Nuevas lecturas de los años 70

Las organizaciones armadas, la dictadura militar, Perón, una autocrítica de las armas y “la teoría de los dos demonios” aparecen en libros flamantes y polémicos.

POR ISIDORO GILBERT en Revista Ñ

Los 70 son tiempos de violencia pero también de años revulsivos en la generación joven no solo atraídas por los milicianos y sobre todo por Juan Domingo Perón, sino también por otras identidades de centro-izquierda e izquierda que otorgaron a la primera parte de la década un sesgo etario original, pero donde se instalaron los huevos de la serpiente de lo que vendría más tarde: el terror sistemático y el proyecto de reformulación del país según los intereses de algunos grupos financieros y económicos.

Son años que llegan hasta hoy, sea por las noticias tribunalicias contándonos sobre juicios y condenas, sea por los innumerables estudios académicos, testimoniales y otros o por las permanentes ediciones de trabajos investigativos, memorias o incluso desgarradoras autocríticas que tratan o aportan a explicar el complejo tiempo de Los 70, una historia violenta con que el historiador y periodista Marcelo Larraquy completa su trilogía Marcados a fuego, la III (1973-1983) (Aguilar). Los otros tomos de Larraquy La violencia en la historia argentina. De Yrigoyen a Perón: 1890-1945 , y De Perón a Montoneros (Marcados a fuego II) , completan la narración del largo siglo XX violento.

Este trabajo de Larraquy sobre los 70, es uno de los más completos en ir hilvanando cómo se fueron produciendo enfrentamientos entre diversas facciones del peronismo manteniendo siempre un nivel de seriedad alejado del sensacionalismo cuya lectura estremece. Como si quisiera decirnos algo más, superan el número de atentados terroristas de la Triple A y las aberraciones de los campos de exterminio ocupan mucho más espacio que las actividades milicianas. Larraquy, a diferencia de otros estudiosos, pone el acento en el Batallón 601 de inteligencia militar como el sitio más dramático de decisión sobre vida y muerte de miles de personas.

Aunque no define como otros estudiosos que el 24 de marzo de 1976 se produjo un golpe “cívico-militar” (en rigor lo fueron los del 30, 55 y 66), brinda datos precisos sobre empresas industriales importantes que esos días entregaron a los grupo de tareas represivos, listas con nombres de trabajadores combativos, que en casi todos los casos, varios centenares, fueron asesinados.

Mientras Larraquy se ciñe a documentos o textos, en otro trabajo, el ex dirigente de fuste Roberto Perdía escribió Montoneros. El peronismo combatiente en primera persona (Planeta). El autor, uno de los dos sobrevivientes de la Conducción Nacional de esa milicia, el otro es Eduardo Firmenich, no nos ofrece grandes revelaciones, en cambio esquiva contar la participación de Montoneros en casos claves como el asesinato de José Rucci a horas del triunfo electoral de Perón en septiembre de 1973. Al contrario, Larraquy se detiene y precisa actores en el crimen, casi en el mismo sendero de Caferino Reato en Operación Traviata .

Pero de todas maneras las memorias, son eso, de Perdía, ayudan a entender otros episodios y realizan una severa autocrítica sobre la mayoría de los actos que protagonizaron, casi una sucesión sin final de errores. Incluso el copamiento del Batallón de Infantería de Formosa que considera una brillante operación militar pero que políticamente fue desastrosa, porque, entre otras cosas, los terminó alejando del sector militar profesional que aún los entendía. Con todo, Perdía reivindica el secuestro, juzgamiento y ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu, el hecho liminar de Montoneros. Acaso lo más interesante del trabajo es el análisis de las relaciones con Perón, los yerros de los milicianos con el Líder, pero también las dudas del autor sobre los reales propósitos del viejo general cuando asumió su tercera presidencia. Desfilan en la memoria de Perdía, Isabel, policías y militares ultramontanos y sobre todo, José López Rega y su Triple A, a la que Perón, razón y ser de Montoneros, con aquello de “Luche y Vuelve”, no pudo ser ajeno, desliza el autor.

