El hombre ante la muerte, Philippe Ariès

La física de la muerte –los ritos, el lecho del enfermo, la medicalización del fin– y sus cambios a lo largo del tiempo protagonizan este clásico de Philippe Ariès, ahora reeditado.

POR SANTIAGO BARDOTTI en Revista Ñ

Peter Burke en su libro La revolución historiográfica francesa. La escuela de Annales: 1929-1989 dice que fue un hombre de la generación del gran Fernand Braudel, la generación que desarrolló y complejizó el trabajo pionero de Lucien Febvre y Marc Bloch, quien llamó la atención pública otra vez hacia la historia de las mentalidades; un historiador aficionado, historien de dimanche como él mismo se caracterizaba; un historiador que trabajaba en un instituto de frutas tropicales y dedicaba sus ratos de ocio a la investigación histórica. Formado como demógrafo histórico llegó a rechazar el método cuantitativo (así como rechazó otros aspectos del moderno mundo industrial y burocrático); su interés se enderezó hacia la relación que hay entre naturaleza y cultura; hacia las maneras en que una determinada cultura concibe y experimenta fenómenos naturales tales como la muerte y la niñez. Se trata de un tal Philippe Ariès, de quien acaba de reeditarse El hombre ante la muerte, aparecido por primera vez en francés en 1977.

En su estudio sobre familias y escuelas del antiguo régimen aparecido en 1960 sostenía que la idea de la niñez o más exactamente el sentido de la infancia no existía en la Edad Media. El grupo de edad que nosotros llamamos los niños era más o menos considerado como si sus miembros fueran animales hasta cumplir los siete años y más o menos como adultos en miniatura posteriormente. Según Ariès, la niñez fue descubierta en Francia aproximadamente en el siglo XVII.

Las afinidades electivas con ese otro historiador no profesional, Michel Foucault, están a la vista. De hecho fue el mismo Ariès quien intercedió en la editorial Plon para que el ignoto Foucault publicara su tesis de doctorado: Historia de la locura en la época clásica; fue el mismo Foucault a su vez quien poco antes de su propia muerte escribiera una nota necrológica sobre la muerte de Ariès en febrero de 1984. Aparecida posteriormente en Dichos y escritos se titula “El cuidado de la Verdad”. Dice de Foucault –y recordemos que ninguna palabra de un filósofo se dice en vano– que Ariès era un hombre al que habría sido muy difícil no querer; era un hombre de elegancia; elegancia intelectual y moral. Dice Foucault que las malas lenguas pensaban que ejercía un trabajo pesado y que vivía ansioso por ser reconocido por la institución académica. Sin embargo fue su actividad profesional la que lo convirtió en el historiador que fue; durante treinta años ejerció un trabajo que lo apasionaba y que lo puso en una de las entrecrucijadas de la modernidad: se ocupó del desarrollo agrícola en los países que fueron colonia en otro tiempo; organizó un centro de documentación y fue uno de los primeros en aplicar la revolución informática. Continúa Foucault; acercándolo paso a paso a sus propias preocupaciones; que Ariès mismo empleó el término “Historia de las Mentalidades” pero que basta leer sus libros para saber que se trata más bien de una “Historia de las Prácticas”; aquellas que han creado tanto hábitos humildes y obstinados como aquellas que han creado un arte suntuoso. Dice Foucault: “El ha fundado el principio de una ‘estilística de la existencia’; quiero decir, un estudio de las formas por las cuales el hombre se manifiesta; se inventa; se olvida o se niega en la fatalidad de ser viviente y mortal”.

