CRIMEA. LA PRIMERA GRAN GUERRA. Orlando Figes

El inglés Orlando Figes sondea en Crimea las razones que llevaron al enfrentamiento del imperio zarista con otras potencias de la época, conflicto que Tolstoi pintó con maestría.

Por Julio Orione  | Para LA NACION

El formidable estilo narrativo del historiador inglés Orlando Figes se suma en esta obra (subtitulada The Last Crusade en la edición original) a un manejo de fuentes nunca abordadas hasta ahora sobre una guerra generalmente poco conocida, excepto por algunos de sus acontecimientos más difundidos, como la famosa “carga de la Brigada Ligera”. Figes, dedicado a la historia rusa y que acaba de publicar una novela sobre el gulag, brinda con Crimea. La primera gran guerra una mirada abarcadora de lo que fue ese enfrentamiento del imperio zarista con Inglaterra, Francia, el Imperio otomano y el reino de Piamonte Cerdeña, y revela los motivos por los cuales se desencadenó esa conflagración a mediados del siglo XIX.

Motivos varios, pues los impulsos nacionalistas y las rivalidades imperiales se combinaron con los religiosos. Turquía trataba de defender un imperio que se desmoronaba en la parte europea y al mismo tiempo de evitar que los islamistas se hicieran del poder. Los británicos utilizaron la excusa de defender a Turquía para esconder su rivalidad con los rusos. Por su parte, Napoleón III vio la guerra como la oportunidad para que Francia recuperase su lugar en el mapa imperial europeo. Asimismo -sostiene Figes-, así como para el zar ésta era una cruzada contra la fe musulmana, para Francia e Inglaterra era una cruzada europea en defensa de la amenaza primitiva y despótica de Rusia.

Con energía, el historiador destaca que quienes vieron en la guerra de Crimea una mera conflagración originada en la disputa que estalló entre católicos y griegos ortodoxos por el control de la iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén y la iglesia de la Natividad en Belén perdieron de vista que allí se jugaba mucho más: Rusia fue a la guerra como si fuera una cruzada. Fue la primera guerra en la que se utilizaron medios tecnológicos nuevos: se usó ampliamente el telégrafo, se la fotografió en los diversos campos de batalla y fue reflejada en los diarios como lo serían las guerras siguientes. Al mismo tiempo, se la podría considerar una guerra antigua, tradicional, con soldados iletrados, oficiales no profesionales y tremendas bajas causadas por enfermedades. Figes no deja de lado ningún detalle de todos estos aspectos y, más aún, trabajó con fuentes directas de todos los campos implicados en ella.

El autor despliega un gran fresco de los motivos que generaron el conflicto en Crimea. En primer lugar aborda el tema de las guerras religiosas, pues, a diferencia de otros historiadores, define como tal este enfrentamiento. Las denominadas cuestiones orientales y la amenaza rusa siguen en orden hasta desencadenar el fin de la paz en Europa, objeto del cuarto capítulo.

Rusia estaba desde varios siglos antes alarmada por el crecimiento del poderío musulmán en sus fronteras meridionales, en parte por el rápido aumento de la población musulmana, “debido al alto índice de natalidad y en parte por la conversión al islam de las tribus nómadas”. Figes describe los motivos internos que llevaron al Imperio otomano a declarar una “guerra falsa”, que puso sobre alerta a los demás países interesados en la región.

A partir de entonces se desencadenó la guerra verdadera, en la que los turcos tuvieron el primer triunfo sobre Rusia. Figes cita en distintas oportunidades a León Tolstoi, quien participó de la guerra en tres escenarios distintos, en particular Sebastopol, ciudad que estaba estrechamente unida a la base naval rusa. Sitiada por los franceses, Sebastopol debió soportar no sólo el asedio enemigo sino también el tremendo invierno de 1854-1855, que cayó con toda su furia sobre los ejércitos en pugna.

El historiador inglés abunda en descripciones detalladas de acciones bélicas. Pero además se introduce con maestría en los avatares políticos que sostuvieron diversas decisiones estratégicas. Asimismo, señala con agudeza los déficits de la preparación militar rusa comparada con los ejércitos enemigos: los rusos se atenían férreamente a los manuales militares, que envejecían con rapidez ante el avance tecnológico y las tácticas empleadas en el enfrentamiento.

Esto iba de la mano, según Figes, con la ineficacia del anticuado armamento de las formaciones rusas, basado en el uso de mosquetes y bayonetas, que empalidecía frente al equipamiento bélico de los ejércitos del otro bando. Las condiciones de salud del ejército zarista también son puestas de relieve: no sólo las enfermedades hacían estragos entre los soldados, a ello se sumaban los castigos consuetudinarios por parte de los oficiales a los soldados siervos.

El autor dedica un capítulo a “los generales enero y febrero”, que hicieron destrozos y llevaron a las tropas británicas, muy mal alimentadas y equipadas para enfrentar las inclemencias del tiempo, a anhelar la paz. Sobre estos aspectos reproduce documentos reveladores: cartas de oficiales y soldados que ponían de relieve ese malestar. También dedica parte de ese capítulo a analizar las condiciones sanitarias de ambos bandos, y cita un relato de Tolstoi, titulado “Sebastopol en diciembre”, que destaca con suma crudeza la situación de los heridos en los hospitales de campaña rusos.

Figes señala que, antes de la Primera Guerra Mundial, la de Crimea produjo una inmensa pérdida de vidas humanas: en el caso del ejército ruso sumaron dos tercios del total de bajas (ese total se calcula en ochocientos mil hombres, sin contar las bajas civiles), y alrededor de cien mil soldados franceses (sobre un total de trescientos mil) perecieron en la contienda.

La obra incluye una serie de mapas, un cuadernillo de fotografías y caricaturas de la época, un amplio cuerpo de notas y una profusa bibliografía.

CRIMEA. LA PRIMERA GRAN GUERRA

Orlando Figes
Edhasa
Trad.: Mirta Rosenberg
768 páginas

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