En cualquier caso la autocrítica de Perdía no afecta los sueños liminares, ni los objetivos políticos ni el camino de la lucha armada en el contexto de regímenes dictatoriales aunque sea hasta la elección de Héctor Cámpora el 11 de marzo de 1973, pero retomada aun bajo el gobierno legal de Isabel en decadencia. El ERP es otro caso: nunca bajó las armas con las consecuencias que eso significó.

Trincheras diferentes

No es la primera autocrítica severa que se conoce sobre Montoneros (ni la última). En 1980 Envar El Kadri, mítico fundador de la primera guerrilla peronista en Taco Ralo, junto a Jorge Rulli en sus Diálogos del exilio (Forosur) efectúan una despiadada critica a los Montoneros no solamente por sus métodos sino por haberse aliado a las FAR del ex comunista Roberto Quieto, postulan el camino democrático que había aún que construir, pero rescatan la lucha de la resistencia cuando Perón, a quien reivindican sin fisuras, fuera derrotado en 1955.

Aunque la autocrítica es parte de otros ensayos o recuerdos, la historia total de la década requiere de nuevos estudios. Está claro que los partícipes de esos sucesos, o los contemporáneos, no están en condiciones de analizar con rigor histórico y sin las pasiones que subsisten esa época excepcional. No es que no se hayan escrito obras muy valiosas, como Montoneros, soldados de Perón (Sudamericana) de Richard Gillespi; La Voluntad (Planeta) de Martín Caparros y Eduardo Anguita; Todo o Nada (Sudamericana) de María Seoane; Montoneros: El mito de sus 12 fundadores (Ediciones B) de Lucas Lanusse, Montoneros, la soberbia armada (Sudamericana) de Pablo Giussani y una diversidad de estudios, desde académicos a testimoniales, sobre aspectos muy específicos (por caso, Montoneros en los barrios , etcétera), el cine, el documental, la novela.

Padres de la patria , la novela de Gabriel Pasquini (Planeta), mira los años terribles desde la perspectiva de los que se consideraron vencedores. Todo gira alrededor de un capitán de la Armada y su genealogía. El cumplimiento del deber no lo exime de su condición atroz. Y a esa condición no se llega solo de manera ciega. Ellos sabían lo que estaban haciendo. Un diálogo entre dos represores, en plena faena represiva, pone en escena esas certezas. “¿Qué somos? ¿Exterminadores de una plaga? Nuestro… trabajo se basa en la seguridad de que las ideas sí se matan; como cualquier enfermedad…”; “nos tocó el papel de monstruos y bien que lo jugamos, pero si ellos también lo fueran, si solo se tratara de una batalla entre monstruos, no habría moraleja alguna. Ellos deben actuar según sus valores, para que todavía podamos reconocer, aunque solo sea por oposición, los nuestros, esos que echamos en la hoguera todos los días”.

En otra novela, pero histórica, Los pasajeros del Anna C (Edhasa), Laura Alcoba narra las peripecias de sus padres en Cuba, convocados para pelear con el “Che” en Bolivia, que se frustra con su asesinato. Están las no conocidas historias de los protomontoneros Fernando Abal Medina, Carlos Gustavo Ramus y Emilio Mazza y otros. El mismo tema aborda Alfredo Helman en Il militante , en italiano: el “Che” escribió mal su nombre en su Diario y se lo confundió con Juan Gelman, el poeta.

Hay un trabajo que ha causado fuertes revulsivos y se verá por qué: Un testamento de los años 70 del ex montonero, hoy catedrático en Brasil, Héctor Ricardo Leis. Quiere dar el testimonio de su vida política juvenil, confiesa su participación en Montoneros lo que para él fueron glorias, derrotas y espantos. Pero es una ocasión para que emita algunos conceptos referidos a un análisis crítico de la guerrilla montonera y de la dictadura militar instalada en 1976. Entonces afirma: “Por lo tanto la lucha guerrillera contra la nueva dictadura militar no fue solamente suicida sino ilegítima. Y a pesar de haber sido demoníaca e ilegal, a pesar de haber llegado a extremos a los cuales la guerrilla nunca llegaría, la lucha de la dictadura contra la subversión fue legítima”. Y finaliza el párrafo: “Sin embargo, sólo hubo condenas para los de un lado”, como reclamando –no es el único aunque la patente la tienen sectores ultra conservadores– en favor de juzgar a las cúpulas de las organizaciones milicianas.

