EUDEBA, un puente hacia la sociedad

Fundada en 1958, Eudeba se convirtió en los años siguientes en el sello insignia de un original proyecto de popularización del libro a través de ediciones de excelente calidad y bajo costo que contribuyeron a la emergencia de un nuevo público lector; el Centro Cultural Rojas, creado en 1985, llevó la experimentación estética a un espacio abierto por la universidad.

en Diario La Nación

Ultimamente se vieron los afiches que anuncian la “Serie de los Dos Siglos”, que Eudeba ha comenzado a publicar, retomando, en una suerte de continuidad simbólica y real, la “Serie del Siglo y Medio” de 1960. Aquellos libritos, que entonces se vendían en paquetes de cuatro, fueron mi primera biblioteca argentina. No sólo por ellos, la editorial de la UBA es un capítulo decisivo de mi vida.

Lo ignoraba cuando, en los primeros años de la década del sesenta, vi un cartelito pegado en la pared de la que era todavía la Facultad de Filosofía y Letras y hoy es la sede del rectorado de la Universidad. Eudeba andaba buscando un estudiante, sin experiencia previa. Yo, que tenía malos empleos y era estudiante, calificaba para el puesto.

Después de un par de entrevistas, me recibió Boris Spivacow, el gerente, en las oficinas de la calle Florida, dentro de la gran pecera ortogonal, un avistadero de los veinte escritorios donde trabajaban editores, diagramadores, técnicos y un mítico catalán, de tamaño rabelaisiano, que regenteaba a los correctores de pruebas. Spivacow preguntó algunas pocas cosas. La primera, qué significaba Eudeba para mí. Le dije la verdad: cuando había comprado el primer “Cuaderno” de Eudeba, sobre la crítica literaria francesa, me había sentido orgullosa de que mi universidad hiciera libros tan lindos como los de las editoriales “normales” (hay que recordar que, en aquella época, las ediciones universitarias tenían un aspecto arcaico y polvoriento). Los diseños de Eudeba, como su logotipo del artista gráfico Oscar Díaz, eran modernos y originales. Usaba libros de Eudeba para estudiar y, por supuesto, había comprado la edición del Martín Fierro , ilustrada por Castagnino, en los kioscos callejeros de Eudeba, frente a los que, créase o no, se hacía cola para conseguir ese libro y los paquetitos de la “Serie del Siglo y Medio”.

Spivacow me preguntó también si tenía alguna persuasión política. Yo sabía que él era un miembro destacado del reformismo universitario laico y de izquierda. Me jugué y le dije que simpatizaba con el peronismo y el cristianismo posconciliar. Por supuesto, no le cambió la mirada, una de las miradas más inteligentes que he conocido, ojos azules astutos y veraces.

Dos días después, empecé en Eudeba como secretaria de Aníbal Ford. Nunca tuve escritorio propio. Nos empujábamos para entrar en un cuartito donde Horacio Achával dirigía varias colecciones; junto a él trabajaba Susana Zanetti. Achával, de una simpatía tan arrolladora como su cultura literaria, ha sido uno de los grandes editores argentinos; la “Serie del Siglo y Medio” fue sólo una de las muchas invenciones a dúo que se cocinaban en el recinto vidriado ocupado por Spivacow.

En ese cuartito, donde yo trabajaba apoyando papeles y carpetas sobre mis rodillas, transcurrió mi definitivo ingreso en la literatura moderna europea y latinoamericana. Achával, Ford y Susana Zanetti se dieron cuenta, de inmediato, de que mi formación tenía más huecos que sustancia. Todos los días, sin tregua, me tiraban títulos y autores por la cabeza. Al mismo tiempo, empecé a comprar libros de Eudeba con descuento, poseída por un frenesí que no había podido mitigar, por falta de dinero, hasta ese momento.

A esa oficina llegaban personajes que nunca había imaginado tener cerca. José Bianco, que dirigía la colección ilustrada “Genio y figura”; el fundador de la historia de la ciencia en la Argentina, José Babini; Vargas Llosa, Carlos Mastronardi, que fue publicado en la última colección de Eudeba, “Los contemporáneos”, antes del golpe de estado de 1966. Gregorio Selser, el periodista de las grandes denuncias antinorteamericanas y biógrafo de Sandino, pasaba a mediodía, cargando, como si fuera un canillita, decenas de diarios. Traía las últimas noticias del Imperio.

Spivacow sabía que una parte de nuestro tiempo estaba dedicada a estas conversaciones. Sabía también que esas eran las condiciones ideales para el trabajo que hacíamos. Eudeba necesitaba empleados identificados con lo que Spivacow y la UBA consideraban un puente entre la universidad, la cultura y la sociedad argentinas. Rectores que provenían del movimiento humanista (que, en aquellos años, estaban enfrentados con la línea reformista que dirigía la editorial) no tocaron nunca a Eudeba. Pero en 1966, cuando el golpe de Estado de Onganía intervino la universidad, Spivacow renunció y muchos de nosotros lo seguimos. Para los que renunciamos comenzaba la etapa del Centro Editor de América Latina, la otra plataforma cultural dirigida por Spivacow hasta su muerte. Soy lo que soy porque pasé por esas oficinas, tuve esos compañeros y respondí a ese jefe. A alguien que cursaba con cierta displicencia y desgano la carrera de Letras no podía tocarle un lugar más dinámico, menos envenenado por la competencia, más desafiante en términos intelectuales.

Eudeba fue una insignia muy visible del proyecto universitario inaugurado después de la caída de Perón. Fundada en 1958, cuando era rector de la UBA Risieri Frondizi, en tres años publicó más de 150 títulos, centenares de miles de ejemplares y sucesivas reediciones. La editorial se convirtió en protagonista de un capítulo de la industria del libro en la Argentina. Contribuyó centralmente a la emergencia de un nuevo público lector, sujeto de la modernización cultural de los años sesenta.

