El filósofo de la razón absoluta

En la biografía de D’Hondt, Hegel es el pensador surgido de la teología y la masonería; el que pregonó la igualdad política y teorizó sobre la dialéctica.

POR ESTEBAN IERARDO en Revista Ñ

El filósofo odia no entender. Ambiciona ser el que explica la verdad. Y el sueño más furioso de esa explicación es un tipo específico de conocimiento: el del todo ordenado. Y si en el fondo la realidad es el caos, este escándalo debe ser disfrazado. El artista de los disfraces de un saber absoluto es Hegel. Pero antes de la interpretación de una filosofía, lo primero es ingresar en su arquitectura conceptual. Jacques D’Hondt (1920-2012) ha limado las llaves para abrir la puerta del edificio hegeliano, de la vida pensante del gran filósofo de La fenomenología del espíritu .

En su obra Hegel (Tusquets, 2013), D’Hondt propone una biografía sobre el gran pensador alemán. Pero la calificación de biografía es peligrosa. No se trata de un disciplinado catálogo informativo de los principales momentos e ideas del pensador en una secuencia cronológica. Es más bien una memorabilia reflexiva. El estudio de D’Hondt inhibe las calificaciones cerradas del género biográfico. Es en definitiva un ensayo legible como una novela, sobre el filósofo del vuelo de águila del Espíritu Absoluto y la dialéctica.

Y además de reflexiva e inquisitiva, la mirada del biógrafo ensayista es heterodoxa. D’Hondt valora como relevante lo que para las habituales reseñas del pensador hegeliano es irrelevante. Es típico en la comprensión de la modernidad ignorar en su gestación la participación del simbolismo masónico, o de los Iluminados de Baviera (movimiento de estirpe masónica también, que ingresó al “estrellato” como los iluminati , por un reconocido best-séller, que tergiversa su naturaleza).

Lo masónico urde sus complejos rituales dentro de una libre religiosidad universal, que irradia aspiraciones filantrópicas y humanistas. Una filosofía simbólica que no se armoniza (o eso se pretende desde la academia filosófica), con la filosofía del cuarzo puro de la lógica. Dos modos filosóficos opuestos, como el del pez y el leopardo.

Por eso, la filosófica académica ignora el pensamiento francmasón y su huella en la cultura moderna (o sólo la acepta como dato histórico debidamente comprobado de su impacto en los movimientos revolucionarios contra las monarquías). Pero justamente D’Hondt no ignora la gravitación francmasónica en el pensamiento del siglo XIX. Por lo que el Hegel que emerge de su ensayo biográfico no es sólo el del intelecto de la racionalidad autosuficiente. Es otro, más inquietante, con algún atractivo novelesco o detectivesco, el del “Hegel secreto” (el nombre de otra de sus obras). El filósofo de la razón absoluta que también habría escuchado los murmullos del secreto y el silencio, que fluyen también entre los poros de la piel de lo moderno.

II

El camino hacia la cima lo comenzó Hegel en un ambiente de enseñanza teológica. Un camino que lo guiará en el sueño de una explicación conceptual del todo que, mucho después, otro pensador alemán, Adorno, cuestionará en su Dialéctica negativa (1966). Ya no la dialéctica consumada del todo sino su versión inconclusa, en la que el concepto no termina de absorber lo no conceptual en el mundo.

A sus diecisiete años, Hegel ingresó en el Stift, el famoso Seminario teológico de Tubinga. Allí conocería a sus dos grandes condiscípulos que, como él, estaban destinados al rayo de la fama: Hölderlin y Schelling. El primero, el gran poeta de las elegías de Pan y vino, sumido en el colapso mental en sus últimas décadas; el otro, el futuro filósofo del romanticismo, de la intuición de lo bello como preludio de la fusión con lo absoluto.

El propósito del Seminario era la formación de pastores luteranos. Como casi todos sus condiscípulos, Hegel aborrecerá ese destino. Prefería más el horizonte del librepensador. La seducción de lo ilustrado. En la segunda mitad del siglo XVIII, el río de la Ilustración se desbordaba cada vez más. Sus aguas acariciaban los corazones incluso de los jóvenes súbditos de una aristocracia controladora como la que reinaba en Alemania. Y cuando con la toma de la Bastilla, amanece la Revolución Francesa, ésta será celebrada por los tres condiscípulos amigos de Tubinga. El 14 de julio de cada año, Hegel recordará y repetirá el fervor juvenil de esa celebración.

