La internacional justicialista. Auge y ocaso de los sueños imperiales de Perón, de Loris Zanatta, y Ustashas. El ejército nazi de Perón y el Vaticano, de Ignacio Montes de Oca

El mundo que enfrentó Perón. Política. Dos libros recientes hablan de las alianzas y rupturas internacionales del líder justicialista.

por Isidoro Gilbert en Revista Ñ

Dos libros recientes abordan críticamente la política exterior de Juan Perón durante 1946-1951 y la migratoria, particularmente con los ciudadanos croatas.

El primer asunto se trata del trabajo del italiano Loris Zanatta, bien conocido por sus agudos análisis sobre la Iglesia católica, pero además del peronismo y de Eva Perón: La internacional justicialista. Auge y ocaso de los sueños imperiales de Perón . El otro texto lo escribió el periodista argentino Ignacio Montes de Oca con un titulo más duro aún: Ustashas. El ejército nazi de Perón y el Vaticano, ambos de Sudamericana.

Zanatta es categórico: “La política exterior peronista fue un fracaso”. No trepida, tampoco, de calificar al ex mandatario de “megalómano” porque, sostiene, trató de formar un eje “Panlatino” en sus primeros intentos de carácter católico, ya que quiso atraer a Franco, a Italia y el Vaticano, amén de Latinoamérica con vistas a adoptar la Tercera Posición en el mundo posbélico y ser autónomo de norteamericanos y soviéticos, pero con impronta anticomunista. Esas intenciones se achicaron: italianos, españoles y la Santa Sede, se alinearon, en el marco de la Guerra Fría con Washington. Así, sostiene, el intento “imperial” de Perón, el de convertir “su doctrina de la Tercera Posición” en la de ese espacio geopolítico, derivo en un eje únicamente panlatino, sin aditamento, con una fuerte impronta antinorteamericana.

“La del peronismo con Washington fueron relaciones comprometidas desde un principio” y no solamente por aquello de “Braden o Perón”, la antinomia antiyanqui que lo aupó al poder, o el Libro Azul con que el Departamento de Estado quiso desbancarlo. Las relaciones “podían aquietarse o encresparse pero no al punto de trasponer el umbral de la confianza. Es que la misión panlatina del peronismo era la antítesis del panamericanismo: dos distintas concepciones de “destino manifiesto”, destinadas a entrar en competencia. Las tensiones radicaban en las cosas o en la historia, más que en los hombres. Se explica entonces que la aversión a los EE.UU. fuera para el peronismo una sustanciosa fuente de consenso y un termómetro apto para medir la fidelidad a sus principios; una función, en suma, útil para su cohesión interna”, escribe Zanatta, Y subraya que Eva Perón tenía el control de la CGT, estaba “más empapada que su marido en una instintiva y visceral aversión por los EE.UU.”.

Esta mirada, que haría las delicias de la Juventud Peronista radicalizada de los 70, tiene errores de información. Sostiene que en la CGT ese antiimperialismo devenía de la presencia de “nacionalistas con comunistas” cuando en rigor esa central sindical en el artículo 5º de su Estatuto, prohibía (y perseguía) a los afiliados o amigos del PCA y a izquierdistas. Eva habría sido la mentora de parte de la política externa de Perón, por medio de los agregados obreros en las embajadas. Algunos cometieron papelones pero Zanatta no menciona el intento del agregado obrero en Moscú de sacar en un baúl a dos disidentes.

El trabajo, basado especialmente en archivos de una decena de ministerios de relaciones exteriores, refleja que pensaban en esos diversos países los movimientos diplomáticos del peronismo. Pasa revista a los grandes momentos: acta de Chapultepec, reunión de Río de Janeiro que en 1947 aprobó el Pacto de Asistencia Recíproca”, encuentros de cancilleres de Bogotá (nacimiento de la OEA), de Caracas (cordón sanitario contra la Guatemala encabezada por Jacobo Arbenz, a la postre depuesto por la CIA). En todos esos encuentros, con una u otra intensidad, Argentina chocó con EE.UU.

Zanatta aborda con todos los papeles que dispuso, que en definitiva fueron escritos por diplomáticos que tenían bastante aversión por Perón, cada paso en cada país en esos tiempos de la diplomacia justicialista en Chile, Perú, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Venezuela, México y sobre todo Brasil, explicando los breves éxitos de Perón en algunos casos (firma de un Acta de Cooperación con Chile) con fracasos inmediatos o a largo plazo, en su intento de conformar ese eje panlatino. Pero además, cuando intentó revitalizar la idea de construir el ABC, pensada por el Barón de Río Branco, encontró siempre dificultades por tensiones internas o intereses extranjeros. En última instancia, el Mercosur y el proceso de integración sudamericana, son expresiones de aquellas viejas ideas que en diversos países han buscado una conformación autónoma con vistas a integrarse al mercado mundial.

No es esa la visión del autor que le asigna a esos objetivos una aplicación de la “excepcionalidad argentina”, su “destino manifiesto” y de haber leído mal la realidad y enfrentarse al panamericanismo fogueado por Washington, en lugar de aprovechar su ayuda para desarrollar las fuerzas productivas para luego intentar una política propia. Perón, sostiene, gastó ingentes recursos en hacerse pesar en el exterior, utilizó “el chantaje” del trigo, después de la guerra para cosechar aplausos, pero finalmente, afirma, el país no se desarrolló, empobreció, y cuando la conflictividad interna se incrementó, sobre todo el enfrentamiento con la Iglesia y el Vaticano, el gobierno fue derrocado por las FF.AA.

Ustashas … es la historia –incluso en la Argentina– de los croatas fascistas que dirigieron el protectorado católico y que al huir después de la derrota nazi, con el apoyo del Vaticano y los servicios de inteligencia de EE.UU., Gran Bretaña y otros, crearon con el respaldo de Perón, una ruta de fuga hacia Argentina de más de 30.000 cómplices de genocidio. Campea particularmente la figura de Ante Pavelic, quien en 1928 formó la fuerza de choque uthashas, que significa insurrectos y se autoproclamó “Poglavnik” (“líder iluminado”), que se refugió en la Argentina bajo protección: nunca se respondieron los pedidos de extradición yugoslavos de tanto criminal de guerra. En este sentido el posperonismo –incluso la dictadura militar los protegieron. La parábola de amparo, dice el autor, llega hasta Menem con el affaire de la venta de armas a Croacia.

Perón “se rodeó” de croatas fascistas, como su guardia personal Milo Bogetich y, según el autor, su cardiólogo Branko Benzo fue un nombre clave en la estructuración de la ruta ustasha y para repatriar fortunas saqueadas a judíos y serbios. Con antecedentes de criminal de guerra, Benzo arribó el 22 de marzo de 1947 con pasaporte español y carta de recomendación de Franco y casi inmediatamente lograba puestos profesionales y políticos, estableciendo una relación cercana con Eva y con Perón, quien lo nombró ”asesor especial para la migración proveniente de la zona yugoslava”. Tenía poderes para negar la entrada de judíos yugoslavos o para traer a Ante Pavelic a bordo del Sastrieri, poder hacerlo descender antes de llegar a puerto e ingresarlo al país sin registro.

Una invitación a confrontar los datos del libro con la historia. ¿Qué fue del “Ejercito nazi de Perón”?

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