“Diccionario de juguetes argentinos”

La niñez es también una memoria social y una estética. El originalísimo “Diccionario de juguetes argentinos” analiza la relación entre los chicos y los productos culturales que la sociedad les destina.

POR RAQUEL GARZÓN en Revista Ñ

Cuando mi padre listaba Las Siete Maravillas del mundo antiguo con la secreta esperanza de que mis hermanos y yo las memorizáramos –Los jardines colgantes de Babilonia, El Coloso de Rodas, la Biblioteca de Alejandría…–, mi infancia resolvía en algo mucho más cercano esa noción grandilocuente. Para mí, la quintaesencia de lo maravilloso fue por años Chan, el mago que contesta . Ese juego de preguntas y respuestas, que admirábamos de tanto en tanto en la casa de mis primos, encarnó lo más misterioso que conoció mi niñez: se hacía una pregunta y el muñeco giraba sobre una superficie espejada, casi sin vacilaciones, para luego de algunas volteretas que a nosotros nos aceleraban el pulso (¿sabrá, sabrá, sabrá?) señalar la respuesta –¡exacta!– con un puntero metálico (¿o varita mágica?). Confieso que hubiera destripado de buena gana al pobre Chan para descubrir, debajo del cartón que le servía de base, el mecanismo magnético que auspiciaba el prodigio. Se salvó de esa, llamémosla curiosidad científica, sólo porque no era mío, si no un tesoro ajeno, espiado de reojo en visitas familiares.

Había olvidado al mago –la fascinación, el enigma, la alegría inagotable de asistir a su acto en trance–, menos por volubilidad femenina que por apaleo del tiempo. Hasta que lo reencontré en un libro extraordinario, donde sus prestidigitaciones tienen cautivo a un público en el que conviven animales de paño, tambores de hojalata, autitos chocadores, muñecas de diversos tamaños y aficiones, trompos, metegoles, títeres, caballitos galopantes, proyectores de películas, instrumentos musicales, disfraces, pelotas, bloques de construcción y otros milagros.

Diccionario de juguetes argentinos. Infancia, industria y educación 1880-1965 , de Daniela Pelegrinelli, me devolvió el asombro de los dientes de leche y con él, certeros detalles de la criatura: Chan se fabricó en el país entre 1952 y 1980 y su nombre tiene ecos del ilusionista más célebre de su tiempo, Chang, “el mago más grande de China”, personaje del artista panameño Juan Pablo Jesorum. Me reveló, además, la historia de sus hacedores: Balbachán y Cía, creadores de muñecas de pasta y juegos de sociedad, responsables también de El cerebro mágico , otro clásico, y relacionados con Bili, una firma dedicada a las muñecas, de la que salió (¿caminando?) a fines de la década del 40, Graciela , que tenía un metro de altura, cabeza y extremidades de pasta y cuerpo de tela y que se vendía en la tienda Harrod’s.

Apasionado estreno de autora y editorial (El Juguete Ilustrado Editor), la investigación de Pelegrinelli, licenciada en Educación y docente del posgrado de Educación inicial y primera infancia de FLACSO, demandó diez años de trabajo y su minuciosidad regala al lector en 306 páginas, pobladas por casi 400 imágenes (fotografías, afiches publicitarios, croquis…), un fresco que si bien se inspira en la tradición extranjera de diccionarios de muñecas y catálogos de autitos, se aleja de la mirada del coleccionista, para indagar en la relación entre industria e infancia, una trama que ilumina “puntos de cruce entre la vida económica y productiva del país y los mínimos hechos de nuestras propias vidas”. Toneladas de información histórica, política y sociológica, referencias a teorías del juego y de la educación, revelaciones sobre el marketing y la publicidad asociada a los juguetes de diferentes épocas son sólo algunos de los aportes de este libro para celebrar.

Libro-travesía, Diccionario de juguetes argentinos está lleno de nombres propios. Asistimos no sólo al puntilloso arqueo de información relativa a los objetos, sino también a anécdotas y datos que trazan la pintoresca prehistoria de los jugueteros: los Chillida, una familia de inmigrantes dedicada al circo y la música, que dividió su arte entre el trapecismo y las muñecas; los Lavintman, que patentaron la única muñeca del país con un fonógrafo, Lolita Johnson o la leyenda de Fernando Chedel, uno de los fabricantes de figuras de plomo más prolíficos de la Argentina. Antes de fundar Austrandia en 1949, Chedel fue un adicto a los soldaditos. “Lo solían llamar especialmente de la juguetería Los Reyes (Santa Fe 2437) cuando llegaba una partida de soldaditos ingleses, para que él –uno de sus mejores clientes– fuera el primero en elegir”, narra Pelegrinelli. Cuando comienza a fabricarlos, ofrece los doce primeros a la misma juguetería que lo había tenido como cliente. Y es un éxito.

