“La Guerra del Chaco”. Gabriela Dalla Corte

Gabriela Dalla Corte, La Guerra del Chaco. Ciudadanía, Estado y Nación en el siglo XX. La Crónica fotográfica de Carlos De Sanctis, Prohistoria Ediciones, TEIAA, Rosario, 2010, 268 pp. Papel ilustración – 128 fotos

Tras el cese de hostilidades, Bolivia y Paraguay pusieron fin a la cruenta Guerra del Chaco en julio de 1938, firmando el Tratado de Paz, Amistad y Límites que previó la formación de una Comisión Mixta Demarcadora de Límites. La definición de fronteras en el Chaco Boreal se debatió durante las siguientes décadas pero hubo que esperar a abril de 2009 para que Fernando Lugo y Evo Morales refrendaran en Buenos Aires el acuerdo definitivo de fronteras. Desde finales del siglo XIX el Chaco Boreal fue progresivamente ocupado, pero la guerra y los posteriores acuerdos permitieron su nacionalización. Este libro reconstruye algunos ejes de ese proceso a partir de una obra singular pero desconocida, la colección Mi campaña en el Chaco, álbum de fotografías explicadas (1932-1933), que fue elaborada por el médico rosarino Carlos de Sanctis durante su desempeño como capitán de sanidad honoris causa en el ejército paraguayo. Las imágenes ofrecen pistas para comprender la manera en que el Estado y la Nación paraguaya se abrían paso hacia el occidente del río Paraguay. Ilustran también el papel jugado por los militares en la etapa previa a la declaración formal de la guerra producida el 10 de mayo de 1933.

La Guerra del Chaco recupera la monumental obra de Carlos de Sanctis, corresponsal especial de La Capital durante la guerra y condecorado el 21 de diciembre de 1939 con la Cruz del Defensor del Chaco, otorgada por uno de los miembros más destacados del Partido Liberal paraguayo, el mariscal José Félix Estigarribia.

Gabriela Dalla-Corte Caballero es historiadora y se especializa en Historia Contemporánea del Cono Sur latinoamericano. Cursó la Licenciatura en Historia y la Maestría Poder y Sociedad desde la Problemática del Género en la Universidad Nacional de Rosario. Obtuvo los doctorados de Historia de América y de Antropología Social y Cultural en la Universidad de Barcelona, donde actualmente se desempeña como profesora titular de Historia de América. Es autora de Vida i mort d’una aventura al Riu de la Plata. Jaime Alsina i Verjés, 1770-1836 (Publicacions de l’Abadia de Montserrat, Barcelona, 2000); Casa de América de Barcelona (1911-1947). Comillas, Cambó, Gili, Torres y mil empresarios en una agencia de información e influencia internacional (Editorial LID de Historia Empresarial, Madrid, 2005); con Paola Piacenza A las puertas del Hogar. Madres, niños y Damas de Caridad en el Hogar del Huérfano de Rosario (1870-1920) (Prohistoria, Rosario, 2006); y Lealtades firmes. Redes de sociabilidad y empresas: la Carlos Casado S.A. entre la Argentina y el Chaco paraguayo (1860-1940) (CSIC, Madrid, 2009). Ha compilado junto a Sandra Fernández Lugares para la Historia. Espacio, Historia Regional e Historia Local en los Estudios Contemporáneos (UNR Editora, Rosario, 2001, reeditado en 2005); y con Darío Barriera Espacios de Familia ¿Tejidos de lealtades o campos de confrontación? España y América, siglos XVI-XX (Jitanjáfora, Morelia, 2003).

Descarga gratuita del índice y un capítulo de este libro: http://www.scribd.com/doc/32020813/LA-GUERRA-DEL-CHACO

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5 pensamientos en ““La Guerra del Chaco”. Gabriela Dalla Corte

  1. Polkita del combatiente

    A la salud de los paraguayos
    muchachos fuertes como el Jaguar
    por los desiertos de vuestro Chaco
    siguieron todos al Mariscal

    Los pata pila lindos soldados
    reserva heróica de la nación
    hacia la muerte fueron cantando
    la flor y nata del batallón

    Y en el descanso de los guerreros
    guitarra en mano arpa y violín
    que recordaban bellas canciones
    dulces recuerdos en guaraní

    Estigarribia, Jefe probado
    Franco, la furia del vendabal
    con ellos todos, juntos pelearon
    por gloria eterna del Paraguay.-

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  3. LA CRUZ DEL DEFENSOR

    Los domingos salgo a caminar, temprano por el barrio de Caballito, mi lugar en el mundo. Cuadra tras cuadra con un esfuerzo tolerable, quemo la grasa de un abdomen que pasa los cincuenta años.

