“La palabra como arma”, Emma Goldman

“La palabra como arma” compila quince de los escritos más significativos de Emma Goldman, destacada militante del anarquismo internacional y el feminismo radical.

POR HERNAN CAMARERO en Revista Ñ

La historia del anarquismo reconoce una trayectoria de un siglo y medio de reclamarse a favor de la causa de la emancipación humana y en contra de la autoridad y la opresión. Referido como un arte de vivir, una idea antropológica alternativa de sociedad y un análisis crítico del poder, el anarquismo fue también expresión del combate de los explotados en diversas geografías y momentos desde la entronización del capitalismo. Sin olvidar que una evaluación descarnada arroja un resultado pobre a los emprendimientos estratégicos o centrales que el anarquismo como corriente del movimiento social intentó llevar a cabo en su larga existencia.

La apasionante figura de Emma Goldman (1869-1940) ocupa un lugar en el entramado histórico del anarquismo y, también, del feminismo radical.

La palabra como arma , el libro que compila quince de algunos de sus escritos más significativos, acaba de ser publicado en la “Colección Utopía Libertaria”. Merece una consideración esta apuesta editorial local, que viene rescatando obras clásicas de referentes del pensamiento anarquista (Bakunin, Proudhon, Stirner, Kropotkin) y de sus estudiosos y propagandistas, al mismo tiempo que haciendo conocer investigaciones recientes sobre la experiencia libertaria en el mundo y en la Argentina.

En esta ocasión, permite recuperar a Emma Goldman, quien abrazó fervorosa y perseverantemente la filosofía del anarquismo, cuya piedra angular identificó en el supremo valor de la libertad. Lo hizo acompañando, durante medio siglo, todas las posiciones de esa corriente, aún las que resultaron más contraproducentes o ineficaces para la lucha de los trabajadores. Nacida en una familia judía lituana de clase media, de muy pequeña descubrió el rigor de la vida laboral en la San Petersburgo imperial. Emigrada a los Estados Unidos e instalada en Nueva York, ingresó a trabajar en fábricas, donde experimentó la explotación capitalista y quedó conmovida por los hechos de mayo de 1886 en la plaza de Haymarket de Chicago, cuando una congregación de huelguistas acabó aplastada por la policía y un año después cinco anarquistas fueron ejecutados en la horca como consecuencia de aquellos acontecimientos.

Despertada a la conciencia social revolucionaria, Goldman se convirtió en estudiosa de las teorías emancipatorias, conferencista y oradora en mitines por todo el país, y partícipe entusiasta de luchas proletarias, siempre partidaria de la acción directa e, incluso, de la “propaganda por el hecho”. Ya en pareja con Alexander Berkman, se comprometió con el atentado que éste, sin apoyo de los trabajadores, realizó en 1892 contra Henry Clay Frick, el gerente de la compañía industrial Carnegie (Pensilvania), en repudio por su comportamiento brutal con los huelguistas y su empleo de pistoleros y esquiroles de la organización pro-patronal Pinkerton. Emma la Roja, tal como empezó a ser llamada, conoció la cárcel tras su papel como agitadora en las revueltas contra la crisis económica de 1893. Liberada dos años después, volvió fugazmente a Europa, donde obtuvo el título de enfermera. De regreso a los EE.UU. fue injustamente acusada de estar vinculada al asesinato del presidente McKinley en 1901 (aunque defendió al responsable de dicho acto) y vuelta a ser apresada. Más tarde, ella y Berkman (luego de cumplir su larga condena) impulsaron la revista mensual libertaria Mother Earth.

Durante la Primera Guerra Mundial, Goldman fue activista antibélica y fundadora de la Liga contra el Reclutamiento en 1917, y, por ello, otra vez encarcelada casi dos años. Para entonces, era una de las “mujeres más peligrosas de América”, acusada de conspiradora, antipatriota, ácrata irredenta y, también, prostituta, por su vanguardista defensa del amor libre y el control de la natalidad, su falta de prejuicios sexuales y su odio al machismo.

Tras permanecer 34 años en EE.UU., finalmente, la anarquista más famosa del país fue deportada, junto a Berkman. En 1920 ambos decidieron establecerse en la Rusia soviética, entusiasmados con la revolución (trabando vínculo con Gorki y Kropotkin), pero luego quedaron muy desilusionados con los bolcheviques tras los acontecimientos de Kronstadt, tras los cuales, volvieron a emigrar a fines de 1921, recalando en varios países: Inglaterra, Francia y, en sus últimos meses, Canadá. También viajó a España, para apoyar a los anarquistas durante la Guerra Civil. Murió en Toronto, mientras hacía campaña en apoyo a los refugiados españoles, siendo enterrada en el cementerio Waldheim de Chicago, en el que están los cinco mártires de 1887 y la anarquista norteamericana Voltairine de Cleyre.

La palabra como arma brinda una oportunidad para aproximarse a esta experiencia de vida. Varios aspectos de sus trazos militantes pueden reconstruirse desde los diferentes escritos que componen el volumen, la mayoría de los cuales ya habían aparecido en el libro Anarchism and other essays , de 1910. Pero, sobre todo, la obra sirve para comprender las ideas por las que Goldman luchó. En términos estrictos ella no fue una pensadora original, sino una sintetizadora de las distintas concepciones anarquistas, por momentos, arribando a definiciones eclécticas.

En estas páginas despliega un cuestionamiento radical al concepto de propiedad y de dominio privado de los bienes, propiciando una sociedad basada en la voluntaria cooperación de grupos productivos y comunidades libremente federadas para desarrollar el comunismo libertario. Impugna la existencia de todo gobierno, autoridad organizada o Estado, debido a que ellos someten a la libertad individual y la armonía social. Propicia la denuncia frontal contra el militarismo, la guerra y el patriotismo, reivindicando la fraternidad humana. Entiende los actos de violencia anarquistas sólo como expresión de una protesta consciente contra la represión o la injusticia. Defiende la libertad de expresión, así como la importancia social de la Escuela Moderna. Repudia la religión, la Iglesia y el clericalismo, como fenómenos supersticiosos y oscurantistas que oprimen el alma y esclavizan la mente, mientras alerta sobre la hipocresía del puritanismo. Caracteriza al matrimonio como antagonista del amor, responsable de convertir a la mujer en parásita y en sirvienta indefensa, así como de conspirar contra el absoluto derecho a la libre maternidad y el goce sexual.

Leer los escritos de Goldman de hace setenta o cien años nos traslada al universo de una corriente que en aquel tiempo era parte orgánica de la lucha de los explotados, en disonancia con muchos de los cultores o evocadores más recientes de esta ideología, definidos por la superficialidad y la inconsecuencia en un compromiso auténticamente libertario y de combate por la libertad contra el Poder.

Aún en sus planteos esencialmente voluntaristas y confiados en una visión optimista de la naturaleza humana, de una subjetividad que puede ser leída como improductivamente simplista y franciscana, el arma de la palabra de Emma, la Roja todavía hoy puede inspirar los recurrentes sueños de un mundo sin las impudicias de los opresores.


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