Es una gran sorpresa encontrar el papel poco preponderante que la imaginación sobre el más allá tiene en nuestra manera de ver la muerte; Ariès encuentra que la muerte es mucho más que un rito de pasaje hacia otro mundo, es, retomando una hipótesis del filósofo y sociólogo Edgar Morin, toda una manera de fijar la propia individualidad, de tener una relación con la naturaleza y formar parte en la economía de este mundo. Lo que para Ariès es determinante no es la metafísica del más allá de la muerte; es más bien la física de la muerte misma, es más bien la manera, siguiendo las grandes estrategias que señala a lo largo de los siglos, de haber sido primero domesticada en los ritos colectivos, después relacionada al salvajismo amenazante de la naturaleza, luego conjugada en las relaciones de amor o afección familiar –esa revolución del sentimiento en que el miedo a la muerte es desviado de uno mismo hacia el ser amado– y finalmente medicalizada, escondida y vuelta solitaria.

La pionera obra de Ariès sobre la niñez fue bastante criticada; incluso para muchos con el tiempo se mostró errónea en sus generalizaciones y tesis fundamentales. Así y todo colocó a la infancia en el mapa histórico como un problema, inspiró centenares de estudios sobre la niñez en diferentes regiones y períodos y llamó la atención de psicólogos y pediatras sobre la nueva historia. Su historia de la actitud del hombre frente a la muerte ha corrido incluso mejor suerte.

Para Emmanuel Le Roy Ladurie por ejemplo –y entre pares historiadores– si la obra de Pierre Riché y sus alumnos muestra que el infante medieval ocupaba en realidad un lugar esencial en el cuadro de la afectividad lo mismo que en las prácticas de la sociedad cristiana, va de sí, que no se puede juzgar a Ariès porque ciertas tesis se hayan mostrado inconsistentes con los años. Sus obras sobre el tiempo y la muerte permanecen como clásicos de género y de la mejor especie; “son obras que permiten medir la talla de este gran espíritu, a veces equivocado, pero extraordinariamente ingenioso y sutil, con más que frecuentes estallidos donde se revela el genio”.

Dice Ariès que hacia el siglo XIII podemos constatar la aparición de una mentalidad nueva. Las acciones de cada hombre ya no se pierden en el espacio ilimitado de la trascendencia, ni tampoco, hablando de forma distinta, en el destino colectivo de la especie. Esta idea nueva es la vida como una biografía; idea heredera de una concepción judicial del mundo donde cada momento de la vida será pesado en una audiencia solemne al final de los días; fruto también del nuevo espíritu contable de los hombres de negocios. Las acciones cotidianas se contabilizan desde entonces, buenas y malas, como se contabilizan mercancías. Es un momento inédito en la historia cuando la idea de la resurrección cristiana se separa del gran drama cósmico y se sitúa en el destino personal de cada hombre.

Lo esencial pasa a ser la certeza de la propia resurrección, último acto de su vida, de una vida que le obsesionaba hasta el punto de volverle indiferente el devenir de la creación. El drama ha dejado los espacios del más allá. Se ha aproximado y se representa ahora en la habitación misma del enfermo, alrededor del lecho; lugar inmemorial de la muerte. Lo siguió siendo hasta que dejó de serlo, lecho, símbolo del amor y del descanso, para convertirse hoy en ese material tecnológico de hospital, reservado a los enfermos graves. El afán de la inmortalidad no ha cambiado, la “inveterada negativa a asimilar el fin del ser con la disolución física” prosigue incólume pero una nueva individualidad nace en el cambio de actitud frente a la muerte. El comienzo de un largo camino que va desde la “individualización” y “subjetivación” de las acciones a la obsesión narcisista por el cultivo del ego persistente aún en nuestros días.

El sentimiento de la presencia de la muerte en la vida generó, según Ariès, la respuesta paradójica y vital de una voluntad absoluta de imponer la vida como valor autónomo; cima alcanzada en el Renacimiento y jamás lograda luego con tal intensidad. Un sentido nuevo del tiempo y del valor del cuerpo como organismo viviente. En lugar de un paso transcurrido rápidamente, la vida aparece como un período siempre válido y suficiente para construir la propia salvación.

Avatares del hombre frente a la muerte; la que todo termina o la muerte, la que todo significa.

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