En otras ocasiones, el texto desarrolla con la precisión de una lección de anatomía las peculiaridades de sus habitantes. Las muñecas reinan: sus vestidos, su pelo, sus voces, sus dolencias (la sección “Clínica de muñecas” es imperdible), sus miradas merecen trabajadísimos apartados: “No todas las muñecas llevaron ojos de vidrio, la industria se proveyó de distintos tipos. Las de pasta económicas tenían generalmente ojos pintados o calcomanías al vapor, mientras que a las más lujosas se les aplicaron ojos movibles –capaces de cerrarse, también llamados durmientes– o con movimiento oscilante hacia los laterales – flirty eyes – o bamboleantes (…) El Laboratorio Otto, especializado en ojos artificiales para personas, ofrecía también ojos para muñecas y para imágenes religiosas en su local de Juncal 1648.” El recorrido propuesto abarca desde fines del siglo XIX, a partir de pequeños talleres dedicados a la producción de triciclos, sulky-ciclos y caballitos de balancín; pasa por la Segunda Guerra Mundial, que jaqueó la importación y promovió la industria nacional (la Cámara Argentina de la Industria del Juguete, CAIJ, se crea en 1945); se detiene en los repartos masivos de juguetes, promovidos por el peronismo entre 1946 y 1954, como parte de las políticas para mejorar la situación de la niñez y describe los años que van entre 1960 y 1975 como el “período dorado”, con 308 establecimientos dedicados a la actividad.

Miramos hacia el origen cada vez más. El niño que fuimos guarda las claves de los deseos que nos encienden y los miedos que nos colapsan. La sonrisa que tenemos en la foto de aquella Navidad (¿4, 5 años?), aún nos distingue y persevera en las imágenes, incluso cuando hemos perdido el pelo y perfeccionado las mañas: eso que nos hacía felices aún nos define.

Esta arqueología personal se ha socializado en algunos de los libros más originales entre las novedades de 2010: Tiempos de infancia. Argentina, fragmentos de 200 años , de Gabriela Diker y Graciela Frigerio (Santillana), compila en una galería de fotografías acompañada por micro ensayos de diversos autores, las tensiones de dos siglos de argentinidad documentadas según su impacto en la niñez; Catálogo de juguetes , de la italiana Sandra Petrignani (La Compañía), por su parte, es una poética vuelta al mundo en 65 juguetes y juegos, que rescata en todo momento –de allí su singularidad antropológica– la emoción de ser niño. “El álbum era siempre una obra incompleta. En determinado momento era abandonado para comenzar otro.

Grandes exploradores , Animales selváticos , Los 101 dálmatas , y toda la serie de las fábulas de siempre. Y después a la casa de los amigos, esperando la hora de comida, con cola y tijeras, el cambio de las repetidas.” El Diccionario de Pelegrinelli, de la A a la Z, pertenece al mismo linaje: textos que reflexionan sobre la relación entre los chicos y los productos culturales que una sociedad les destina, para leer la infancia “como memoria social y como estética”.

“Los juguetes lo han representado casi todo”, afirma la autora, por eso, “no son inocentes. La cultura los moldea, según costumbres, modos de pensar y de trabajar”.

Eso explica, por ejemplo, que el menaje infantil (baterías y utensilios de cocina) se desarrollara como solución de algunos hojalateros para aprovechar descartes de chapa (así nació en 1935 la Organización Mercantil Argentina, OMA, una marca que se registra recién en 1945, especializada, como la inolvidable Matarazzo, en juguetes de metal). O que los pioneros de la fotografía infantil, en las primeras décadas del siglo XX, incluyeran como escenografía juguetes importados (caballitos, triciclos) que tuvieron un lugar privilegiado en las imágenes asociadas a una infancia ideal, aunque difícilmente los hijos de inmigrantes que se fotografiaban endomingados junto a ellos pudieran comprarlos. O que hasta los años 50 los juegos de construcción simbolizaran el furor de la vida urbana y la confianza en el progreso, para luego “cargarse de valores educativos” y entenderse como elemento ideal para promover el “desarrollo integral” de los niños. También, que los juguetes replicaran estereotipos de distintas épocas: las muñecas negras fabricadas en la Argentina, según la tradición heredada de la Europa del siglo XIX, fueron vestidas casi por reflejo como esclavas coloniales. A partir de la década del 50, se da un giro, aunque lejos todavía de la corrección política: hay más precisión en la representación de los rasgos étnicos, pero casi todas, cuenta Pelegrinelli, visten uniforme de mucama.