Otras afirmaciones: “una cosa es cierta, la represión de la dictadura militar de Videla, aunque haya sido espantosa, tuvo un método; su violencia fue cruel y excesiva pero no indiscriminada, algo que se ve claramente ejemplificado en el hecho de que las guerrilleras embarazadas no eran ejecutadas antes del parto a fin de dar después a sus bebes en adopción clandestina”. Contundencias como esas han enfurecido a notorios miembros de “Carta Abierta” y no a ellos solos.

En ese enfoque Leis postula que a modo reparativo, debería elaborarse una única lista y un único Memorial donde estén los nombres de todos los muertos y desaparecidos: los que mataron la guerrilla como la Triple A y las Ffuerzas Armadas.

Leis critica, diferenciándose no solamente de las Organizaciones de Derechos Humanos, la casi totalidad de los partidos y la Corte Suprema, que el concepto de “terrorismo de estado” como crimen contra la humanidad es falso. Lo considera un crimen severo contra la comunidad nacional como el terrorismo de las organizaciones armadas.

Es la línea de pensamiento de Héctor Shmucler que en la revista “Controversia” de los exiliados argentinos en México sacudió el debate autocrítico con afirmaciones terminantes contra la violencia sin darle a la misma, al igual que Leis ahora, contexto histórico. Violencia no es equivalente a terrorismo: Carlos Marx y Federico Engels escribieron en el Manifiesto Comunista que la violencia es “la partera de la historia”. En aquel mismo andarivel se conoció, más tarde el “No matarás” de Oscar del Barco.

Contra los dos demonios

Beatriz Sarlo, una de las dos prologuistas del ensayo de Leis, advirtió que sería acusado por sostener la “teoría de los dos demonios” y alaba el coraje intelectual de Leis, pero no hay duda de que se trata del mismo enfoque que dominó los primeros años de la recuperación democrática. Más tarde, los juicios a los represores, con la hendija que dejó abierta el primer tribunal que condenó a los comandantes en materia de niños desaparecidos en cautiverio y después de leyes absolutorias e indultos, llegaron a mediados de los 90 los juicios por el robo de bebes que condenó al recientemente muerto Jorge Rafael Videla: los tribunales no creen como Leis que salvar a los niños (aunque hayan fusilado a sus madres) haya sido un acto humanitario. Escribe Sarlo en ese prólogo: “La historia es particularmente rebelde a ser puesta en escena filosófica”.

Y Graciela Fernández Meijide, que es la otra prologuista, dice que su diferencia “con Leis se extiende a la consideración de que el terrorismo de estado es equiparable al terrorismo político no estatal…” es verdad que hubo víctimas de un bando y de otro y que coexisten muertes buena y muertes malas, pero no creo que la responsabilidad ante la sociedad haya sido la misma”. Y añade: “Ni siquiera puedo pensar en perdonar… no puedo perdonar en su nombre”. Se refiere a su hijo Pablo.

Hay una línea, como vemos, que aunque haga críticas al accionar guerrillero, desde diversos enfoques, mantiene incólume el “derecho a la resistencia” cuando se trata de dictaduras, o la historia de la resistencia peronista, contexto que alentaba un camino en defensa de ideales. Otros, no solamente Leis, ponen en cuestión todo ese andamiaje explicativo y reclaman otro relato de la historia.

Asimismo hay un nuevo enfoque sobre el desaparecido, defendido especialmente por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Larraquy analiza que en los 80 se consideraba al “desaparecido” como víctima del terror estatal…” pero el desaparecido debía ser vaciado de contenido político para ser admitido. El Nunca Más solo aceptaba los desaparecidos como víctimas.Esta lectura llevaba implícito otro mensaje: “nunca más” para los genocidas que habían usurpado el Estado por la fuerza y habían secuestrado y torturado y matado, pero” nunca más” también para la guerrilla. En este esquema, el desaparecido, presentado así, a secas quedaba sin palabras sin pasado, sin historia. Sólo era una víctima”. Fue algo más.

Si te interesó, podés ver también:

De Cámpora a Alfonsín: historias de un país clandestino. En su libro “Los 70. Una historia violenta”, Marcelo Larraquy recorre y analiza los hechos salientes de un período clave, el más agitado de la Argentina.

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