    Ese domingo no fue un día cualquiera. Al atravesar el Parque Rivadavia, antigua quinta de la familia Lezica, tropecé literalmente con uno de los caballetes que sostiene un improvisado mostrador de coleccionistas. Allí estaba, reinando entre monedas dudosamente romanas, medallas a la lealtad peronista, distintivos de reservistas y deportistas de épocas pasadas, allí estaba entre insignias falsamente alemanas, pero era auténtica, tan auténtica como el bronce de los cañones fundidos para confeccionarla. Muda sobreviviente de una guerra, gallarda y solitaria entre tanta basura de lata: La Cruz del Defensor del Chaco Boreal. Cruz del Defensor a secas, austera y modesta como quizás el que la mereció, pensé, cuando la estaba pagando. Pero ¿quien fue su dueño? y ¿quien la entregó a las manos especulativas de los coleccionistas? Ambos interrogantes giraban en mi cabeza sin cesar toda mi vuelta caminado a casa. ¿De quien fue, mi Cruz del Defensor? ¿su anterior dueño vivirá?, O ¿que pariente desaprensivo, o porque apremiante motivo la entregó a los comerciantes?. El Misterio de la Cruz del Defensor duró unos días. Al domingo siguiente, volví al parque Rivadavia, mi intención primigenia fue conversar con el vendedor para que me de una pista. Lo encontré rodeado de coleccionistas, admirando un misal antiguo y nacarado. -¿Se acuerda de mi?, si, si, el comprador de la Cruz del Defensor, -no me diga que me la quiere vender, exclamó el comerciante, casi socarronamente. No, solo quiero saber sin comprometerlo, quien se la vendió para tener idea del que la recibió por su actuación como combatiente de la Guerra del Chaco. El hombre pareció comprender y me dijo. Mire enfrente ¿que ve? -Una Iglesia, contesté. ¿Sabe que Iglesia es esa?, mas o menos le dije, y agregué la parroquia de los paraguayos. Si me dijo, Nuestra Señora de Caucupé, patrona del Paraguay, bueno allí los domingos se junta un grupo muy especial que concurre a misa de once, mi consejo es que vaya alguna vez y lleve la cruz, muéstresela a un viejo al que llaman Gaspar, él podrá decirle algo sobre la condecoración que le vendí. Gracias le dije y me fui rápidamente del lugar. Otro domingo llegué a la Iglesia casi a las once y comencé a mirar los feligreses que ingresaban al antiguo y bonito templo. Allí estaban, dos o tres hombres muy ancianos, como de noventa años o mas, y dos o tres mujeres un poco más jóvenes, un cuarto abuelo venía fumando lentamente un cigarro, con paso firme. Gaspar dije en voz alta sin saber a quien me dirigía. Que quiere dijo el abuelo, alejando el cigarro de su boca. -Señor Gaspar, mucho gusto, me manda el coleccionista de Parque Rivadavia, el que vende medallas como esta y le mostré la cruz del Defensor que reinaba oronda en la palma de mi mano derecha. ¿La compró? Si le dije. -Y bueno, ella la vendió, yo le dije que no lo haga. ¿Ella? respondí intrigado, ¿quien es ella?, repetí. Elsa la mujer de Yacaré Valija. ¿Yacaré qué? contesté casi sonriendo, Yacaré Valija, Hermenegildo Frutos, mi teniente en la guerra. De repente, el territorio borró la Iglesia, estábamos en Fortín Nanawa, sin agua y sin municiones, los bolivianos atacaban en oleadas una y otra vez, chocando contra el cinturón de hierro del Regimiento de Acero, Valois Rivarola. Los proyectiles estallaban por todos lados y mataban tanto como el cólera, la avitaminosis, los mosquitos y su malaria, la sed y el hambre. Allí parado estaba Frutos hablándonos en Guaraní, gritando en castellano, peleando como un león. Y allí estábamos nosotros. De pronto Gaspar