La influencia de la política deja huellas indelebles en el universo de los juguetes. El estallido de la Segunda Guerra Mundial interrumpe casi totalmente la importación e incluso Marilú , la muñeca más famosa, de origen alemán “hecha a imagen y semejanza de las niñas de la alta burguesía”, comienza a ser fabricada en el país por Bebilandia. Un acontecimiento registrado por la revista Billiken, en un aviso publicitario días antes del 25 de mayo de 1940: “Envuelta en los pliegues de nuestra bandera, como un símbolo del continuo engrandecimiento de nuestra patria, la primera Marilú fabricada enteramente en Buenos Aires saluda emocionada a las niñas argentinas y a las de todos los países de América (…) Ahora sus mamitas podrán añadir al cariño que por ella sienten el orgullo de saber que Marilú representa un verdadero triunfo de nuestra industria nacional”.

Si regalar juguetes no era común antes de los años 40, a partir del peronismo se transforma en política de Estado y da un espaldarazo brutal a la industria. A los repartos masivos de la Fundación Eva Perón (de dos a tres millones de juguetes, entre Navidad y Reyes cada año, para una población infantil que en 1946 era de cuatro millones y medio de niños), se suma en 1947 la disposición oficial que obliga a todas las jugueterías del país a ofrecer durante las Fiestas, “juguetes económicos”. “El niño del peronismo es un niño que tiene derecho a jugar, a poseer juguetes y el ejercicio de ese derecho no es un asunto sólo privado sino también público”, resume la autora. Las leyendas “Obsequio para nuestros queridos descamisaditos”, “Recuerdo de Eva Perón”, “Perón cumple” y “Fundación Eva Perón” acompañaban usualmente esos regalos. Para quienes tengan tiempo y ganas, el Museo Evita (Lafinur 2988, CABA) incluye en su colección una veintena de ellos: juguetes hechos para durar, fieles al peso de sus materiales antes de que el plástico barriera con todo. Entre los trece expuestos (un balero de madera, un taxi de lata, una estufa, una muñequita negra…) se destaca un auto a pedales de 1,50 m de largo por 71 cm de largo. Esta réplica de un Austin de color blanco perteneció a la Ciudad de los Niños, situada en el barrio de Belgrano y cerrada en 1955. Más de un chico de hoy ha incluido el deseo de dar una vuelta en él en su carta a los Reyes Magos.

Algunos juguetes se enlazan desde mucho antes de su popularización a la noción de celebrity : Topo Gigio , el personaje comercializado por Rayito de sol, aparece en 1968 y se transforma en récord de ventas. “En diciembre de ese año, la revista Primera Plana –luego de haberle dedicado varias páginas entre junio y noviembre– lo declara una de las cuatro figuras del año”, apunta la entrada dedicada a la creación de la titiritera Maria Perego.

Los autos también tuvieron sus estrellas. Sólo por mencionar dos marcas: Buby (1957-1995) los hacía de metal y en miniatura con una peculiaridad: reproducían modelos fabricados o ensamblados en Argentina y coleccionarlos se transformó para muchos en obsesión. Duravit, por su parte, es sinónimo de caucho prensado: “el juguete irrompible”; “a prueba de choques… ¡y de chicos!”, apostaba el eslogan.

Y así, podríamos seguir rebobinando tesoros. Si Pelegrinelli acota sus pesquisas hasta mediados de los años 60 es porque luego la industria cambia su dinámica y se hace difícil avanzar por firmas, algo que hubiera obligado a cambiar el formato de la investigación. Se registra sí, la crisis producida por la apertura económica a partir de 1976, el afianzamiento en los años 80 de las licencias internacionales y la producción de juguetes ligados al cine y la TV, el cierre definitivo a comienzos de los años 90 de 61 firmas y un mejor panorama actual, a partir de “estrategias empresarias de competitividad basadas en el desarrollo de productos con mayor identidad nacional”.

Paradojas del siglo XXI: en medio del despliegue tecnológico, mi hijo mayor muere por jugar con bolitas de vidrio, colmo de la artesanía. “La cuna de las bolitas argentinas”, ahora sé, fue la provincia de Santa Fe, donde a mediados de los años 40 se instaló un grupo de expertos cristaleros. De esa época sobrevive Tinka, que fabrica en la actualidad 200 mil bolitas por día.

Diccionario de juguetes argentinos avanza con la fuerza visceral de ese tipo de historias que entretejen información rigurosa y humanidad de a pie y conmueven porque se alimentan de sueños que todos hemos soñado. Lo sintetiza Guy Debord en uno de los epígrafes elegidos por Peregrinelli: “Mi método será sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esta luz se mostrará y se hará suficientemente comprensible.”


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