la súbita aparición de Pelé, todavía un semiadolescente, como estrella superior. Lo escribió Dante Panzeri, un esclarecido en medio de los discursos que se imponían: “No caigamos en el snob -bastante remachado antes de ir a Suecia- de que el fútbol moderno exige atacante de mucha estatura, mucho peso y mucho remate de larga distancia […] allí está Brasil […] señalando que el fútbol bien jugado se realiza con habilidad y velocidad”. No obstante, ocurrió lo que analizó el sociólogo Roberto Di Giano: “El sobredimensionamiento de la desventura deportiva sirvió para que los agentes modernizadores del campo convirtieran en estigmas lo que hasta entonces habían sido considerados ricos atributos e hicieran de las construcciones híbridas un motivo de jactancia”.

La recepción al equipo en el Aeropuerto de Ezeiza expresó broncas, dolores y desmesuras. Al regreso desangelado a los mundiales se lo llamó, en la liturgia futbolera, “el desastre de Suecia”. Más desastre fue mucho de lo que se dijo, mucho de lo que se escribió, mucho de lo que se hizo.”

 

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