“La montonera”, por Gabriela Saidón

La periodista Gabriela Saidón acaba de publicar una edición revisada de La montonera, la biografía de la primera jefa de la guerrilla peronista. “Arrostito, como símbolo expuesto en la ESMA, es una doble construcción, de los militantes y de los militares”, arriesga la autora.

POR HECTOR PAVÓN hpavon@clarin.com

“Si la imagen hubiese sido tomada por una filmadora, habría mostrado a Norma Arrostito de espaldas, bajando del Dodge verde, subiendo luego el andén con pasos rápidos, cortos, seguros, comprando el boleto, esperando el tren. La cámara hubiese hecho alguna toma de perfil, pero esperaría para tomarla de frente, en un primer, primerísimo plano. Por ejemplo, cuando ya estuviera ocupando un asiento de un vagón, haciendo esfuerzos porno dormirse, tratando de disimular el dolor, esperando que esa noche pase de una vez por todas. Y después, ¿qué?” La pregunta es un latigazo ante el devenir trágico que se esboza en el horizonte. Y esta descripción muestra a la guerrillera terriblemente abatida después de saber que han matado a su pareja Fernando Abal Medina y a Carlos Ramus en la confitería La Rueda de William Morris.

La pregunta es de la escritora Gabriela Saidón que acaba de publicar la tercera edición, la definitiva, de La montonera (Editorial Sudamericana), la biografía de Norma Arrostito, “la primera jefa de la guerrilla peronista”. Trazó un perfil humano y militante sobre la combatiente, en el que se discute la posibilidad del mito, la leyenda y, también, la de la mujer imperfecta. A ella se refiere en esta entrevista.

¿En qué medida Norma Arrostito era representativa del lugar de la mujer en una organización armada como Montoneros?

Norma Arrostito no dejó de ser la mujer del líder. Como Evita, como Cristina, como Alicia Eguren, la mujer de John William Cooke, padre ideológico de Montoneros, en la medida en que hizo confluir marxismo y peronismo en sus razonamientos. Como la dura Amanda Peralta, militante de las FAP, esposa del líder Néstor Verdinelli. El hecho de que la actuación de Arrostito, como la de Eguren o la de Peralta, haya tenido lugar en los últimos 60 y primeros 70, es significativo: a la Argentina, entonces, el feminismo llegaba en forma de eco. Era, todavía, un movimiento de elite. Las compañeras, las camaradas, las mujeres que la peleaban al lado de los hombres, las que tomaban las armas, es decir, que eran consideradas por los hombres como iguales, no llegaban a serlo cuando de poder hablamos: así como había sido el renunciamiento de Evita, uno podría leer en serie la anécdota sobre Alicia Eguren llegando a Cuba y el Che cortejándola, es decir, teniendo esa relación, sexual, con la mujer revolucionaria, pero todavía mujer de… Norma Arrostito pensaba en la revolución, no en las reivindicaciones del feminismo.

¿Dónde y cómo se forma el pensamiento montonero, revolucionario, peronista de la Arrostito?

Ella viene del PC. Su padre era anarquista, su madre, marianista, una conjunción que tal vez no fuera extraña hacia los 40, cuando ella nace. Quiero decir: la contradicción ya es un sello de origen para la pequeña Norma. Muy joven, se casa con un militante comunista. Cuando en 1959 estalla la revolución cubana, el sueño se convierte en realidad, pero el PC es diletante: se queda en la teoría, en el análisis de las posibilidades. Norma Arrostito conoce a Fernando Abal Medina y a sus amigos, que (otra contradicción nacional), desde el catolicismo de derecha se están acercando al peronismo, y también al marxismo. Digamos que las ideologías humanistas confluyen en los 70, y Norma Arrostito es una mujer sensible e inteligente. Ve que el cambio viene por el lado de las confluencias. Y se enamora: del concepto de pueblo y de Fernando Abal Medina.

¿Cuánto le pesó ser la viuda de Fernando Abal Medina?