volvió a la Iglesia, el territorio era otro y señaló a los otros dos ancianos, y agregó, ellos también estuvieron. -Disculpe Gaspar, una pregunta, ¿porque Frutos vendió la medalla o es que murió y lo hizo su viuda?, agregué. -Frutos no sabe que ella vendió la cruz del Defensor, porque está ciego y casi sordo, encerrado en ese viejo departamento de la calle Yerbal, me contestó el anciano. -Elsa vendió la Cruz para comprar medicamentos, yo le dije que no lo haga, pero lo hizo, seguramente cruzó de la Iglesia a la Plaza un domingo de estos y le entregó la Cruz al coleccionista Y eso es todo. Gaspar comenzó a entrar al templo y antes que lo perdiera entre muchas personas le dije. A la salida lo espero, no me acompañaría a ver a Hermenegildo. Bueno no es mala idea, hace mucho que no lo trato a “Gildo” sabe tiene casi cien años, aunque hasta hace poco estaba entero. La muerte natural de dos de sus hijos aceleró el derrumbe, acotó Gaspar antes de comenzar a cantar “Ven con nosotros a Caminar…Santa María ven… Lo esperé a la salida, se despidió del grupo que lo acompañaba y caminamos por Rivadavia hasta la altura de Emilio Mitre, allí volvimos a doblar y cerca, sobre Yerbal, estaba la casa un tanto antigua de tres pisos. En la Planta baja vivían Elsa y Gildo. La mujer tendría unos sesenta y pico, una matrona paraguaya apta para todo servicio, la segunda o tercera mujer de Hermenegildo que a lo largo de su dilatada vida, vio morir a casi todos sus afectos. En una pared colgado un deteriorado diploma que decía algo así como “Estado Mayor, Coronel Hermenegildo Frutos 1947”. Una historia como tantas de guerra, ingratitud y exilio, largo exilio en la Argentina que luego se hizo residencia permanente cuando se desvaneció la dictadura en el Paraguay. Un retrato de un gallardo joven vestido de cadete, acompañado de una dama, ¿su madre tal vez?. Elsa saludó a Gaspar y se dijeron algunas palabras en Guaraní. Luego en trabajoso castellano dijo: -El Coronel hoy tiene un día de aquellos, igual le voy a decir que viniste Gaspar. Al rato entró casi arrastrando los pies un hombre alto cetrino arrugado y muy viejo, casi sin pelo, solo unos mechones de cabello blanco adornaban una cabeza noble. Gildo entraba a escena. -Sargento, dijo el anciano militar frente a Gaspar, usted por aquí. Mi acompañante se sorprendió que este hombre casi ciego lo reconoció instantáneamente. La voz, el olor de las manos, quien sabe, lo cierto que Gildo se sentó en un viejo y enorme sillón de la sala y comenzó a decir muy despacio cosas incomprensibles. -Pobres muchachos, los dejé solos, tengo que volver con ellos, tengo que estar en Nanawa. Gaspar interrumpió el monólogo del ciego y le dijo -vine con este amigo que sólo quería saludarte, ya me voy nomás. Nos levantamos y pasó algo extraño; casi sin pensarlo saqué la Cruz del Defensor de mi bolsillo y se la puse a Gildo sobre su regazo. Le dije a Gaspar salgamos rápido. Desde la puerta entreabierta del cuarto contiguo, se dejaba oír una melodía, cuya letra repetía: …para atacar o defender “Listo Valois…para vencer.-

    Pablo Etchevehere

  4. hola bonita historia eso se me hase recordar a mi abuelo q estubo en la grerra de mi pais . cuando nos contaba de su historia como militar y los peligros q corrian cada dia. una ves le dispararon en la cabeza por suerte solo le perforaron el sombrero . eso si nunca nos rebelo a cuantos hombres di muerte ese secreto solo el lo supo murio en el aÑo de 1998 . siempre lo recordaremos .

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