El hechizo de las ideas republicanas de igualdad y fraternidad hará a Hegel partidario de la igualdad política, sin poder nunca en su vida cancelar las debidas muestras de respeto e integración a la nobleza en una Alemania dividida. Conflicto no resuelto entre el filósofo del Estado prusiano, y el pensador de un Estado de la idealizada igualdad ciudadana como mano de Dios en la tierra en su Filosofía del derecho. Conflicto entre el entorno histórico inmediato y el deseo renovador del pensamiento.

Pero en sus orígenes juveniles, en Tubinga, Hegel conoció el asomo de otro conflicto, seguramente nunca superado. Su origen teológico siempre combatirá con el llamado de la filosofía moderna. Nietzsche advirtió ese conflicto. D’Hondt lo subraya: “No tardarán ellos (Hegel, Schelling) en cultivar a su vez esta teología disimulada, la filosofía idealista alemana”. Por lo que “la teología ya sólo se propagará subrepticiamente bajo una máscara especulativa, porque ya no podrá presentarse ante el mundo a cara descubierta, sin ropas prestadas”.

En la cumbre posterior de la razón y el Espíritu Absoluto, en la maquinaria conceptual que todo lo devora y explica y pone en su debido lugar de Hegel, no es posible dejar de sospechar una continuidad. El topo teológico que sigue mordiendo en el subsuelo, para hacer de la razón humana el lenguaje disimulado de Dios pensándose a sí mismo.

III

Los inicios son también tiempos de fervor por Jacobi, Spinoza, una Grecia idealizada; y por el amor que, en los escritos teológicos juveniles de Hegel, es la fuerza cosmológica de integración y superación de los opuestos. Presentación in nuce de la dialéctica como medicina que desinfecta y cura las heridas de los conflictos en la historia.

Y en 1794 Hegel también escribe un poema sugestivo: “Eleusis”. Documento, para D’Hondt, de la relación probable entre el filósofo y la presencia cultural de francmasonería, aliada a los Iluminados de Baviera.

Eleusis: lugar de las iniciaciones en el templo de Deméter durante un milenio. Deméter, diosa griega antigua de la tierra fértil, garante de la resurrección en la alegría primaveral. Su sabiduría no es del ágora, usina de lo público. Nace dentro del templo, en el secreto y el silencio. El poema es dedicado a Hölderlin; y en él restalla un monismo panteísta, el aliento de una divinidad que acalora todo. Pero D’Hondt propone que el poema está dedicado indirectamente a Johannes-Noah Gogel, posible futuro contratante de Hegel, en Francfort. Hegel quería volver a Alemania luego de su hastío en Suiza, donde trabajaba como preceptor. Quería volver a casa. Y Gogel era francmasón. El poema con sugerencias indirectas de un saber masónico pudo ser no la expresión de una adhesión sincera a la doctrina de la escuadra y el compás, sino un intento calculado de agradar a Gogel para ser recibido como nuevo preceptor en su casa.

La prosapia masónica de Eleusis se transparenta en la defensa del secretismo y el silencio. Y el nombre mismo del poema era el nombre secreto de Ingolstadt, cuna de Adam Weishaupt, fundador de los Iluminados de Baviera.

¿Pero pudo haber algo más que un fingimiento de Hegel para agradar a un posible patrón masón? D’Hondt enfrenta la cuestión: “¿Fue Hegel miembro de la francmasonería? Esta pregunta ha sido dejada de lado por sus biógrafos de una manera tan constante que ahora exige el doble de pruebas antes de dar una respuesta afirmativa”. Y no hay pruebas definitivas. Pero, aunque no se haya demostrado la pertenencia formal de Hegel a alguna logia, esto no impide una simpatía o proximidad en el pensamiento. Porque “no era indispensable pertenecer a ellas (las logias) ‘corporativamente’ para conocer la ideología que animaba sus diversas obediencias…”, y eventualmente comulgar con su visión de mundo.

El mérito del énfasis de D’Hondt en el costado poco nítido del pensador de Las lecciones de la filosofía de la historia universal, no se encuentra tal vez en la cuestión de una filiación masónica de su pensar, sino en la actitud de deconstrucción de las imágenes petrificadas en torno a una vida y su pensamiento.

Introducir las dudas, las laderas poco transitables en la compresión amplia del filósofo de la dialéctica, como lo hace D’Hondt, prepara una sospecha. Un descubrimiento casi inevitable: poco probable será que la razón humana, vestida de filosofía, capture un todo transparente y comprensible. Porque la vida del propio filósofo, como la de cualquier ser, se empaña, inevitablemente, con regiones de oscuridad.

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