Los manuscritos de Tombouctou , Jean-Michel Djian

En Revista Ñ

La entrada en el dicciona rio Oxford dice de Tombouctou: “lugar distante y remoto”. “Por supuesto –cuenta en una entrevista a la prensa francesa uno de los músicos de Mali más conocidos, AliFarkaTouré– para algunos nombrar esa ciudad, mi ciudad, es como citar una parte del fin del mundo. Pero no es verdad, yo soy de ahí y les puedo asegurar que en realidad estamos justo en el medio, en el corazón del planeta”.

Es cierto, Mali y su mítica ciudad de Tombouctou, sobre el río Níger, estuvieron por lo menos dos veces en el centro. La más reciente y mediatizada ocurrió hace menos de dos meses, tras unas primeras elecciones como corolario de casi tres años de violencia e intervenciones. El nudo se desató cuando este año París decidió enviar a esa zona al borde del desierto del Sahara y del Sahel a 4.500 soldados a integrarse a los 3.000 efectivos desplegados por los países africanos vecinos.

Fue una contra-intervención diseñada para evitar lo que fue la introducción del problema: la migración al sur de ex mercenarios, montados en pick ups y armados hasta los dientes y quienes escapaban de los desmoronamientos de las dictaduras barridas por las “primaveras árabes”. El mejor refugio era volver a sus países de origen al otro lado de la franja que forma el desierto del Sahara.

El objetivo: evitar que la parte sur de la ex colonia francesa devenida en Mali sea absorbida por el “Emirato Independiente de el Azawad”, recientemente creado por una nebulosa de grupos islamistas de rebeldes tuareg y ex guardias pretorianos del dictador de Libia, Mohamad Kaddafi.

Pero la capital de Mali, Bamako, al sur, no podía correr la misma suerte de la milenaria ciudad del norte, Tombouctou. “La biblioteca de Ahmed Baba, que atesoraba manuscritos de más de 500 años de la época de oro del imperio maliense de Shongai, fue saqueada y varios documentos del siglo XIII al XIX fueron quemados –cuenta en la presentación en París de su libro Los manuscritos de Tombouctou , el periodista, documentalista y profesor de la universidad Paris VIII, Jean-Michel Djian–. Nuevamente se intentó borrar el pasado con un crimen de lesa civilización. Más que contra el terrorismo, hay que luchar contra ese nihilismo que no conoce ni religión, ni fronteras ni ética alguna”. En nombre de la apostasía y la pureza, mezquitas, mausoleos y reliquias musulmanas fueron arrasados en Tombouctou por los islamistas, antes de replegarse por el mismo camino de arena que los vio venir desde el norte dos años antes, en 2011, cargados de armas y municiones tras la caída y asesinato de su antiguo patrón libio. “Estas antigüedades islámicas en realidad van en contra de nuestra religión –dijo a los medios francófonos Sanda OuldBoumohamed, portavoz de uno de los movimientos secesionistas, el grupo Ansar al Din (Defensores de la Fe)–, distraen y desvían a las personas, y nosotros queremos que la gente esté más cerca de Allah, no de estos símbolos y manuscritos”.

Africa tiene una historia

La entrada del mismo diccionario Oxford dice de Historia: “narración escrita del pasado. Prehistoria: período anterior a la aparición de la escritura”.

Es que la segunda centralidad mundial de Tombouctou ocurrió hace casi mil años, cuando esa ciudad hizo que el Africa subsahariana entrara en la historia. “Precisamente –dice Djian– comencé a interesarme en difundir la importancia de los manuscritos de Mali en 2007, luego de que el por entonces presidente francés Nicolás Sarkozy cayera en el mismo eslogan reduccionista de siempre al decir que “Africa aun no ha entrado en la historia”. Eso es negar la existencia de esos pergaminos de los siglos XV y XVI casi desconocidos, que demuestran que Africa no es solamente un continente de tradición oral sino que tiene también de una larga historia escrita”.

-¿Y cuál es esa historia?
-Tombouctou era el punto neurálgico del fluido comercio internacional del Medioevo, el punto de encuentro de las caravanas que cruzan el Sahel/Sahara y que unían el Africa “negra” subsahariana, con su bosque tropical al sur, con el mundo árabe-musulmán y europeo del Mediterráneo y del Oriente Medio. Si para muchos el desierto era una frontera casi infranqueable, para los africanos era una conexión, un enorme mar de arena navegable con camellos. Era el cruce de las rutas del oro, de las especias, de las maderas, de la sal y de los esclavos; el punto más austral y occidental de la expansión del islam en Africa. Por eso los manuscritos tienen carácter nómade: miles de textos fueron copiados en caracteres árabes a la lengua vernácula, el ayami, y migraron de El Cairo hasta Granada, de La Meca a Gao, haciendo que los grandes filósofos griegos, latinos y árabes de la Antigüedad pudieran cruzar a lomo de camello el desierto entre las barras de sal y los sacos de tabaco. Su producción y consumo era enorme en torno a la mezquita-universidad de Sankore, la más importante del Africa al sur del Sahara en ese entonces y que llegó a contar con más de 25 mil estudiantes de todo el continente y el mundo árabe musulmán. Uno de los contados casos de buen matrimonio entre el comercio y la sabiduría.