No puedo dejar de pensar todo en términos de contradicción. Ser la viuda del primer jefe fundador de Montoneros significó dos cosas opuestas: respeto, y al mismo tiempo, también por ser, por ese motivo, ser intocable, convertirse en descartable en términos de poder. Eso, sumado al extremo machismo que invadiría Montoneros en la segunda mitad de la década. Digamos, el sello Firmenich. Esa cosa de los muchachos gozosos posando en Cuba, dentro de sus uniformes verdes o camuflados. Ese diálogo delirante recreado en la biografía de Galimberti, en el cual los dos, Firmenich y Galimberti, se miden las astas confesándose que se habían acostado con la mujer bronce, con la “Gaby”, un dato, por otra parte, incomprobable.

¿Por qué cayó presa? ¿Fue una ingenuidad o simplemente una cuestión de tiempo?

Me pregunté, y pregunté a los que la conocieron, sobre todo a sus amigas, algo que me obsesionaba: ¿por qué? ¿Por qué Norma Arrostito, sabiendo que era presa fácil y deseada de los militares, no se había ido del país? ¿Por qué la cúpula en el exilio no se la había llevado? Creo que en parte volvemos a la anterior: como viuda del jefe, llevaba las de perder. Pero además, ella quería quedarse y seguir peleándola, algo que la volvía una persona muy comprometida con sus ideas, una marca generacional. Había luchado por algo y ella no podía abandonar: había que quedarse. Eso habla de una moral muy dura, y la moral, en los 70, era un valor de moda. Un valor de alta gama. Yo, como descendiente de judíos polacos muertos en los campos de concentración nazis, pero al mismo tiempo nieta de judíos que escaparon a tiempo, o sea, que la vieron venir, pienso que los corderos sacrificiales, en algún punto, deben sentir que esa, la muerte absurda, es su misión en la vida. Por eso recalco que no hay que olvidar la presencia de una madre marianista en la biografía de Norma Arrostito.

¿Por qué era un símbolo para la exposición dentro de la ESMA ante los ojos de los militantes secuestrados?

Será que la necesidad de símbolos en situaciones extremas es necesaria. Y ella reunía las características, por su historia y su posición en el movimiento montonero, pero sobre todo, por su condición de “bronce”, al haber sido la protagonista mujer del acto más mediático, fundacional, del grupo guerrillero. Hoy creo que Norma Arrostito, como símbolo expuesto en la ESMA, es una doble construcción, de los militares y de los militantes.

¿Cómo ha sido recordada dentro de la militancia montonera de entonces? ¿Heroína, mártir?

Heroína. Mártir. Modelo. Bronce.

¿Hubo alguna reivindicación de Norma Arrostito en la era kirchnerista?

Curiosamente, la reivindicación sigue siendo marginal, algo así como propiedad privada y símbolo de los sobrevivientes de la ESMA y allegados. No desde el poder. No desde Cristina ni desde la cuñada de Arrostito, Nilda Garré, otra mujer en el poder (es la esposa de Juan Manuel Abal Medina, el hermano de Fernando). A veces pienso que su destino fue ser raleada del poder. Ayer y hoy. Para eso, y no por eso, la demonizaron.

¿Qué significó para vos, como biógrafa, descubrir para la edición definitiva que a Arrostito le gustaba la película Melody?

Para mí fue una revelación, o un broche de oro. Fue el dato que me permitió juntar las cosas, el plano político y el afectivo, digamos. Cuando Melody se estrenó, yo tenía la edad de los protagonistas: diez años. Me enamoré perdidamente de Ornshaw, el amigo del novio, digamos, el reo, el vago. Norma Arrostito podría haber sido mi mamá, y estoy segura de que también se enamoró de Ornshaw, y se identificó con la rebeldía de un amor infantil que no entiende las injusticias del mundo adulto. Digo: Norma Arrostito tenía 30 años, Fernando Abal, 23. El no pudo haber visto la película: cuando se estrenó, estaba muerto. El siguiente novio de “Gaby” tenía 15 años menos que ella. Al margen de ese gusto por hombres menores, creo que hubo algo infantil en sus elecciones. En sus decisiones. En sus pasiones, aciertos y errores. En su gesto esa mañana de mayo frente a la casa de Aramburu. Ella, entonces, jugaba con fuego. ¿A qué chico no le gustaría hacerlo?

 

 

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