“Ojos imperiales”, por Mary Louise Pratt

En “Ojos imperiales”, reeditado ahora con un capítulo sobre autores latinoamericanos, la investigadora canadiense analiza el relato de viajes como instrumento de “colonización verbal”. El desarrollo presentado como necesidad, afirma, es un rostro actual del mismo intervencionismo.

POR GUIDO CARELLI LYNCH en Revista Ñ

Tiene una mirada fría e intensa. La lingüista e investigadora canadiense y de izquierda Mary Louise Pratt mira fijo a su interlocutor cuando habla en un hotel céntrico de Buenos Aires, adonde vino a presentar la reedición de su ensayo Ojos imperiales (FCE). Así lucen los suyos, altivos. Es dificíl mirarlos fijamente. Es difícil su libro. Es denso.

Habla con demasiada seguridad cuando opina sobre el momento que atraviesa América Latina. Y es optimista. No precisa matices entre Hugo Chávez, Evo Morales, Lula, Rousseff, Piñera o Cristina Fernández de Kirchner.

Cuando tenía 20 años viajó por tierra desde California hasta la Argentina. Nunca más pudo olvidar la postergación de la región. En su libro de casi quinientas páginas, que desde que fue editado por la Universidad de Quilmes hace ya 10 años circula impunemente en las universidades de antropología y sociología de América Latina, Pratt intenta decodificar cómo la visión imperial es la que construyó, aun disfrazada, América, también para los americanos. “En la primera etapa del imperialismo europeo –la de los españoles en América– esa conquista se narra como conquista”, explica la autora que desmenuzó cientos de textos y crónicas de viajes de esa época. “En esos relatos –prosigue en la comodidad de un hotel céntrico– se narra cómo llegamos y derrocamos a los aztecas. La idea de conquista está en primera plana y es el principio de la narrativa”.

-¿Hasta que comenzó la anticonquista?
-Claro. A partir del siglo XVIII hay una nueva etapa de expansionismo europeo, pero no se narra como una conquista, sino como una exploración científica o como trama sentimental. Entonces mi argumento justamente es que una de las características de esa segunda fase de expansionismo europeo, que en América Latina llegó después de la independencia, se narra como una anticonquista. Es como si dijeran: “nosotros no estamos aquí para derrocar a nadie, estamos aquí para ver las plantas, para coleccionar muestras, etcétera”. Entonces es una anticonquista en el sentido de que el sujeto no asume el papel de dominio, pero el dominio sale por medio del discurso.

-Y los jesuitas, ¿a qué etapa pertenecen? ¿A la conquista o a la anticonquista?

-Es una pregunta interesante, podría ser otro capítulo del libro. Los jesuitas primero se excusaron a mediados del siglo XVIII justamente porque su proyecto ya no cabía. En algún momento el proyecto de los jesuitas, que era un proyecto de conversión religiosa, se convirtió en un proyecto de experimentalismo social: querían crear algo nuevo, formaciones sociales distintas. Es difícil decir a qué fase pertenecen, porque la conversión religiosa es parte de la conquista original. Ellos sí estuvieron y fueron parte de la conquista original, pero el desarrollo del proyecto de los jesuitas también se convirtió en una anticonquista, porque era benevolente, un gesto alternativo.

Para su investigación, Pratt se propuso rastrear el papel que tenía el expansionismo europeo en la construcción de los saberes del resto del mundo. “En ese sentido el europeo participa en lo que yo llamo la descolonización de los saberes”, advierte cuando se refiere a la necesidad de ubicar la elaboración de las ciencias naturales en el siglo XVIII como una nueva fase imperial, en la que los países del norte de Europa buscaban fuentes de materias primas y nuevos mercados en los interiores continentales de Africa y Sudamérica.

-¿Usted estudia la conciencia europea o la latinoamericana?
-En principio, quería abrir la cuestión de la neutralidad de las ciencias naturales para ubicar esa elaboración en el siglo XVIII para juntarlo o conjugarlo con la creación del expansionismo europeo y la creación de un sujeto europeo que se consideraba planetario. Desde Europa se podía pensar el mundo entero: ese nuevo sujeto doméstico del imperio era el proceso de transformación de la conciencia europea que yo quería estudiar.

-¿A qué se refiere cuando habla de “zonas de contacto”?

-La idea de la zona de contacto sirve para ubicar la investigación –no en Europa– sino en el lugar de contacto. Es la posibilidad de pensar desde Africa, pensar desde el lugar hacia donde los europeos llegaban, a las zonas de contacto. Sirve para darle un papel central a las relaciones que se establecían en los lugares de llegada de los europeos, las interacciones con las personas, los pueblos que estaban allí, con la naturaleza. Ese concepto sirve para rastrear el momento en el que los europeos armaban sus discursos de lo que veían y experimentaban allí. La idea de la zona de contacto era cambiar el lugar desde donde se pensaba. Es un término que a mí me sorprendió. Ha tenido una vida muy animada, es un concepto que confunde mucha gente. Eso pasa cuando se desplaza el centro del conocimiento.