–¿Y que dicen esos textos?
–Recién ahora se están traduciendo esos manuscritos, que si bien la mayoría versa en torno al Corán y principios religiosos del islam, encontramos ejemplos sorprendentes de aritmética, óptica, e incluso educación sexual, o sobre el derecho a gobernar y derrocar a la autoridad, mucho antes del Príncipe de Maquiavelo, algo muy avanzado incluso para el Occidente de aquel entonces. Salvando las exageraciones, el sociólogo maliense Salem Ould El Hadj dijo en algún momento que “el nivel de conocimiento era tan avanzado en ese entonces que de haber tenido acceso a la tecnología, en vez de que los europeos nos dominen, nosotros hubiésemos colonizado Europa”.

Pero los islamistas no sabían que con su destrucción en realidad estaba repitiendo una rara paradoja en la historia de esa región africana: los manuscritos en cierta manera pudieron sobrevivir hasta nuestros días gracias a los sucesivos intentos por eliminarlos. “Los islamistas atacaron la biblioteca Baba, la única pública, precisamente porque se comenzó a tener noción de la importancia de esos textos en 2004 –cuenta Djian–. En aquel entonces, mientras en Irak se comenzaba a dar rienda suelta al saqueo del Museo de Bagdad tras la invasión estadounidense, en Mali se empezaban a recolectar, traducir y digitalizar treinta mil de esos tesoros con el Projet Manuscripts, apoyado por la Unesco y varios gobiernos como el sudafricano y el chino”. El autor resalta el particular destino que signó la vida de esa suerte de aves fénix de papel: “A fines del siglo XVI comenzó la decadencia del imperio Shongai, cuando el descubrimiento de América marginó el comercio del Mediterráneo en detrimento del Atlántico. El rey de Marruecos le puso punto final a esa riquísima edad de oro intelectual y comercial del Africa subsahariana al invadir la zona y deportar a sus intelectuales y bibliotecas. Pero muchísimos manuscritos pasaron a ser guardados por las familias de la ciudad y fueron transmitidos de generación en generación. Por eso hoy la gran mayoría de los manuscritos está en arcones y baúles de las casas privadas, y se calcula que hay casi 300 mil sólo en Tombouctou, y 900 mil en todo Mali y Nigeria. Las campañas de sensibilización hicieron que las familias comenzaran a querer saber qué dicen esos papeles ‘del abuelo’ polvorientos y escritos en una lengua ya incomprensible. Comenzaron a tener noción del valor patrimonial que tienen para la humanidad como prueba de que hubo una democracia muy avanzada en esa región en el siglo XIII, lo que ahora nos permite releer el pasado de Africa de otra manera.

Por eso comenzaron a sacarlos de los desvanes y formaron treinta y dos bibliotecas privadas en la ciudad, a la par de que también acercaron esos papeles secos y rasgados para su conservación y clasificación al Instituto Ahmed Baba de Altos estudios e investigaciones islámicas de Tombouctou”.

-Pero entonces la gran mayoría de los manuscritos se salvaron de la destrucción una vez más.
-Así es, como ocurrió ante los marroquíes en 1578, o ante la colonización y saqueo de los franceses en el siglo XIX, una vez más la gente salvó la historia de Africa de su aniquilamiento. Arriesgando sus vidas, cientos de familias, en la clandestinidad de varias noches, llegaron con camionetas 4×4 a la biblioteca Baba y pusieron a salvo casi el 80% de los manuscritos, devolviéndolos a los baúles de los desvanes y bohardillas de sus casas. La vuelta de la paz en Mali es también la vuelta de los manuscritos a los estantes de las bibliotecas y a los laboratorios de estudio.

El nobel de literatura sudafricano J.M.G Le Clézio cuenta en el prólogo de su libro de Djian: “En un país donde acecha el hambre, la cultura jamás podrá ser una prioridad”. Quizás eso sea cierto a nivel político, pero no “para esos cientos de personajes, familias y pequeñas organizaciones anónimas que tuvieron esa valentía y ese coraje –dice Djian–, a quienes hay que rendirle homenaje”.

Un homenaje que llevó al director del instituto Ahmed Baba a decir recientemente en la reapertura de la biblioteca: “Con estos documentos podemos restablecernos como líderes del conocimiento y los valores, factores que pueden hacernos salir de un mundo y un Occidente que hoy se encuentran bloqueados y paralizados. Porque sin duda, los más bellos puentes del entendimiento entre las civilizaciones se construyen con papel y tinta”.

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