París, esa pasión tan argentina

Bioy Casares en las Tullerías. El autor de “La invención de Morel” en una imagen de 1951

Viajar a París forma parte de la experiencia cultural argentina. Una breve historia testimonial recupera memorias, ensayos, cartas y textos de escritores y artistas, que recrean el último siglo y medio de esta tradición.

POR LILA CAIMARI en Revista Ñ

París es la calle Florida del mundo, decía César Fernández Moreno. Quien camine por el centro porteño sabe lo desactualizada que está la comparación. Pero no importa, porque los argentinos entendemos la noción de la calle Florida de la misma manera que estamos familiarizados con cierta noción de París. Todos la conocemos un poco, y algunos la han conocido de verdad. En La París de los argentinos , Jorge Fondebrider reúne un creativo centenar de relatos –memorias, ensayos, cartas y textos sueltos– de quienes en el último siglo y medio han puesto a prueba, con la experiencia, esa París “hecha en Argentina”.

El ejercicio se inicia con los pocos elegidos que pueden llegar a la ciudad-centro: hombres notables, médicos enviados para visitar hospitales, corresponsales de La Nación. Paseando por el Bois de Boulogne, alguien se cruza con la infaltable pareja de millonarios pampeanos aburriéndose en su luna de miel. A medida que avanza el siglo, el elenco se extiende a músicos de tango, farristas, artistas de vanguardia, modelos de alta costura, algún que otro snob, intelectuales, refugiados políticos, académicos, psicoanalistas.

Para los argentinos (como para todos los demás), París empieza por el descubrimiento del bienestar estético, por la euforia sensual de la simple caminata. Con desdén aristocrático, Lucio V. López rehúye las trayectorias prefijadas del Baedecker, en busca del París “de cada uno”. Su retrato de cierto idiosincrático protector de gorriones (modestos dueños de la libertad urbana que salpican la ciudad de belleza tan inmodesta) condensa su preferencia de baqueano por el espíritu rive gauche . Cada tanto, tras la armonía envolvente del paseo, salta la sombra del otro París –el suicida del Sena, los clochards , las mujeres marginales “feas como brujas”. Y la multitud, la foule . Miguel Cané visita los museos de a poco, degusta las obras lentamente: él también marca diferencia con los turistas bulímicos. Pero a la salida de esos silenciosos templos de la cultura universal, es atrapado en la protesta callejera (tan parisina como el Louvre), ese gentío que entona la marsellesa con un fanatismo que lo aturde y espanta. “Tuvimos la ocasión de saber por experiencia lo que es una apretura en el tumulto”, comenta Eduardo Wilde.

Además de la cultura y el consumo de lo exquisito, la ciudad-escaparate alberga lo extranjero y lo exótico, las bohemias del mundo entero. (Con este descubrimiento llega otro, asimilado a regañadientes: los argentinos son parte de ese mundo que pasa por París, ni más ni menos “otro” que otros que están pasando.) Allí, los grandes nombres están al alcance de la mano: “Vi a Franz Liszt”, “Me trató Pasteur”, “Rodolfo Valentino estaba en esmoquin blanco”.

Esta proximidad con el centro de mundos científicos, artísticos e intelectuales se extiende a los del país propio: Alberdi visita a San Martín, Mansilla a Alberdi, Cárcano se encuentra en el teatro con Alvear… Si hay rivalidades domésticas, se diluyen en paseos y cafés: la experiencia parisina es la madre de muchas redes que continuarán de vuelta en casa.

Todo esto prepara, claro, el gran tema del triunfo en París. “X me aplaudió”, “X me publicó”, “la galería X exhibió mi obra”… Es una virtud del libro haber escapado a lo más previsible de este ejercicio, para informarnos un poco sobre la trastienda del “dichoso triunfo en París”. Mordaz, Aníbal Ponce denuncia el “tácito complot de aplausos recíprocos y telegramas elogiosos” que construye glorias para consumo doméstico. Junto al mítico triunfo de Gardel están los que aprovechan esa fama, y se suben a la moda parisina del tango para hacer su propia carrera “argentina”.

Quienes mejor logran instalar su vida profesional reflexionan sobre los riesgos y tensiones del éxito de largo plazo. Colocar el arte propio en una ciudad “adonde hay mucho de todo y todo el tiempo” no es sencillo, dice el director y régisseur Alfredo Arias. Hay que aprender a comunicar un punto de vista diverso y a la vez genuino, y esto no es fácil cuando los años pasan y la relación con los orígenes se va debilitando.

Instalarse en París es abrir el anecdotario del desencuentro de los ritmos del acercamiento interpersonal: nada desconcierta a los informalísimos porteños como la lenta construcción de la confianza que imponen los dueños de casa. El día en que la panadera nos reserva la baguette más crocante, se ha cruzado un umbral decisivo, dice un testimonio experimentado. Horacio Butler habla de la larga relación con Mme. Pitaud, la portera de su edificio, esa concièrge tan infaltable como el pan o el camembert. Y se detiene en otro dato bien reconocible por el inmigrante en París: las inconcebibles condiciones higiénicas, los cuartuchos sin baño bajo esos circunspectos techos de pizarra.

Lo más extraordinario es la rapidez con que aceptábamos esas condiciones, observa. Es que esos rincones incómodos, que no serían siquiera considerados en el país propio, tienen las mejores ventanas, están cerca del Jardín de Luxemburgo o de algún bar bien frecuentado. Y todo habrá valido la pena.

En los años setenta, los hechizos parisinos pasan abruptamente al telón de fondo, porque lo más nítido es el drama que transcurre a miles de kilómetros. París es el rebusque y la supervivencia de los que no quieren estar en París. Las redes de ayuda incluyen “parisinos” de otras generaciones –la figura desgarbada de Cortázar aparece muchas veces prestando su nombre y su tiempo. Pero fuera de esta trama de angustia y apuntalamiento mutuo, el cruce con los compatriotas se carga de sentidos ominosos: hay que tolerar el espectáculo de los turistas de la plata dulce, protegerse de los personajes de esa siniestra embajada.

En el París del exilio reaparece la eterna cuestión de la diferencia de códigos sociales. Con una sorpresa: tras su aparente distancia, la sociedad francesa ofrece muestras conmovedoras de solidaridad. En los parisinos “antipáticos” que bloquean la intimidad instantánea se reconoce (y se aprende a apreciar) a los “que tienen un compromiso con la palabra”. La prueba más difícil la ofrece Simone de Beauvoir, que pone un reloj sobre la mesa donde se reúne con un grupo de madres de desaparecidos. En ese lapso de límites tan expresivos, las escucha sin interrupciones, y más tarde cumplirá con sus promesas de colaboración. “Formales y distantes como son, nos ayudaron mucho”, dice Norman Briski.

Por mil razones de aquí y de allá, las nuevas generaciones de “argentinos de París” se relacionan de maneras menos extremas con aquel mundo. Académicos, artistas o psicoanalistas van y vuelven en ritmos estacionales: sus trayectorias no necesitan cerrarse del todo, ni excluyen otras ciudades.

París ya no tiene el peso consagratorio de antaño, claro. Es menos fantástica porque sus brillos son menos inalcanzables. Pero como también es la ciudad de lo íntimo y lo sutil, una parte de esa atracción no se saciará nunca a golpes de escapadas. Por tradición cultural o manía identitaria, no faltarán argentinos que, con fidelidad casi anacrónica, seguirán caminándola y escribiéndola.


 

Un pensamiento en “París, esa pasión tan argentina

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