Las editoriales del mercado vieron que se repetía así, por segunda vez en su historia, un hecho de similar naturaleza. La educación estatal y gratuita alfabetizó a los consumidores de diarios y de libros en el primer tercio del siglo XX; le dio un público al mercado. Por sobre las divisiones ideológicas, la universidad aceptó la afiebrada originalidad y el talento de Spivacow para convertir a Eudeba en un centro ultramoderno de edición y distribución de libros baratos, de bolsillo, que prepararon el mundo editorial para las novedades de los años siguientes.

Algo similar podría emblematizarse con el pasaje de las “Gambas al ajillo” del Parakultural al Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA en los años ochenta, o con la llegada allí de Vivi Tellas, para poner otro nombre-síntesis. Lo que había nacido en un underground, de la noche a la mañana, comenzó a mostrarse en una institución formal.

El Rojas fue original porque llevó la experimentación estética a una escena abierta por la universidad. En la UBA, hasta ese momento, la innovación siempre había caído del lado de la cultura científica y, después de 1957, de las ciencias sociales. Con el Rojas, por primera vez, eligió un camino de punta, juvenil y vanguardista. El Rojas habría podido tener destinos más convencionales: teatro de repertorio, grandes salas para artistas ya establecidos, conferencias más académicas que exploratorias.

La invención del Rojas fue colectiva, pero hay que mencionar a Leopoldo Sosa Pujato, nombrado durante la gestión de Shuberoff por el secretario de Extensión de la UBA, Lucas Luchilo. Ambos, muy jóvenes, llegaban de la carrera de historia. Todos coinciden en la tarea silenciosa, constructiva y original de Sosa Pujato; todos lamentamos su muerte. Era jovial y silencioso, sabía navegar el caos del Rojas. Después, en esa ruta, siguió Darío Lopérfido. Muchas de las innovaciones que el radicalismo llevó a la ciudad de Buenos Aires durante su gestión salieron del Rojas.

El Rojas contribuyó a producir el nuevo teatro off. No digo que, sin el Rojas, nada habría sucedido. Simplemente señalo la condensación de experiencias en las que participaron casi todos, y muchos dirigieron por primera vez. El Rojas vive en el off actual de las decenas de teatros de Abasto, Palermo, Almagro y más allá. En los años ochenta, a excepción casi solitaria de unos pocos como Alberto Ure o Griselda Gambaro, del recuerdo de Porca miseria con Lorenzo Quinteros, Tina Serrano y Rubén Szuchmacher en el Payró de Jaime Kogan, el teatro argentino se inclinaba hacia un realismo con toques expresionistas o costumbristas.

En ese clima, el Rojas fue literalmente el descalabro. En salitas que no estaban preparadas para teatro, usando muebles como límite de escena, transcurría la innovación. Probablemente los escritores e intelectuales habrían podido dar sus ciclos en alguna otra parte (todos hubieran ido a escuchar a Aira sobre Copi o Pizarnik a lugares más lejanos), pero con el teatro y la performance las cosas son diferentes. La sede del Rojas fue un taller de varios pisos, caótico y mal preparado en un comienzo, pero dispuesto para que todo se multiplicara según una pauta regida por el entrópico principio de la proliferación.

Las lecturas de poesía consolidaron en el Rojas esa costumbre de la tribu que hoy ocupa decenas de espacios porteños. Y, después de la innovación y de la experimentación, en un sentido más democrático que vanguardista, se abrieron los talleres y cursos para gente de cincuenta y sesenta que llegó a cortar la calle Corrientes con un reclamo de más aulas. Eran los protagonistas de la extensión cultural, que se tropezaban con el arte exhibido en las paredes y los pisos del Rojas. Hoy, la sala de exposiciones funciona, más tranquila, pared y arcada por medio. Y también pared por medio, en lo que fue el Cosmos, el Rojas abrió su cine.

No siempre tengo una visión reconciliada con la universidad donde me gradué. Pero Eudeba y el Rojas muestran que las dictaduras no pudieron destruir la editorial y que la democracia inventó un lugar horizontal donde las estéticas se superponen y los públicos se mezclan. Continuidad e innovación a pesar de los dos siglos o a causa de ellos.

MENTES BRILLANTES

Más allá de su crisis recurrente, es cierto que la UBA tiene muchos motivos para celebrar estos 190 años. Si no alcanzaran sus logros científicos, su vocación inclusiva, su servicio a la comunidad, el puente tendido entre las aulas, la cultura y la sociedad, algunos galardones formales no dejan lugar a dudas. En especial, claro, sus cinco Premios Nobel: Carlos Saavedra Lamas, profesor de la Facultad de Derecho, Premio Nobel de la Paz (1936); Bernardo Houssay, profesor de la Facultad de Medicina, Premio Nobel de Fisiología (1947); Luis Federico Leloir, profesor de la Facultad de Medicina, Premio Nobel de Química (1970); Adolfo Pérez Esquivel, ex alumno de la Universidad de Buenos Aires, Premio Nobel de la Paz (1980), y César Milstein, ex profesor de la Facultad de Medicina, Premio Nobel de Medicina (1984).

Otros nombres fundamentales de la ciencia, la cultura y el pensamiento también ayudaron a darle a la UBA prestigio nacional e internacional como Cecilia Grierson, Gino Germani, Félix Luna, José Luis Romero, Gregorio Klimovsky, Noé Jitrik, Manuel Sadosky, Alberto Prebisch, Juan Manuel Borthagaray, Oscar Steimberg y Torcuato Di Tella, entre muchísimos..

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