Un tiempo de rupturas. Eric Hobsbawm.

En La Nación

En su clásica trilogía histórica sobre el “largo” siglo XIX (que abarcó desde la Revolución Francesa a la Gran Guerra europea), tanto como en su celebrada síntesis acerca de la época de guerras y revoluciones -el “corto” siglo XX (1914-1989)-, Eric Hobsbawm reservó capítulos consagrados a la evolución de la literatura y el arte para cada subperíodo que abordaba.

La actividad de este enorme historiador, fallecido en 2012, no se limitó a la historia social, política o económica, líneas sobre las cuales escribió obras de referencia. Hobsbawm fue también un intelectual comprometido, comunista de toda la vida y, durante la década de 1950, también comentarista de jazz en la prensa, oficio que abandonó cuando en un momento decidió, como el personaje de Proust, irse a dormir temprano.

Un tiempo de rupturas es el último libro que dejó preparado antes de morir. Reúne dos artículos inéditos, otro que se remonta a medio siglo atrás, pero la mayoría de los textos fueron publicados en libros y revistas durante los últimos veinte años. Los temas son dispares (el arte, los historiadores de la ciencia, los intelectuales, los cowboys y los manifiestos), pero los conecta una preocupación central: el destino de la gran cultura burguesa a lo largo del siglo pasado y comienzos del actual.

Hay mucho de biográfico en el enfoque: a Hobsbawm le interesa la música, en especial la ópera, y se ocupa menos de literatura (su añeja adoración por el vienés Karl Kraus es la excepción). Un ámbito geográfico recurrente es aquel donde transcurrió su niñez y adolescencia: el mundo centroeuropeo de expresión alemana, que vivifica con una mezcla única de melancolía latente y erudición precisa.

Hobsbawm, no sin pena contenida, da por superada la vieja y alta cultura burguesa. Pero los embates de la vanguardia que lograron destronarla fueron en realidad ataques suicidas: los principales perjudicados fueron los artistas de vanguardia -músicos, plásticos, escritores- que rápidamente se quedaron sin público. La derrota de la antigua cultura se debe más bien a la comercialización global y a una tecnificación que llevó a una masificación cultural a la que la vanguardia apenas pudo acceder (el cine y las artes que lograron incorporarse de un modo u otro a él marcaron la gran diferencia).

La literatura se adaptó muy bien a la revolución de Gutenberg, ¿sobrevivirá a Internet? Hobsbawm se muestra optimista. Pero ¿qué pasará con la música? El mundo está saturado de ella, casi no hay lugar donde no suene. La mayor parte de la que se consume es reproducida; el pop domina, el repertorio clásico repite autores muertos hace décadas, lo mejor del rock se remonta a los años 1960. Los festivales musicales representan una salida posible, explica Hobsbawm, y viven un boomen nuestros días. El futuro de la música sofisticada para audiencias restringidas pasará por ellos, porque resultan sustentables. Esta conclusión muestra la sensata base sociológica que conforma el punto de vista básico del autor.

Otras artes, en cambio, viven momentos de zozobra. La escultura perdió su principal mercado -los encargos para el espacio público-; más grave, la pintura se encuentra en una “crisis desesperada” (si bien no por el declive de su mercado). Contra sospechosos habituales como Duchamp, o incluso menos habituales como Hegel, Hobsbawm deplora que ella haya retrocedido “del arte a la idea”. La belleza, en suma, se volvió un ideal para matemáticos, no para artistas contemporáneos. Como todo terrorismo, la actitud dadaísta generalizada no tardó en convertirse en su propia víctima estratégica, pues se enajenó de las masas y fue incapaz de ofrecer una alternativa asimilable por ellas. La culpa histórica que le cabe por sus juegos apocalípticos no es menor: le dejó el camino expedito a la colonización comercial del entretenimiento popular.

La sorprendente y detallada información que despliega, la curiosidad omnímoda sobre todos los fenómenos culturales, el enorme esfuerzo dirigido a ordenar el caos de la actualidad y ofrecer un panorama articulado no alcanzan a disimular la actitud estética básicamente conservadora de este gran revolucionario inglés. Resulta paradójica su inclinación por observar sin prejuicios el presente conjugada con un menosprecio anquilosado por el arte de la época.

Es cierto que el sueño vanguardista, todavía muy vivo cuando Hobsbawm nació (en el mítico año 1917), no haría más que aislarse y difuminarse con el correr de su existencia. Pero es posible que hubiera retomado un nuevo impulso, poderoso aunque efímero, hacia el momento en que, en la mitad del camino de su vida (1964), Hobsbawm escribió el más antiguo de los textos compilados en este libro, un extraordinario y vitriólico ensayo sobre el pop que parece intocado por el paso del tiempo. Productivas, violentas contradicciones como ésta sostienen y vuelven tan particular a Un tiempo de rupturas , el legado de alguien para quien nada de lo humano fue ajeno.

Un tiempo de rupturas. Eric Hobsbawm. Crítica. Trad.: Cecilia Belza y Gonzalo García. 306 páginas $ 149.

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