“Historia política del pantalón”, por Christine Bard

Sobre el valor simbólico de la ropa que eligimos según el libro “Historia politica del pantalón” de Christine Bard… 

POR RAQUEL GARZÓN en Revista Ñ

Mi hija muere por los vestidos. Tiene tres años y ya se perfila infartantemente coqueta: ensaya mohínes ante el espejo y la he visto practicar el efecto que causan lágrimas y medias sonrisas, con una expertise que envidiarían las quinceañeras. Su afición por el broderie y los volados ha saltado una generación –de mi madre a ella– ignorándome. Anticipo que mi placar cumplirá decepcionándola, cuando su adolescencia reniegue de mis gestos: para mí la sensualidad puede acampar sin culpa en un buen par de jeans (tiro alto, de esos que aún valoran el esfuerzo que hacemos por conservar la cintura, mal que le pese a la moda). En Historia política del pantalón (Tusquets), Christine Bard analiza las tres funciones reconocidas a todas las prendas –el atuendo, el pudor y la protección–, añadiéndole una cuarta dimensión que interactúa con las anteriores: el valor simbólico. “El pantalón es el marcador del sexo/género más importante para la historia occidental de los últimos dos siglos”, sostiene la académica francesa. Nació revolucionario en 1789 (antes de eso los varones usaban “calzones” que llegaban hasta la rodilla) y fue por largo tiempo emblema de virilidad, prohibido a las damas. “La conquista del símbolo por parte de las mujeres sólo puede expresar el deseo de igualdad de los sexos”, aunque en el ámbito individual quepa leerlo también como “la elección de una prenda práctica”. Bard analiza el proceso que nos trajo de entonces a ahora, pasando por los sentidos del travestismo en diversas épocas, el imperio del unisex hacia fines de los 60 del siglo XX y el presente de organizaciones como Men in Skirts, que defiende el derecho de ellos a colgar los pantalones. El traje es una expresión de identidad, algo que Catalina sabe cuando prefiere pasar frío a deslucir el suyo con un abrigo. Vestirse es un modo de elegirse, con la revolución que eso siempre implica. Entre su estilo y el mío hay encuentro y una deliciosa complicidad: acepta vaqueros con dibujos y bordados (“rosa, mami”) y por nada del mundo salimos a la calle sin perfume.

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