-Su investigación es un recorrido por la descolonización del saber. ¿En qué medida esa intención choca con la realidad de cómo se enseñan los saberes en sociedades con presencia de inmigrantes, donde ya existe una confusión de base?

-Parte del proceso de descolonización de los saberes, es darse cuenta del colonialismo de los saberes. Ese es un poco el esfuerzo en el cual este libro participa. Ahora yo trabajo con mucha más comodidad con el término imperialismo e imperio, que con colonialismo, porque justamente en las Américas a partir de 1820 ya no había colonias, pero sí neocolonialismo que es una forma de mutación de imperios. En el libro, yo quería señalar la heterogeneidad de los saberes que están disponibles en las Américas, y el desajuste de los saberes europeos cuando llegan a otro sitio. Vivimos en un predicamento regido por normas que uno no puede cumplir, pero de las cuales uno no puede escapar. Eso es lo que intento abarcar con el libro: el predicamento neocolonial se experimenta en todas las Américas, incluyendo Estados Unidos. Para cambiar, tenemos que ver cómo negociamos con nuestra historia de colonización y de ex colonias, y cómo nos enfrentamos con la problemática de ser ex colonias y construir futuros que tienen que ser distintos de los futuros de los países colonizadores.

-Usted se vale de las crónicas de viajes para analizar estos procesos. ¿Hay una mirada posible de género entre cronistas hombres y mujeres? ¿En qué varían los casos que analiza?
-Justamente en el siglo XIX había una serie importante de viajeras a América Latina, y una de las cosas que encontré estudiándolas es que –a diferencia de los hombres que tendían a concentrarse mucho en la naturaleza o en las oportunidades comerciales– fueron las mujeres las que se concentraron en la política. Ese hallazgo fue algo inesperado y muy interesante. Para todos los viajeros viajar era ejercer cierta libertad, pero para muchas mujeres era conquistar cierta libertad. La libertad de movimiento para las mujeres muchas veces tiene otra carga de sentido, de emancipación. Como el caso de Flora Tristan –sobre quien Vargas Llosa escribió un libro, pero que hasta 1992 era desconocida–. Ella viajaba para reclamar una herencia en el Perú. Entonces sí podemos decir que las mujeres ejercen la autoría de la literatura de viajes con una relación diferente, con las convicciones del género. Eso me parece muy interesante.

-¿Por qué analiza parte de la literatura de Horacio Quiroga?

-Lo que me fascina de Quiroga es su proyecto literario. Creo que todavía hoy es poco comprendido. El tiene muchos escritos que no se estudian, su literatura infantil es muy interesante, muy experimental, creo que lo conocemos relativamente poco. Los desterrados (1926) me fascina por su reciclaje, porque ironiza los discursos de viaje europeos. Esos científicos europeos llegan ahí a la deriva como hombres gastados, alcoholizados, fracasados, y ahí terminan dando vuelta en la selva. Es una puesta irónica de todo el proyecto expansionista y totalizante del imaginario planetario desde Europa. Es un ejemplo de una intervención muy genial desde la literatura en el imaginario imperial para diagnosticar el predicamento neocolonial y desmitificar el monopolio europeo sobre los saberes. Esa es mi lectura de Los desterrados. El caso de Gabriela Mistral, que también analizo, es parecido.

-¿Qué mitos construidos con los ojos imperiales todavía subsisten?

-Sigue vigente la idea de que los espacios no desarrollados son espacios que necesitan ser desarrollados. Ocurre en el momento en el que hay una nueva etapa de invasiones a lugares naturales para traer la industria de la minería y de la madera. Existe un nuevo intervencionismo, que supone que la industrialización y el comercio no son derechos sino necesidades: si hay un bosque que no ha sido aprovechado, pues hay que aprovecharlo. Es una cosa que no ha llegado a su pleno modo de ser, esa es una idea que todavía es un motor que naturaliza la explotación del planeta, una máquina al fin y al cabo suicida para la especie.

-¿Qué ejemplos de políticas públicas para descolonizar el saber existen?

-En el Perú hace un año y medio el periódico El Correo publicó en primera plana los apuntes con errores ortográficos y expresiones andinas tomados por la congresista indígena Hilaria Supá, que igual que Evo Morales es una autodidacta sin educación formal. El diario cuestionaba cómo podían pagarle veinte mil soles al mes a una persona sin formación. Ese es un discurso de la barbarie, un reciclaje totalmente anacrónico. Algunos lingüistas peruanos salieron en defensa de Hilaria Supá afirmando que por fin el español andino se hablaba en el congreso peruano. Supá, por su parte, se levantó en el Congreso y dio un discurso en quechua condenando a sus críticos, diciendo que no hablaba una lengua de perros, y que –por el contrario– habla una lengua milenaria y muy distinguida. Sólo la entendieron los congresistas bilingües y ella dijo que desde entonces sólo hablaría en quechua. Ahí hay un acto de descolonización del cual participó mucha gente. Después, el comité de disciplina del congreso la citó por no haber hablado español en el Congreso y se planteó un debate sobre si el quechua va a tener estatus legal en el congreso. Es un ejemplo.

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